sábado, 12 de agosto de 2017

BANGKOK - TAILANDIA

BANGKOK - TAILANDIA

DESCUBRIR BANGKOK

Sudeste Asiatico: viaje a la capital de Tailandia. Caos urbano, ruidos, polución, pero también el encanto de Oriente. Con sus contrastes entre lo tradicional y lo occidental, la capital de Tailandia fascina a los viajeros. Flores, frutos y ofrendas para los buenos y malos espíritus frente a los edificios más modernos, mercados callejeros y los 400 templos donde reina la paz hierática de los Budas. 


Lo primero es el caos, el desconcierto, las ganas de huir. La polución molesta desluce el paisaje y obliga a los policías a dirigir el tránsito con barbijo. La calle es una masa abigarrada de autos, tuk tuks (pintorescas y audaces motocicletas con un carrito que ofician de taxi), ómnibus, motos y bicicletas. Cruzar una avenida requiere valor y paciencia; atravesar la ciudad puede convertirse en una aventura de más de dos horas. Lo segundo, después del shock inicial, es la fascinación, el asombro, las ganas de retener para siempre cada imagen de Bangkok.
La capital de Tailandia agrede y acaricia al mismo tiempo. La construcción desordenada de las calles no termina de definirse entre lo antiguo y lo moderno, entre lo tradicional y lo occidental. El encanto del Oriente se siente al ver en el frente de todo moderno hotel o edificio de la zona comercial de Sukhumvit Soi, una pequeña casita -la “casa de los espíritus”- adornada con flores, frutas y ofrendas para alimentar a los buenos espíritus y mantener lejos a los malos. Se percibe también en la explosión de colores de los mercados callejeros donde peces vivos y muertos disputan su lugar con flores y frutas indescifrables. El Oriente es también una multitud de monjes rapados, vestidos con un lienzo naranja estratégicamente plegado, que salen al amanecer a recoger las ofrendas de la gente y caminan el resto del día por toda la ciudad.

LOS TEMPLOS



Los cuatrocientos templos de Bangkok son su atractivo ineludible. Se levantan impredeciblemente por todas partes y desafían las alturas. Una campana invisible de cristal parece aislarlos del caos urbano, del ruido y la polución. La paz hierática de los Budas, el susurro de campanitas que se mecen al viento y el olor a incienso trasladan a la faceta espiritual de la ciudad.



Los edificios que forman el Gran Palacio comenzaron a construirse en 1782 y conjugan la fe budista con el esplendor real. Los templos de techos a dos aguas al estilo chino se disputan con campanas, esculturas y chedis (columnas cilíndricas rematadas en una aguja) el señorío de este paisaje irreal. Las construcciones están cuidadosamente cubiertas por un decorado barroco de espejos y cerámicas. Entre estas edificaciones, se encuentra el Templo del Buda de Esmeralda (Wat Phra Keo), el más venerado de Tailandia.



Otro templo digno de ser visitado es el Templo del Buda Recostado (Wat Po), que antiguamente fue un importante centro educativo y que alberga una colosal escultura de Buda de 45 metros de largo y 15 de alto recubierta en hojas de oro. La figura, que desborda las dimensiones del templo, representa a Buda en estado de Nirvana. En este lugar pueden contratarse los servicios de expertos en el milenario arte del masaje tailandés. Otra tradición de este templo es arrojar 106 monedas en sendas vasijas alineadas a uno de los lados del Buda, como talismán para la suerte. Los tailandeses creen profundamente en los astros; por eso, cada templo cuenta con sacerdotes que tratan de descifrar el futuro. Con la ayuda de un intérprete -la mayoría de ellos sólo habla thai-, el viajero también puede acceder a las predicciones.



Al otro lado del río Chao Phraya, el Templo del Amanecer (Wat Arun) deslumbra con sus miles de piezas de porcelana de colores. Si no fuera por los kilómetros que lo separan de Barcelona y por los siglos de diferencia, podría decirse que tiene un aire gaudiano.
LOS "KLONGS"



Las contradicciones definen a Bangkok, la tercera capital de Tailandia desde mediados del 1700. Presionada por migraciones internas desde pueblitos remotos del interior, la ciudad creció en forma despareja.



La visita a sus canales es una oportunidad para conocer los tiempos eternos de un pueblito de montaña dentro de la locura de la ciudad. Para navegar por ellos se puede tomar una excursión organizada o abordar alguna pequeña embarcación sobre el río Chao Phraya en el muelle al lado del Oriental Hotel, o en Rachini, cerca del puente conmemorativo.



Los “klongs” (canales) conservan su paisaje como hace siglos. El agua unifica, convoca, organiza la vida, le da un sentido. Las mujeres lavan la ropa en las orillas; los niños se bañan o cepillan los dientes en el río sin signos de intimidad; los hombres permanecen sentados viendo pasar las barcas desde las casas de madera.



Y entre tanta calma y modorra, entre tanta madera gris de pilotes y casas, entre techos de chapa y ropa colgada, entre caras somnolientas que a veces sonríen para las fotos y otras se esconden o abochornan, los templos, siempre los templos, dan la cuota de dorado y de torres trepando el espacio.
 EL MERCADO FLOTANTE DE DAMNO EN SADUAK



Ver a un vendedor de frutas chino, ataviado de riguroso sombrero cilíndrico, no reviste singularidad en Oriente. Pero cuando el vendedor en cuestión ofrece la fruta desde una góndola flotante al tiempo que rema y se traslada por el río, la impresión comienza a cambiar. Ni hablar cuando el viajero se encuentra a orillas de un angosto “klong” poblado de miles de vendedores flotantes que navegan entre las frutas mientras concretan sus transacciones.



Este espectáculo es el mercado flotante de Damnoen Saduak, a 80 kilómetros de Bangkok. Los vendedores allí transan y regatean -actividad ineludible en estas latitudes- de balsa a balsa, de balsa a orilla y de orilla a balsa. Los sonidos, colores y olores del mercado compensan cualquier mareo ocasional.

No hay comentarios:

Publicar un comentario