Exe deambula por una habitación oscura mientras la cámara apenas lo registra como un destello en la negrura del plano. Sus movimientos son pausados, como si todavía estuviera algo dormido. Su voz apenas se distingue, se oyen algunos monosílabos y frases cortas. Aún en la penumbra percibimos el inicio de una conversación telefónica que se entrecorta y el intento de una comunicación que, pese a los obstáculos, será el eje de la ópera prima de Eduardo Williams. Celebrada en numerosos festivales, original en su forma, ecléctica en su recorrido, El auge de lo humano despliega una búsqueda incesante, que parte de la oscuridad de una habitación en Argentina para recorrer el mundo: los paisajes calurosos de Mozambique, las aguas templadas de Filipinas, y la vida de una juventud en tránsito. El movimiento es la clave: de la cámara, de los personajes, y del tiempo que se conecta a través de formas físicas como la tierra y los cuerpos, y nuevas formas virtuales que imprimen desafíos y convergencias. 
Exe es un joven de poco más de 20 años que vive en Argentina. Lo que sabemos de él es que hace un tiempo comenzó a trabajar en un supermercado, reponiendo mercadería en el sótano y atendiendo la caja. También que sus amigos de la plaza lo reclaman, que su casa es bulliciosa y está llena de gente, que la conexión a internet es inestable e intermitente. Exe sale a la calle mientras habla por el celular, a veces busca a alguien, otras define su camino en ese movimiento guiado por la intriga, abierto a cualquier hallazgo. El barrio está inundado, los caminos parecen intransitables, con árboles sumergidos y casas con puertas infranqueables. El agua sucia y espesa no detiene la marcha de Exe, a quien divisamos a la distancia maniobrando a grandes zancadas mientras hilvana su conversación con voz queda, sin miedo ni desconcierto. Su vida se afirma en ese constante ir y venir, entre largas caminatas, encuentros con sus amigos, descansos ocasionales, y un trabajo que nunca lo retiene ni lo define. Williams construye a su primer personaje en esa permanente movilidad, casi como signo de una época inquieta y de múltiples conexiones. 
La estructura de El auge de lo humano puede hacernos recordar el rumbo de los navegantes. Pero no de aguas profundas o ríos caudalosos, sino de la virtualidad que impone la realidad global, con sus giros imprevistos y sus itinerarios en permanente transformación. La cámara de Williams acompaña las vidas de sus personajes en largos planos secuencia, filmados con cámara en mano, en los que el tiempo se materializa de manera instantánea, en decisiones repentinas, en intuiciones fugaces. Primero es Exe y sus compañeros de aventuras, que se filman teniendo sexo en cámara para conseguir dinero por internet, que se ríen mientras caminan por el bosque o se ocultan en el tronco de un árbol añoso, que resisten el tedioso trabajo en el supermercado. Pero luego, cuando Exe llegue a su casa y logre estabilizar la wifi, la imagen que lentamente cobrará cuerpo en la pantalla de su computadora será la de otros: unos jóvenes que viven en Mozambique, también inmersos en la oscuridad de una habitación y el hedonismo de los juegos sexuales. La pantalla será entonces el puente a otro mundo, a otro que en realidad es el mismo, el de esa juventud movediza, deseosa de contacto, de traspasar todas las barreras que los separan.  
Williams piensa el montaje como una sucesión de hipervínculos, en los que cada escena lleva a la siguiente guiada por un pulso emocional antes que narrativo, por una búsqueda que es la del cineasta al igual que la de sus criaturas. El cruce de la ficción con el registro sucio y desprolijo propio del universo documental le aporta a su película una curiosa intimidad, una cercanía palpable que hace que la virtualidad que da origen a las conexiones se transforme en algo posible, verdadero. En Mozambique, está Alf, otro joven veinteañero; también allí el sexo y la pantalla se conectan, las caminatas son al aire libre, los trabajos son precarios y alienantes. Una habitación claustrofóbica, un mercado, una calle llena de transeúntes distraídos, un campo verde y abierto. Todos espacios que se entrelazan en las charlas y las llamadas por celular, que se parecen por el calor húmedo que invade el ambiente, por la mirada atenta de Williams que descubre a sus personajes en esa cotidianeidad gloriosa y absurda. Territorios lejanos se definen por aquello que tienen en común: secreciones corporales, deseos, voluntad de contacto y de algo de verdad. Porque El auge de lo humano es una película de desvíos pero también de conexiones. Una excursión nocturna en la estepa africana, el orín que cae sobre un hormiguero, el bostezo matinal de un joven de piel negra, todas son llaves de un traslado mágico al verde tropical de la jungla en Filipinas, a una nueva caminata, a un nuevo encuentro.
“El debut más ambicioso del año”, dijo Eric Kohn de Indiewire, y rastreó el germen de esta historia sobre los jóvenes contemporáneos y sus búsquedas en Pude ver un puma, cortometraje que Williams dirigió en 2011, presentado en la Director’s Fortnight de la Cinéfondation del Festival de Cannes. Allí también la cámara seguía el ascenso de un grupo de adolescentes –en ese caso, vietnamitas– entre los escombros de un edificio sin terminar para perderse finalmente entre las nubes. Para Williams, ese anticipo de recorridos abiertos e itinerarios sin rumbo fijo parece ser algo más que el ambiguo signo del presente: es la clave para entender el cine como el inesperado encuentro entre exhibicionistas y voyeurs, entre quienes se mueven como guiados por un impulso feroz de ser vistos, de ser percibidos, y quienes participan de esa mirada, alimentándose de movimientos ajenos para explorar sus propios interrogantes. La tecnología, blanco de recelos y celebraciones, aquí se concreta en un nuevo territorio, el que cruza barreras nacionales, el que desnuda problemáticas y desigualdades comunes, el que solo puede materializarse en la imagen y adquirir sentido en la mirada. Como parte de un rito de permanente pasaje, Williams se declara como un cineasta en movimiento, aquel que hace del contacto con lo humano el destino de todo hipervínculo.
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El auge del humano, opera prima de Eduardo “Teddy” Williams

Un apocalipsis cercano, familiar

Esa dimensión casi fantástica del film de Williams, lograda a partir del simple registro de lo real, es uno de sus logros evidentes, nueva demostración de la capacidad del cine de transformar radicalmente aquello que atraviesa el lente de la cámara.


Ningún espectador familiarizado con el cine producido por fuera de los mecanismos y plataformas industriales se llevará sorpresa alguna al término de la proyección de El auge del humano, el primer largometraje del argentino Eduardo Williams luego de una buena cantidad de cortometrajes, realizados en la más completa independencia económica y creativa. Y, sin embargo, la película no deja de resultar sorprendente: su sentido último (si es que lo tiene) es tan esquivo y proteico como esas imágenes subterráneas de un hormiguero que permiten conectar dos de las tres “historias” que la integran. La idea de conexión es, precisamente, uno de los elementos centrales en la construcción de las diversas texturas de la película. O la falta de él: la desconexión. No es casual que las criaturas que caminan en la creación de Williams sean jóvenes que configuran una parte de su vida alrededor del uso de una computadora o un teléfono celular, previa conexión a Internet. “¿Hay un cibercafé por acá?”, preguntará casi una docena de veces la protagonista del relato que cierra el film, una chica de una zona poco urbanizada de Filipinas.
En el primer segmento, rodado en un 16mm de enorme grano y muchas veces forzando el límite de la sensibilidad de la emulsión, un joven surge de las penumbras de su casa, en algún lugar del conurbano bonaerense, y se dirige hacia su trabajo como repositor en un supermercado mayorista. Las imágenes de las calles, inundadas luego de una intensa lluvia, adquieren una dimensión casi apocalíptica; un apocalipsis cercano, familiar, cotidiano incluso, al menos para todo aquel que habita zonas anegables. Esa dimensión casi fantástica, lograda a partir del simple registro de la realidad, es uno de los logros evidentes de la película, nueva demostración de la capacidad del cine de transformar ligera o radicalmente aquello que atraviesa el lente de la cámara. Más tarde, el encuentro con unos amigos incluye ciertas prácticas eróticas que, por un lado, poseen una cualidad definidamente lúdica y, por el otro, se revelan como una sencilla estrategia de supervivencia económica. En esa indefinición, que puede ser de índole sexual pero esencialmente está ligada a la representación, al sentido de las imágenes, El auge del humano también ofrece más incógnitas que respuestas.
¿Qué puede unir a esos chicos argentinos con un grupo de amigos de Mozambique, a quienes Williams sigue con su cámara en el segundo capítulo? Hace rato que el concepto de “aldea global” ha caído en desuso, reemplazado por una realidad concreta que ha asimilado por completo tanto sus utopías como las premoniciones más oscuras. África podrá estar muy lejos de Sudamérica y sus condiciones no necesariamente serán similares, pero las equivalencias son muchas. Este segmento se aleja aún más de la débil línea narrativa del anterior para hacer más explícita cierta sensación de desconexión, de aburrimiento, quizás de alienación, aunque atravesada aquí y allá por momentos de excitación, de movimiento y vitalidad.
La placidez del último tramo, registrado en prístino soporte digital, abandona cualquier atisbo de arco dramático y sigue a una muchacha desde lo profundo de un ámbito selvático a la frescura de un baño comunal. A pesar de lo idílico y agreste del entorno, la preocupación por conectarse al celular es creciente. Que El auge del humano termine con un extenso plano fijo de lo que parece una habitación de testeo de chips no parece ser tanto una ironía o una sorpresiva bajada de línea, como el cierre lógico de una película que describe y expone, pero nunca enuncia. Al menos no de una manera directa o transparente. Los lauros obtenidos en distintos festivales cinematográficos parecen confirmar que los jurados decidieron premiar la búsqueda incansable de una película que nunca se amolda, que cambia constantemente de forma, que parece siempre a punto de atrapar algo inasible.