Recordarán los lectores cuando en agosto de 2015, hace sólo dos años, el entonces ascendente macrismo alborotó al país denunciando preventivamente lo que llamaron “el fraude que se venía en Tucumán”. 
Cierto que el entonces gobernador Alperovich representaba mucho de lo peor del caciquismo provinciano, y el candidato oficialista Juan Manzur no enamoraba a casi nadie, pero el candidato de la derecha radical José Cano tampoco. Así el saldo del comicio fue el previsible: salvo unas pocas mesas cuestionadas por adulteración de planillas y otras por quema de urnas, Manzur obtuvo el 51,6 por ciento de los votos y Cano el 39,9. 
La Corte Suprema tucumana convalidó rápidamente el resultado y dos años después, el mes pasado, también la Corte Suprema de la Nación. Lo cual para muchos no tiene gran significado, pues la Justicia argentina hoy parece capaz de acordar cualquier cosa, pero el hecho que aquí interesa es el recurso del escándalo para desmerecer comicios y fijarlos como antecedentes del sueño final del macrismo: el voto electrónico –que hasta ahora no pudieron imponer en todo el país pero cuyo anhelo no se ha debilitado ni un milímetro– y las modificaciones antidemocráticas que significarían eliminar las elecciones de medio término y/o cambiar los períodos de gobierno.
Ahora se conocen innumerables cambios de los lugares de votación de una gran cantidad de votantes, que súbitamente descubren en los padrones mutaciones sospechosas. Y es un hecho que, aunque lo presentan con carácter experimental o solamente para todavía módicos porcentajes de votantes, el voto electrónico ya está instalado en muchas provincias y distritos electorales, en algunos casos por necedad o cholulismo modernista de dirigencias coyunturales, o quizás incluso por coimas.
El fraude es una sombra negra sobre la política argentina, y en estos tiempos, y con estos tipos, parece imperativo no desatenderlo. Por tratarse de un gobierno de estafadores –calificativo que corresponde porque llegaron al poder prometiendo a millones de votantes de buena fe todo lo que sabían que no iban a hacer, y en efecto no hicieron– lo natural es pensar que harán cualquier cosa con tal de imponerse en las elecciones de octubre próximo.
Ya no quedan dudas del estilo atentatorio contra las instituciones republicanas que practica este gobierno. El ataque a fondo contra la procuradora Gils Carbó, que no puede ser destituída constitucionalmente, es una prueba. La desaparición del militante Santiago Maldonado en la Patagonia y a manos de la Gendarmería, protegida por un silencio gubernamental infame, es otra prueba. Y el ya insostenible silenciamiento de los Panamá Papers que involucran al Presidente y su familia; el viscoso comportamiento y elusión del mismo Presidente dilatando acciones judiciales y ocultando históricos vínculos con Odebrecht y sus innumerables tramas de corrupción, hablan fuertemente de lo que es capaz este gobierno, cuyo estilo es de un cinismo nunca visto en la política argentina.
Ante semejante contexto, el escenario electoral se presenta complejísimo porque muestra, en primera consideración, una sociedad partida no en dos sino en tres grandes sectores sociales. Todas las encuestas sin excepción, y también casi todos los análisis –políticos, sociológicos, periodísticos– dan cuenta del fraccionamiento del electorado. No sólo en el bonaerense o el capitalino, sino en todo el país, se percibe que el panperonismo (en el que obviamente es mayoría el kirchnerismo) representa el que hoy parece ser el mayor tercio de la sociedad: entre el 30 y el 35 por ciento de voto macizo. La alianza del macrismo y la derecha radical gobernantes parece representar otro tercio, dada la peculiaridad y el acierto del macrismo en esta materia: es la primera vez en la historia argentina que la derecha compite amalgamada. Como desde hace décadas en Francia, Inglaterra y otros países de Europa. Y el tercer tercio es, sin dudas, el más imprevisible y el que, finalmente y con oscilaciones, determina en cada turno el rumbo del barco a la deriva que es nuestro país.
Por eso es imprescindible y urgente estar alertas. Estos tipos saben que si pierden las elecciones de octubre será el principio de su fin. No son democráticos como lo fuimos nosotros aceptando la derrota milimétrica del 22 de noviembre de 2015. Estos no se van a ir así nomás, y ya se sabe que su capacidad de daño es gigantesca: sus mentimedios y telebasura pueden distorsionar lo que sea. Por eso machacan con estupideces como “Cristina mató a Nisman”, o “se robaron todo”, mientras reprimen protestas y roban a cuatro manos a la vez que disponen todas las degradaciones económicas, sociales, laborales, de derechos, educativas, de salud y más. Y han arruinado el futuro de las próximas generaciones, porque nos endeudaron de manera abusiva, inmoral y cínica: cientos de miles de millones de dólares de deuda pero aquí no ha entrado un mango y todo lo que han hecho es un nuevo corralito para seguir sacando guita en pala.
Estos tipos, que alguna vez deberían ser acusados de infames traidores a la Patria, no van a dudar ni un segundo en implementar el fraude que sea necesario para mantenerse.
Bien haremos entonces en ser participativos y estar alertas, serenos y firmes en todas las mesas electorales, y en cada una de las próximas elecciones. Y en resistir por todos los medios el voto electrónico, que está recontraprobado en todo el mundo que es manipulable. Y que por eso mismo impulsan estos tipos.