jueves, 10 de agosto de 2017

Tango x cuatro

Familia de Artistas del Club Atlético Fernández Fierro

Tango x cuatro

Hace un buen tiempo que aquel género que nos hizo mal y sin embargo queremos está haciendo bien, al punto de haber llenado de vitalidad tanguera a Buenos Aires, y un poco más allá también. Eso es lo que parece festejar la Familia de Artistas del Club Atlético Fernández Fierro autocelebrándose en el flamante FACAFF, un festival maratónico que de manera independiente y colectiva se planta y completa un renovado retrato del tango y la música argentina actual. De entre los nombres consagrados y no tanto que desfilarán durante todo el mes de agosto por el corazón del Abasto, Radar presenta cuatro propuestas para descubrir y disfrutar.


Alto Bondi

El wah wah de Troilo

Todos componen, todos arreglan, todos escriben. Poco más, poco menos esa es la premisa que guía a Alto Bondi: Ignacio Santos en bandoneón, Jonatan Álvarez en guitarra eléctrica, Gabriel Gowezniansky en violín, Germán Sánchez en contrabajo, Natalia Lagos en voz y Noelia Sinkunas en piano.
Dos discos editados –Bajo presión (2013) y Lymbo (2017)– y un sonido propio bien claro y definido: frenético, nervioso, por momentos desmesurado. No por nada algunas canciones llevan por nombre “Pastillita”, “Venosa”, “Duro”. Es posible encontrar en la forma del canto algunas resonancias a Julieta Lasso de la Fernández Fierro. También se puede apreciar un tono, un modo que raya con Indio Solari: no sólo en la tonada sino también en esa lírica picante. A fin de cuentas, eso es un rasgo en común en gran parte de la generación actual del tango: haber mamado mucho del rock vernáculo y (re) leerlo desde y en el tango.
Cierta novedad puede hallarse, además, en la marcada presencia de la guitarra eléctrica: no hay un abuso del instrumento; algunas veces es un efecto desde el pedal o un pequeño riff, otras va siguiendo las líneas melódicas. Pero no todo acaba allí: hay que escuchar una pieza exquisita como “Ámbar” y pensar en Fito Páez, tanto en la secuencia armónica como en la forma –irresistiblemente tanguera– en que avanza el canto: “un latido singular perturbado y hondo, una mirada abisal transformándose, en los caminos del vino su otra mitad comienza a andar”. Lo de Páez: esa idea que los toca aunque no quieran.
Algunas composiciones de Lymbo –por caso “Canberra”, las enormes “Guadaña” y “La vuelta”– se inscriben bajo una impronta más rítmica. En ellas, lo que primero manda es el piano de Sinkunas: ese que suena, al igual que Alto Bondi, así de lujurioso.
 
 

 Sexteto Murgier

Fino como encendido

Son apenas los primeros diez, doce segundos: una introducción corta y juguetona, unos arpegios, dos o tres acordes que caen desde el piano, una breve línea de contrabajo y ya todo está rodeado de ese aire de zamba. En Diego Schissi y en el Quinteto Bataraz: Pablo Murgier dice que pensó en ellos al momento de querer grabar algo en este formato. Ya venía con un largo camino propio: no sólo como requerido sesionista, sino también muchos años de estudio e integrando el Ensamble de Sergio Poli y Cinemática.
El Sexteto Murgier presenta una formación típica de tango (Pablo en el piano, Simone Tolomeo en bandoneón, Agustín Luna, guitarra; Alexey Musatov en violín, Jonatan Schenone, contrabajo y Francisco Cadierno en violoncello) y se piensa desde allí. Pero está expresamente ligado a toda la música argentina: una canción urbana que se mete en varios vericuetos folclóricos. Un punto de partida más que de llegada.
Muy lejos, su reciente disco debut, es bellísimo. Nueve piezas originales e instrumentales donde se siente la nostalgia del que sabe que dentro un tiempo estará viviendo del otro lado del océano.El piano de Murgier no pertenece sólo y únicamente al tango: tiene proyección folclórica. En el disco hay ecos de mucha música argentina: aires de zamba, chacareras, gato. Así, entonces, aquí pueden encontrarse líneas rayanas a Falú y Piazzolla, a Salgán y al jazz, al Cuchi Leguizamón. El canto de los instrumentos: sobre todo la guitarra, el violín, el piano y el bandoneón. La música del Sexteto: por momentos ese trueno telúrico. Y hay que verlos en vivo: desbordan el dique del tango y arborecen en todo aquello que se nombró. Estas composiciones, a veces, más que canciones parecen pequeños ensayos, breves reflexiones sobre la música argentina. Diálogos donde no hay palabra sino otra cosa, que está ahí, que no se sabe qué es, pero es emocionante y alcanza. Aquí, el Sexteto suena como esas aguas de deshielo que empiezan a bajar con los primeros calores de la primavera: intempestivo, diáfano, liberado.

Victoria di Raimondo y Cuarteto la Púa

Mis guitarras y tu voz

Una música criolla y áspera, bien guitarrera. Y esa voz como salida de un cuerpo siempre a punto del desgarro: honda y presente.
Cuando la mendocina Victoria di Raimondo y el Cuarteto la Púa se encontraron y aunaron fuerzas, sapiencias y músicas, ellos tenían casi listo el disco que finalmente terminarían grabando juntos. Pero no necesitaron mucho más para entregar una obra que tiene mucho de ambas partes. Un vínculo inédito y poderoso. Todos –tanto el Cuarteto, conformado por Leandro “Lele” Angeli, Cristian Huillier, Juan Otero en guitarras y Pablo Sensottera en guitarrón, como di Raimondo– tienen un largo derrotero en el ambiente: la Púa lleva editados tres trabajos y ella, además de ser la (ex) cantante, una de las fundadoras y letristas y editar cinco discos con Altertango (es recomendable volver sobre Fargüest, de 2013), dedicó un gran trabajo a Homero Manzi (Un álbum azul para Homero Manzi, 2008). “Recién ahora pude reconciliarme con aquellas canciones”, confiesa.
Entonces, con todo eso en el garguero, acaban de editar Mariposa muerta. Y ahí están, nuevamente, las guitarras del Cuarteto donde resuenan tanto aquellas que acompañaban a Rivero como las del maestro Roberto Grela. A partir de ese influjo es que encaran el repertorio mayormente tanguero y milonguero; aunque aquí, por ejemplo, pueda escucharse la exquisita y campera “El aparecido”. Y la gola de di Raimondo: educada en bares y fondas, en el aula y en el bar. La amplitud y la expresividad de Victoria: hay que escuchar ese tango puro y duro que es “La Turba”. Una voz que es, también, decidora. Y si en Altertango ella tenía que llegar más allá con el canto, acá está ciertamente más desnuda. Los matices se ven, se sienten, casi que se huele esa bravura. Aquí, Victoria aporta apenas una única letra. Pero baste esa sola para leer: “Mariposas cansadas vuelan sobre el abismo, juegan a ser del viento, se pierden en la nada, mariposas de sombras, rondan mis desvaríos, el tiempo se deshace y todo pierde sentido. Fumo otro cigarrillo, mientras el mundo se rompe en la ventana, lleno de ruido”
 
 

Sexteto Fantasma

Clásico y bailable

Se dice que el padre de Osvaldo Pugliese le dijo alguna vez que, si quería saber si la orquesta iba a tiempo y sonando como debería, no tenía más que mirar los pies de los que bailaban. Y al margen de cuán real o no pueda sonar la anécdota, es desde allí que puede pensarse al Sexteto Fantasma: un conjunto entregado a los pies de los que bailan, un sonido clásico y típico de orquesta más cantor: esa forma que esconde todo un mundo propio.
 Nacida como cuarteto pero devenida en sexteto –conformado por Guido Iacopetti (guitarra, arreglos y dirección), Ezequiel Agüero (piano y arreglos), Daniel Mayor (trompeta), Alexis Carulias (contrabajo), Ariel Bensi (bandoneón) y Rodrigo Perelsztein (voz)– la agrupación viene musicalizando todos los martes, desde hace cinco años, la milonga La Ventanita del Arrabal, en pleno Almagro. Y encuentro tras encuentro fueron puliendo su sonido: cristalino, típica y orquestalmente tanguero, tan dado al baile. La melodía y la sutileza rítmica, eso que Pugliese mismo definía como el extracto esencial de esta música. Y pulieron, también, parte del repertorio que grabaron en 2014 en su primer disco –que lleva el mismo nombre que la milonga– y que presenta la novedad de una marcada presencia de la trompeta en un intento reemplazar al violín. En aquel disco –con Juan Villarreal y Cacho Castaña como invitados– reunieron un par de composiciones propias junto a algunos clásicos: “Pucherito de gallina” (Medina), “El Ciruja” (De la Cruz/Marino) y una versión de “La Trampera” (Troilo) a puro bombo de murga y güiro, entre otros.
A punto de editar su nuevo trabajo, Rodrigo Perelsztein cuenta: “Mantenemos un lenguaje musical tanguero y la influencia, en definitiva, viene dada porque el grupo se terminó de consolidar en la milonga. Pero el foco del grupo está puesto en la canción. El disco que estamos por sacar apunta a rescatar la canción y la melodía”.

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