viernes, 4 de agosto de 2017

San Juan María Vianney

San Juan María Vianney

Memoria de san Juan María Vianney, presbítero, que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con asidua predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la santa Eucaristía, brilló de tal modo que difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa, y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas.

El santo cura de Ars» (1786-1859)   Sacerdote diocesano, miembro de la Tercera Orden Franciscana, que tuvo que superar incontables dificultades para llegar a ordenarse de presbítero. Su celo por las almas, sus catequesis y su ministerio en el confesionario transformaron el pueblecillo de Ars, que a su vez se convirtió en centro de frecuentes peregrinaciones de multitudes que buscaban al Santo Cura. Es patrono de los párrocos. 

Ars tiene hoy 370 habitantes, poco más o menos los que tenía en tiempos del Santo Cura. Al correr por sus calles parece que no han pasado los años. Únicamente la basílica, que el Santo soñó como consagrada a Santa Filomena, pero en la que hoy reposan sus restos en preciosa urna, dice al visitante que por el pueblo pasó un cura verdaderamente extraordinario. 

Nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyón, el 8 de mayo de 1786, tras una infancia normal y corriente en un pueblecillo, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces, inicia sus estudios sacerdotales, que se vio obligado a interrumpir por el único episodio humanamente novelesco que encontramos en su vida: su deserción del servicio militar.  

 Terminado este período, vuelve al seminario, logra tras muchas dificultades ordenarse sacerdote y, después de un breve período de coadjutor en Ecully, es nombrado, por fin, para atender al pueblecillo de Ars. Allí, durante los cuarenta y dos años que van de 1818 a 1859, se entrega ardorosamente al cuidado de las almas. Puede decirse que ya no se mueve para nada del pueblecillo hasta la hora de la muerte. 

El contraste entre lo uno y lo otro, la sencillez externa de la vida y la prodigiosa fama del protagonista nos muestran la inmensa profundidad que esa sencilla vida encierra.   Juan María compartirá el seminario con el Beato Marcelino Champagnat, fundador de los maristas; con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María, y con Fernando Donnet, el futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Y hemos de verle en contacto con las más relevantes personalidades de la renovación religiosa que se opera en Francia después de la Revolución francesa. La enumeración es larga e impresionante. Destaquemos, sin embargo, entre los muchos nombres, dos particularmente significativos: Lacordaire y Paulina Jaricot. 

Es aún niño Juan María cuando estalla la Revolución Francesa. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas, para que nada se trasluzca al exterior.   A los diecisiete años Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. El joven inicia sus estudios, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado. Un santo sacerdote, el padre Balley, se presta a ayudarle. Pero... el latín se hace muy difícil para aquel mozo campesino.

Llega un momento en que toda su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desalientos. Entonces se decide a hacer una peregrinación, pidiendo limosna, a pie, a la tumba de San Francisco de Regis, en Louvesc. El Santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino, pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo substancial: Juan María llegará a ser sacerdote. 

Por un error no le alcanza la liberación del servicio militar que el cardenal Fesch había conseguido de su sobrino el emperador para los seminaristas de Lyón. Juan María es llamado al servicio militar. Cae enfermo, ingresa en el hospital militar de Lyón, pasa luego al hospital de Ruán, y por fin, sin atender a su debilidad, pues está aún convaleciente, es destinado a combatir en España.   

No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, le sale al encuentro un joven que le invita a seguirle. De esta manera, sin habérselo propuesto, Juan María será desertor. Oculto en las montañas de Noës, pasará desde 1809 a 1811 una vida de continuo peligro, por las frecuentes incursiones de los gendarmes, pero de altísima ejemplaridad, pues también en este pueblecillo dejó huella imperecedera por su virtud y su caridad. 

Una amnistía le permite volver a su pueblo. Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero..., falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo.  

 El 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Había acudido a Grenoble solo y nadie le acompañó tampoco en su primera misa, que celebró al día siguiente. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a peso de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio. 

Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará repasando la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars. 

Todavía no tenía ni siquiera la consideración de parroquia, sino que era simplemente una dependencia de la parroquia de Mizérieux, que distaba tres kilómetros. Normalmente no hubiera tenido sacerdote, pero la señorita de Garets, que habitaba en el castillo y pertenecía a una familia muy influyente, había conseguido que se hiciera el nombramiento. 

Habrá algunas tentativas de alejarlo de Ars, y por dos veces la administración diocesana le enviará el nombramiento para otra parroquia. Otras veces el mismo Cura será quien intente marcharse para irse a un rincón «a llorar su pobre vida», como con frase enormemente gráfica repetirá. Pero siempre se interpondrá, de manera manifiesta, la divina Providencia, que quería que San Juan María llegara a resplandecer, como patrono de todos los curas del mundo, precisamente en el marco humilde de una parroquia de pueblo. 

No le faltaron, sin embargo, calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos, la sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa y, sobre todo, su dramática oposición al baile, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos.  

Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que «Ars ya no es Ars». Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo. 

Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyón y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aun en Europa entera.  

 Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo. 

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Juan Bautista María Vianney (Dardilly, 8 de mayo de 1786-Ars-sur-Formans, 4 de agosto de 1859), conocido como el Santo Cura de Ars, fue un presbítero francés proclamado patrono de los sacerdotes católicos, especialmente de los que tienen cura de almas (párrocos).

Su humildad, su predicación, su discernimiento y saber espontáneos, y su capacidad para generar el arrepentimiento de los penitentes por los males cometidos fueron proverbiales. Administrador del sacramento de la penitencia durante cuatro décadas a razón de más de diez horas diarias, llegó a hacerlo entre dieciséis y dieciocho horas por día durante trece años, desde 1830 hasta que enfermó en 1843. Se lo considera uno de los grandes confesores de todos los tiempos. De él escribió Juan Pablo II:

    Me impresionaba profundamente, en particular su heroico servicio de confesonario. Este humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil periodo histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su confesonario.

Nació en Dardilly, al noroeste de Lyon, Francia. Hijo de Matthieu Vianney y Marie Beluze, fue el tercero de seis hermanos, de una familia campesina.

Después de una breve estadía en la escuela comunal, en 1806, el cura de Ecully, M. Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan María fue enviado a ella. Aunque era de inteligencia mediana y sus maestros nunca parecieron haber dudado de su vocación, sus conocimientos eran extremadamente limitados, acotados a un poco de aritmética, historia, y geografía. Encontró el aprendizaje excesivamente difícil, especialmente el estudio del latín. Uno de sus compañeros, Matthias Loras, más tarde primer obispo de Dubuque, le ayudaba con sus lecciones de latín. Como otros muchos seminaristas, hizo una peregrinación al santuario de San Juan Francisco Régis en Lalouvesc (1806). Ese mismo año fue dispensado del servicio militar en su calidad de aspirante al sacerdocio.


Sin embargo, fue llamado a filas en 1809, y el 26 de octubre, el joven recluta ingresó al cuartel de Lyon para ser enviado al ejército napoleónico que invadía España, vía Roanne.

El 6 de enero de 1810, Juan María desertó, y con la identidad de Jerónimo Vincent, se ocultó en los bosques del Forez, en los alrededores de Noes. Liberado del servicio militar y de su situación irregular por el enrolamiento anticipado de su hermano menor, el desertor regresó en octubre de 1810 a casa del párroco Balley. Recibió la tonsura el 28 de mayo siguiente.

Ingresó finalmente al Seminario Menor de Verriéres a los 26 años, para cursar filosofía en francés pues su «debilidad -en los estudios- es extrema». Allí fue compañero de curso de otro santo, Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas.

El 13 de agosto de 1815 fue ordenado sacerdote por monseñor Simon, obispo de Grenoble. Fue enviado a Ecully como ayudante de monseñor Don Balley, quien había sido el primero en reconocer y animar la vocación de Vianney. Don Balley ya había intercedido por él ante los examinadores cuando Juan María fue expulsado del Seminario Mayor por no ser considerado idóneo para los estudios de preparación al ministerio sacerdotal. Don Balley asumió toda la responsabilidad por él, y fue su modelo tanto como su preceptor y protector.

En febrero de 1818, tras la muerte de Don Balley, Vianney fue hecho canónigo de Ars, una aldea no muy lejos de Lyon. En verdad, Ars se convirtió en parroquia en 1821, y hasta entonces Vianney fue solo vicario o teniente cura de Ars, sometido a la autoridad del párroco de la vecina aldea de Misérieux. Ars era entonces «el último pueblo de la diócesis», con alrededor de 250 habitantes, mayormente de condición humilde. El presbiterio tenía cinco habitaciones amuebladas por Mademoiselle d'Ars, pero de todo ese moblaje, Vianney solo se quedó con una cama, dos mesas viejas, un aparador, unas pocas sillas y una sartén. El resto lo devolvió a Mademoiselle d'Ars.



    Pues el nuevo párroco estaba convencido de que había solo dos maneras de convertir a la aldea: por medio de la exhortación, y haciendo él penitencia por los feligreses. Comenzó por esto último. Regaló un colchón a un mendigo; dormía sobre el piso en una habitación húmeda de la planta baja o en el desván, o sobre una tabla en su cama con un leño por almohada; se disciplinaba con una cadena de hierro; no comía prácticamente nada, dos o tres papas mohosas a mediodía, y algunas veces pasaba dos o tres días sin comer en absoluto; se levantaba poco después de medianoche y se dirigía a la iglesia, donde permanecía de rodillas y sin ningún apoyo hasta que llegaba la hora de celebrar misa. Para una época moderna y voraz, ansiosa de evitar las molestias a cualquier precio, las mortificaciones del presbítero Vianney parecerán carentes de sentido, crueles, necias, e incluso quizá perversamente masoquistas. Pero en La filosofía perenne, Aldous Huxley muestra que solo a los austeros se les concede un conocimiento místico de Dios. Expresa que no sabemos por qué es así; solo sabemos que es así.


    [...] Años más tarde, cuando hubo convertido a su parroquia y Ars ya no era Ars, dijo a un sacerdote a quien afligía la tibieza de sus propios feligreses: «¿Ha predicado usted? ¿Ha rezado usted? ¿Ha ayunado usted? ¿Se ha disciplinado? ¿Ha dormido usted sobre una tabla? Mientras no haya hecho usted todo esto, no tiene derecho a quejarse».
    Bruce Marshall

Fue en el ejercicio de las funciones de canónigo en esta remota aldea francesa en las que se hizo conocido en toda Francia y el mundo cristiano. Algunos años después de llegar a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Se le llamó "La Providencia" y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. El propio Vianney instruía a las niñas de "La Providencia" en el catecismo, y estas enseñanzas llegaron a ser tan populares, que se daban todos los días en la iglesia ante grandes multitudes.

Aunque tuvo éxito, "La Providencia" tuvo que ser cedida en 1847 porque Juan María pensaba que no estaba justificado mantenerla frente a la oposición de mucha buena gente. Así, aunque se aseguró el futuro de esa institución tan querida por él, vivió la cesión con dolor.​ El apostolado de Vianney en Ars le ocasionó no pocos sufrimientos. Al principio hubo de soportar las calumnias de algunos parroquianos,​ y luego las difamaciones de los sacerdotes de las poblaciones cercanas.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él de otras parroquias, luego de lugares distantes, más tarde de todas partes de Francia, y finalmente de otros países.

Ya en 1835, su obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque «las almas le esperaban allí». Desde 1830 hasta que enfermó en 1843, pasó de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesonario, sin ayuda siquiera de un teniente cura, que recién le fue asignado en 1843, luego de haber enfermado gravemente y de apenas salvarse de la muerte. Incluso después de su enfermedad, continuó con su régimen de vida sumamente austero y sus confesiones. Su consejo era buscado por obispos, presbíteros, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, aristócratas y plebeyos, damas de sociedad, intelectuales y labriegos, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Las personas más distinguidas visitaban el pueblo con la finalidad de ver al cura de Ars y oír su enseñanza cotidiana.



    La iglesia estaba repleta durante todo el día, a partir de las primeras horas de la mañana. La gente formaba cola para recibir los sacramentos [...] La gente se arrodillaba en las capillas laterales, detrás del altar mayor, en el santuario, o permanecía de pie en la escalinata de la iglesia. Los penitentes debían pagar suplentes para que les guardaran el lugar mientras iban a almorzar. Los obispos aguardaban su turno como todo el mundo. Solo a los enfermos y a los impedidos se les concedía el privilegio de no formar cola, y el padre Vianney parecía intuir su presencia, pues abría la puerta del confesonario y los hacía salir de entre el gentío. Fue necesario abrir nuevos hoteles para dar alojamiento nocturno a los peregrinos, aunque en verano muchos de ellos dormían a campo abierto.


    El cura dedicaba la mayor parte del día a los peregrinos. Comenzaba a escuchar confesiones a la una de la mañana y a veces a medianoche. Seguía confesando hasta las seis o siete, hora en que celebraba misa. En cuanto acababa su acción de gracias entraba (hasta 1834 sin romper el ayuno) en el confesonario nuevamente y permanecía allí hasta las diez y media, hora en que recitaba prima, tercia, sexta y nona, de rodillas frente al altar mayor. A las once prestaba instrucción catequística, después de lo cual escuchaba más confesiones. A mediodía almorzaba de pie, un tazón de sopa o de leche y unos gramos de pan seco. Después de visitar a los enfermos, regresaba a la iglesia, recitaba vísperas y completas y confesaba hasta las siete u ocho de la noche, hora en que rezaba el rosario desde el púlpito. Cinco horas más tarde estaba de vuelta en la iglesia para comenzar otra jornada de trabajo. Y esto continuó así, día tras día, durante más de treinta años.
    Bruce Marshall

Murió el 4 de agosto de 1859. Sus restos mortales se conservan incorruptos en el santuario de Ars, el pequeño lugar al que dedicó su vida como presbítero y donde falleció.

Durante casi todo el período de tiempo vivido en Ars, Juan María Vianney experimentó una profunda crisis, derivada en buena medida de considerarse a sí mismo incapaz y no idóneo para el ministerio pastoral. Deseaba retirarse en soledad. Era tan humilde que no se percataba de su propia humildad, y casi se hundía en la preocupación ante la idea de que jamás en la Historia de la Iglesia se había canonizado a un sacerdote parroquial.

    Es terrible tener que comparecer ante Dios como sacerdote de una parroquia.
    Juan María Vianney


Vianney hacía caso omiso del comportamiento de muchos peregrinos y parroquianos que ya en vida lo consideraron un santo, o de vulgares coleccionistas de reliquias que llegaban a recortar trozos de su sotana mientras él pasaba entre la muchedumbre, o que robaban su breviario o catecismo para tener algo de él.

Y aún en el último año de vida, cuando en la festividad de Corpus Christi, se sintió demasiado débil para transportar la eucaristía en procesión para su adoración, y solo pudo sostener la custodia para bendecir a la gente, lloraba mientras se preguntaba:

    No sé si he realizado bien las funciones de mi ministerio.
    Juan María Vianney

La humildad, el amor y la fidelidad por su misión en la cotidianidad y simplicidad diarias fueron el esqueleto de su vocación. Y si bien recibió honores, los rechazó sistemáticamente. La cruz de la Legión de Honor que se le otorgara fue vista en público por primera vez cuando se la colocó en su ataúd.

Fueron muchos, entre quienes se arrodillaron en el confesionario de Ars, los que aseguraron que Juan María Vianney parecía saber todo de ellos sin conocerlos. Resulta difícil desestimar esto, por el elevado número y variedad de esos testimonios.​ A modo de ilustración, se toman dos ejemplos citados por su historiador Francis Trochu y reproducidos por Antonio Royo Marín:

    Un joven de Lyon [...] se había confesado con el cura de Ars. De repente, Vianney lo detuvo:
    — Amigo, no lo has dicho todo.
    — Ayúdeme usted, Padre; no puedo recordar todas mis faltas.
    — ¿Y aquellos cirios que hurtaste en la sacristía de San Vicente?
    Era exacto.

    — ¿Cuánto tiempo lleva usted sin confesarse? —preguntó un día Juan María Vianney a un pecador empedernido que le enviaron—.
    — ¡Oh!, cuarenta años.
    — Cuarenta y cuatro, replicó Vianney.
    El hombre sacó un lápiz e hizo una resta en la pared.
    — Es mucha verdad —confesó llanamente—.

Parecía que Vianney conocía a quien tuviese delante, y ciertamente no por haber tenido relación anteriormente, o por haber recibido información previa, ni mucho menos por telepatía. Se considera que la única explicación posible del conjunto es que supiese «leer las conciencias», escrutar el interior del ser humano, e incluso enderezar su camino en el discernimiento vocacional y espiritual.

En 1845, el Cura de Ars confió sus sermones compuestos entre los años 1818 y 1827 al presbítero Adrien Colomb de Gast a fin de publicarlos en una librería de Lyon, con la previa y severa aprobación eclesiástica. Los hermanos del instituto canónico «Cinq Plaies» descifraron y transcribieron los sermones. Hoy solo se conservan 85 cuadernos que contienen 113 sermones enumerados en tal orden por el mismo santo. 81 cuadernos fueron llevados a la casa madre de las Canónicas Regulares de la Inmaculada Concepción. Al costado de este cofre se puso el sermón sobre los muertos en un cuadro con doble cristal. El sermón sobre los Macabeos fue llevado al Vaticano. El sermón sobre los deberes de los padres para con sus hijos fue confiado al arzobispo de Lyon. Los sermones 101 al 112 parecen haber sido destinados a los retiros, mientras que existen incluso dos o tres sermones para el mismo domingo o fiesta de guardar.

El 3 de octubre de 1874 Juan Bautista María Vianney fue proclamado venerable por Pío IX y beatificado el 8 de enero de 1905. El papa Pío X lo propuso como modelo para el clero parroquial. En 1925 el papa Pío XI lo canonizó. Su fiesta se conmemora el 4 de agosto, ocasión en que se celebra además el día del párroco.

El papa Juan XXIII escribe en 1959 la encíclica Sacerdotii nostri primordia, en la cual realza, en el centenario de la muerte del santo, las virtudes primordiales de todo sacerdote: la oración, la eucaristía y el celo apostólico.

Cincuenta años más tarde, el papa Benedicto XVI proclamó un año completo conmemorando los 150 años de san Juan María: del 19 de junio de 2009 al 11 de junio de 2010. Nombrado patrono de todos los sacerdotes católicos, ese año fue llamado el Año sacerdotal.

A partir de su reconocimiento en la Iglesia católica, Juan María Vianney fue figura de referencia de los párrocos y motivo de comparación con otras personalidades en virtud de la dedicación pastoral. Así, Juan Pablo II asoció al presbítero José Gabriel Brochero —Santo argentino conocido como «el cura Brochero»— con Juan María Vianney. El 7 de abril de 2009, el obispo Carlos José Ñáñez, señaló la respuesta que Juan Pablo II pronunció cuando se le explicó quién era Brochero:

    «Entonces el cura Brochero sería el Cura de Ars de la Argentina»
    Juan Pablo II

Lo mismo reiteró el obispo de Cruz del Eje, Santiago Olivera, el 4 de mayo de 2009,​ y más tarde el arzobispo de Santa Fe y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, José María Arancedo.

Se conservan los siguientes sermones.​ La mayoría no están en castellano. En este artículo se ordenan temáticamente, desde la conversión hasta la santidad. Cabe recordar que los sermones corresponden al inmemorial orden del Calendario romano general antes de sus profundos cambios en 1969.

    Sobre la Palabra de Dios
    Sobre la religión
    Sobre los enemigos de nuestra salvación
    Sobre el mundo
    Sobre la cruz
    Sobre las verdades eternas
    Sobre el amor de Dios
    Sobre el primer mandamiento I
    Sobre el primer mandamiento II
    Sobre el segundo mandamiento de Dios
    Sobre el amor al prójimo
    Sobre el matrimonio
    Sobre los deberes de los padres hacia los hijos
    Sobre los deberes de los padres
    Sobre la restitución
    Sobre la impureza
    Sobre la mentira
    Sobre el orgullo
    Sobre la tibieza
    Sobre la envidia
    Sobre la embriaguez
    Sobre la ira
    Sobre el juicio temerario
    Sobre el respeto humano
    Sobre el escándalo
    Sobre la falsa y la verdadera virtud
    Sobre la oración del pecado que no quiere dejar el pecado
    Sobre el aplazamiento de la conversión
    Sobre el Jueves Santo
    Sobre las lágrimas de Jesucristo
    Sobre las tentaciones
    El pecado renueva la pasión de Jesucristo
    Sobre el pecado mortal
    Sobre la misericordia de Dios
    Sobre la misericordia de Dios hacia el pecador
    Sobre la confesión pascual
    Sobre las cualidades de la confesión
    Sobre el examen de conciencia
    Sobre la contrición
    Sobre los pecados escondidos en la confesión
    Sobre la absolución
    Sobre la penitencia
    Sobre la satisfacción
    Sobre las indulgencias I
    Sobre las indulgencias II
    Sobre el servicio a Dios
    Sobre la santidad
    Sobre la santificación del cristiano
    Sobre los ángeles de la guarda
    Sobre el santo patrón
    Sobre la oración
    Sobre la esperanza
    Sobre la caridad
    Sobre la humildad
    Sobre la pureza
    Sobre la necesidad de hacer buenas obras
    Sobre la abstinencia y los cuatro tiempos.
    Sobre las limosnas
    Sobre las aflicciones
    Sobre la santa Misa
    Sobre la comunión
    Sobre la comunión indigna
    Sobre el Corpus Christi
    Sobre la confirmación
    Sobre la unción de los enfermos
    Sobre el respeto que se debe tener en el templo.
    Sobre la perseverancia
    Sobre el pensamiento de la muerte
    Sobre el juicio particular
    Sobre la muerte del pecador
    Sobre la muerte del justo
    Sobre el martirio de los Macabeos
    Sobre el día de los muertos
    Sobre el infierno de los cristianos
    Sobre el cielo
    Sobre el Juicio Final
    Sobre las grandezas de la Siempre Virgen María
    Sobre el culto a los santos y las santas imágenes
    Sobre la natividad de la Siempre Virgen María
    Sobre los Reyes Magos
    Sobre el Misterio de Navidad I
    Sobre el Misterio de Navidad II
    Sobre la fiesta de San Juan Bautista

Juan Bautista María Vianney (1786-1859) es el patrón de los párrocos de la Iglesia Católica. Él fue un campeón de los pobres, de los penitentes y de la oración. Su notable compromiso con su pequeña parroquia rural en Francia atraían a más de 100.000 peregrinos cada año. Las personas viajaban de todas partes de Europa para asistir a sus misas. O sentarse en su confesionario. Donde él pasaba hasta 16 horas al día oyendo a los penitentes.
Si estás luchando para orar o no oras mucho o no todo lo que quisieras, la vida de Juan María Vianney es un reto para que encuentres tiempo para orar. Si no encuentras el tiempo y un lugar tranquilo para orar, el tiempo va a pasar rápidamente y la conversación con Dios continuará en silencio.
La vida y los logros de un pobre sacerdote que “no tenía las luces” siquiera para graduarse en el seminario son un ejemplo más de que Dios elige a los más pequeños. Y su ejemplo muestra la importancia de las oración hacia los demás.

LA HUMILDAD DEL PUEBLO DE ARS

Ars es un pequeño pueblo actualmente, compuesto por una calle principal, una plaza y varios hoteles pintorescos. Una estatua en la plaza principal representa Juan María Vianney junto a dos pastores, que conmemora una historia real. Cuando el Obispo asignó Ars a Vianney, éste se perdió tratando de encontrar la ciudad. Dos jóvenes que atendían rebaños en los campos le apuntaron en la dirección correcta. Vianney les dijo:
“Ustedes me han mostrado la dirección a mi parroquia. Yo un día les mostraré el camino al cielo”.
La pequeña iglesia originalmente dedicada a San Sixto, donde dijo Vianney misa sigue en pie, con sólo 20 filas de asientos. Pero ahora hay una basílica modesta con capacidad para 200 personas conectada a la iglesia donde el cuerpo de Vianney descansa en un ataúd de cristal. En preparación la visita del Papa Juan Pablo II a Ars en el año 1986, una capilla de 400 asientos fue construida bajo tierra.

EL AMOR POR LA GENTE LLEGABA MÁS ALLÁ DE SU PARROQUIA

Los dones de Juan María Vianney como confesor atraían a miles de penitentes. Quienes esperaban a veces tres días para experimentar lo que muchos recuerdan como su capacidad de ver en lo más profundo del alma. Parte de su popularidad como confesor era su conexión personal con todos los que se acercaban a él. “Su vista parecía llegar a lo más profundo de su alma”, comentó Christine de Cibiens durante los actos de canonización.
En los Hechos de Canonización hay innumerables testimonios de los penitentes asombrados por las ideas conmovedoras de Vianney en sus luchas personales con el pecado. Y según los informes, sabía detalles notables de la vida de cada penitente sin haberlo conocido antes. El humor de Vianney era también notable. Cuando un miembro de la jet set de París visitando Ars se quejó de la espera en la cola para la confesión, él le dijo que tendría que esperar incluso si fuera la Reina de Inglaterra. Cuando Francois Dorel, un yesero local, visitó la iglesia durante un viaje de caza de patos con su perro en 1852, Vianney lo vio y le dijo: “Es muy de desear que tu alma fuera tan hermosa como la de tu perro”. Vianney tenía una debilidad por los olvidados también. La Providence, un orfanato para niñas que Juan María Vianney inició en 1824, se puede encontrar hoy en la calle de la iglesia. En el verdadero espíritu de San Vicente de Paúl, La Providence fue la respuesta de Juan María Vianney a la injusticia social de la pobreza nacional. El orfanato es una casa modesta, blanca, de dos pisos, donde numerosas jóvenes adolescentes huérfanas y necesitadas de dirección espiritual y refugio aprendieron habilidades tales como la limpieza, de Catalina Lassagne, quien encabezaba la casa. Uno de los grandes placeres de Juan María Vianney fue su catequesis del mediodía a las niñas huérfanas. De hecho, una vez que Ars se convirtió en un punto caliente para los peregrinos, la conversación del mediodía del Padre Vianney con las niñas se convirtió en un asunto lleno de gente, que tuvo que ser trasladado a la iglesia. Esos sermones incluían una gran cantidad de temas. Elogiaba la belleza de la oración: “El alma debe moverse hacia la oración como un pez debe moverse hacia el agua; ambos son el estado puramente natural”. Aconsejaba el amor por la cruz: “Hijos míos, es amando la cruz que nos encontramos con la verdadera paz, no huyan de ella” Y animaba al amor por la Eucaristía: “No hay mejor manera de experimentar al buen Dios que encontrarlo en el perfecto sacrificio de la Misa”. La parroquia de Ars fue cambiada, literalmente, en una comunidad de piedad, oración y paz celestial a través del sencillo ejemplo de la santidad de Vianney y el amor por su rebaño. El Papa Juan XXIII, en su encíclica Nostri Sacerdotii primitiua de 1959, en el 100 aniversario de la muerte de Juan María Vianney, lo llamó un “modelo de vida sacerdotal y celo pastoral que ayudó a lograr resultados espectaculares raramente vistos en la historia.” Un verdadero asceta, Vianney comía unas cuantas patatas al día, a menudo ayunaba y oraba a veces durante toda la noche por la conversión de su parroquia.

 DE LA TERCERA ORDEN FRANCISCANA

Juan María Vianney también tenía una gran devoción a San Francisco de Asís y, aunque era un sacerdote diocesano, se convirtió a la Tercera Orden Franciscana a causa de su amor por los pobres. Hoy en día se ha construido un convento franciscano sobre los terrenos de la parroquia y los frailes ahora celebran las misas y escuchan las confesiones de los peregrinos en Ars. Cuando una persona le preguntaba si se debía dar a los pobres, Vianney menudo respondía con una sonrisa: “Vamos a tener que responder por lo que hicimos con eso que no les dimos, y los pobres tendrán que responder por lo que hicieron con lo que les fue dado”.  El presbiterio donde vivía Juan María Vianney es una casa de dos pisos con escaleras estrechas y pisos de madera. Durante una visita se puede ver su dormitorio y la cocina donde comía lo poco que le permitía a su cocinera, Madame Bibost, darle de comer.
La habitación de Vianney está en la misma forma que se veía cuando estaba vivo, con artículos personales tales como su rosario y fotos de numerosos santos a quien admiraba, colgados en la pared. Quizás uno de los ingredientes más extraños en el proceso de canonización de Juan Vianney son los testigos que declaran las “apariciones sobrenaturales” en este edificio presbiterio durante el curso de su misión 1824-1859. La extensa biografía del Padre Trochu, informa de una gran cantidad de incidentes, que incluyen a la propia hermana de Juan María Vianney, Margarita María Vianney, quien declaró que una vez pasó la noche en el presbiterio sólo para ser despertado por un extraño golpeteo en la pared y en la mesa de su habitación. Cuando Margarita encendió una lámpara, encontró todo en orden, pero el ruido continuó después que ella regresó a la cama. Finalmente descendiendo a la iglesia donde su hermano estaba oyendo confesiones tarde en la noche, y se encontró con el Cura, quien le dijo: “Oh, no deberías haber tenido miedo: Es el Grappin. Él no te puede hacer daño. En cuanto a mí, me atormenta en formas diversas. A veces me agarra por los pies y me arrastra por la habitación. Es porque puedo convertir almas al buen Dios”. En el museo del presbiterio de Ars, probablemente una de las reliquias más extrañas sea el viejo marco de la cama de Juan María Vianney cubierta de hollín, que al parecer fue quemada por el diablo cuando su habitación se incendió en la mañana del 24 de febrero 1857. Según el libro de Padre Trochu cuando fue informado del fuego en su habitación comentó Vianney: “El Grappin está muy enojado. No puede coger al ave por lo que ha quemado la jaula. Es una buena señal. Tendremos muchos pecadores este día”. Las extrañas historias de fantasmas en la rectoría, así como los ayunos estrictos de Vianney, resultaban en su aspecto demacrado, y despertaban sospechas, que se añadieron a las luchas de crecimiento en su vida. Incluso la ropa de Vianney parecía causar problemas. No era esclavo de la moda, se vestía con sencillez. De acuerdo a varios feligreses, la sotana, no muy diferente de la de Francisco de Asís, estaba a menudo rota o desgastada. Aún así, los peregrinos llegaban por miles, y muchas almas tibias se volvían a conectar a la Iglesia a través del confesionario de Vianney. Es notable que un pobre muchacho de pueblo, que no podía pasar sus exámenes en el seminario, más tarde se convirtiera en un símbolo universal del clero de la Iglesia.
Juan María Vianney nos recuerda que el verdadero amor de Cristo puede manifestarse poderosamente a través de la oración sencilla y el servicio. Veamos 12 pensamientos de Juan María Vianney sobre la oración.

 DOCE FRASE DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LA ORACIÓN

1. “No hay nadie que no puedan orar. Ora todo tiempo y en todo lugar; de noche o de día, cuando trabajas duro o en el descanso, en el campo, en casa o cuando viajas”

2. “Aquellos que no oran se hunden en la tierra como un topo tratando de hacer un agujero para ocultarse"

3. “Cuando oramos con atención y humildad de mente y corazón, dejamos la tierra y subimos hasta el cielo. Llegamos a los brazos extendidos de Dios.
Hablamos con los Ángeles y los Santos”.

4. “Dios está en todas partes dispuesto a escuchar tus oraciones”

5. “Aquellos que no oran sólo piensan en las cosas temporales. Como el avaro que, cuando un crucifijo de plata le fue presentado para besar, comentó: ‘Esa cruz pesa por lo menos diez gramos’”

6. “Tú puedes orar para ponerte simplemente en contacto con Dios. Cuando uno no encuentra nada más que decirle a Él, sólo piensa que Él está allí, lo que en sí misma es la mejor de las oraciones”

7. “Los problemas se desvanecen ante un ferviente oración como la nieve ante el sol”

8. “Hay una cosa que todo el mundo puede hacer, ya sea que les resulte difícil meditar o no. Y eso es elevar su mente en la mañana para cultivar alguna virtud particular durante el día, para practicar la presencia interior de Dios, y vivir su vida en unión con Él”

9. “La oración hace que el tiempo parezca pasar rápidamente, y tan gratamente, que uno no se da cuenta de cuánto tiempo pasó”

10. “Santa Colette vio y habló con Nuestro Señor como hablaba a otras personas. ¡Cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que venimos a hacer, o lo que queremos pedir!”

11. “¿No nos avisan las necesidades continuas de nuestra alma y cuerpo advirtiendonos que tenemos que recurrir al único que puede suministrarnoslas?”

12. “A menudo pienso que cuando venimos a adorar a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, debemos obtener todo lo que queremos, si lo pedimos con una fe muy viva y un corazón muy puro”

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