lunes, 31 de julio de 2017

San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola

Memoria de san Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó los estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios.

San Ignacio nació probablemente en 1491, en el castillo de Loyola, en Azpeítia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Oñaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, doña Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna, durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló. Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola. Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos juzgaron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo soportó estoicamente la bárbara operación, pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con ciertas complicaciones, de suerte que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, Iñigo sobrevivió y empezó a mejorar, aunque la convalescencia duró varios meses. No obstante la operación, la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a que éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.



Con el objeto de distraerse durante la convalescencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería, a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen con vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: «Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron». Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de las vidas de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos mundanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda la penitencia corporal posible y llorar sus pecados.



Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalescencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. El pueblecito de Manresa está a tres leguas de Montserrat. Ignacio se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año, pero a las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los «Ejercicios Espirituales». Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. AqueIla experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio era tan ignorante que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.



En febrero de 1523, Ignacio partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues «pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas». Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino «amare» se convertía en un simple pretexto para pensar: «Amo a Dios. Dios me ama». Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.



Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre. En aquella época, había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de ciencia y autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia corno pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528. Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.



Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era saboyano; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignació partió de París en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.

Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia, a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (san Ignacio no empleó jamás el nombre de «jesuita», ya que originalmente fue éste un apodo más bien hostil que se dio a los miembros de la Compañía), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de «La Storta», el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romae propitius ero (Os seré propicio en Roma). Paulo III nombró a Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.



Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, «para que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos consagrado». La primera de esas obras de caridad consistiría en «enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios». La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.



Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: «Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado». Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Gonçalves y Juan Núñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur. El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, san Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue san Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, san Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que san Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.



En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignació ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. «La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas» (cardenal Manning). A este propósito citaremos las instrucciones que san Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: «Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores». El santo escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda. Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los «Ejercicios Espirituales». Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de san Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, san Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamenle y de formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir «sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma». Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración «guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino».



La prudencia y caridad del gobierno de san Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque san Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de san Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: «A la mayor gloria de Dios». A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: «Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?» Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el «espíritu militar» de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.



Durante los quince años que duró el gobierno de san Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.



El amor de Dios era la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos. Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y al prójimo le dio por su lado a fin de atraerlo al suyo. Recibía con extraordinaria bondad a los pecadores sinceramente arrepentidos; con frecuencia se imponía una parte de la penitencia que hubiese debido darles y los exhortaba a ofrecerse en perfecto holocausto a Dios, diciéndoles que es imposible imaginar los tesoros de gracia que Dios reserva a quienes se le entregan de todo corazón. El santo proponía a los pecadores esta oración, que él solía repetir: «Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me hasta, sin que os pida otra cosa».

Ignacio de Loyola (Azpeitia, c. 23 de octubre de 1491-Roma, 31 de julio de 1556) fue un militar y luego religioso español, surgido como un líder religioso durante la Contrarreforma. Su devoción a la Iglesia católica se caracterizó por la obediencia absoluta al papa. Fundador de la Compañía de Jesús de la que fue el primer general, la misma prosperó al punto que contaba con alrededor de mil miembros en más de cien casas —en su mayoría colegios y casas de formación— repartidas en doce provincias al momento de su muerte. Sus Ejercicios espirituales, publicados en 1548, ejercieron una influencia proverbial en la espiritualidad posterior como herramienta de discernimiento.​ El metodista Jesse Lyman Hurlbut consideró a Ignacio de Loyola como una de las personalidades más notables e influyentes del siglo XVI.​ La Iglesia católica lo canonizó en 1622, y Pío XI lo declaró patrono de los ejercicios espirituales en 1922.
Vera effigies S. Ignaty de Loyola, verdadera imagen de S. Ignacio, con armadura militar. Anónimo del s. XVI, escuela francesa.

Íñigo López de Loyola inició su carrera como hombre de armas formando parte de las tropas oñacinas del reino de Castilla. En mayo de 1521, a los treinta años de edad cae herido en la Batalla de Pamplona cuando defendía la ciudad de las tropas navarras de Enrique II de Navarra.​ Este hecho sería determinante en su vida, pues la lectura durante su convalecencia de libros religiosos lo llevaría a profundizar en la fe católica y a la imitación de los santos. Propuso entonces peregrinar a Jerusalén, para lo cual necesitaba llegar antes a Roma, pero antes pararía en Montserrat y Manresa, donde comenzó a desarrollar sus Ejercicios espirituales, base de su espiritualidad.

A su vuelta de Tierra Santa, comenzó sus estudios y a dedicarse a la predicación, basándose en el método de sus Ejercicios. Sus actividades le hicieron sospechoso de heterodoxo e incluso llegó a ser procesado en distintas ocasiones. Tras ver cerradas las puertas a la predicación, decidió continuar sus estudios en París, donde cursó filosofía y tuvo por compañeros a Pedro Fabro y Francisco Javier, entre otros.

Ignacio y sus compañeros acabaron pronunciando un voto de pobreza, iniciaron la Compañía de Jesús y decidieron peregrinar a Jerusalén, pero esta empresa resultó imposible y finalmente optaron por ponerse a disposición del papa. Ignacio partió a Roma junto con Pedro Fabro y Diego Laínez, experimentando durante todo el viaje multitud de sentimientos espirituales y una especial confianza en que Dios les sería favorable en esa ciudad.

Allí se dedicó a impartir sus Ejercicios, pero pronto sufrió las críticas de personalidades influyentes que difundieron rumores en su contra, acusándolo de ser un fugitivo de la Inquisición. Para impedir que las acusaciones prosperasen y acabasen impidiendo su actividad, Ignacio quiso que se abriese un proceso formal para así ser declarado públicamente inocente.

Después de esto se procedió a designar al primer general de la Compañía de Jesús, resultando Ignacio elegido unánimemente por sus compañeros. Sin embargo, rechazó la designación y pidió que la votación se repitiese tras madurarlo más profundamente. Volvió a ser elegido en segunda votación y, tras reflexionar y confesar sus pecados, finalmente aceptó.​

Estuvo quince años al frente de la Compañía de Jesús como General, permaneciendo en Roma. Murió el 31 de julio de 1556 y su cuerpo, que fue inicialmente sepultado en la iglesia de Santa María de la Strada, fue trasladado a la iglesia del Gesù, sede la Compañía. El papa Gregorio XV lo canonizó el 12 de marzo de 1622 junto con Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús e Isidro Labrador.

Nacido Íñigo López de Loyola según fuentes jesuitas, las referencias de la propia Compañía de Jesús nombraron también en ocasiones a Ignacio como Íñigo López de Recalde, aunque este nombre al parecer se lo dio por error un copista. Entre 1537 y 1542 cambió el nombre de Íñigo por el de Ignacio, como él mismo decía, "por ser más común a las otras naciones" o "por ser más universal".

Es también conocido por la versión latina de su nombre, Ignatius de Loyola. Íñigo es una variación más común en la provincia de Guipúzcoa del nombre vasco Eneko y por él lo conocieron y trataron gran parte de su vida; él mismo, por decisión personal, lo cambió por el de Ignacio —Ignatius— latino, cuando se graduó de Magister. No está muy claro el momento en que se muda el nombre de Íñigo por el de Ignacio.

En los primeros años tras su conversión, firmaba sus cartas como «De bondad pobre, Íñigo». En 1537 aparece por primera vez el nombre de Ignacio en sus cartas, firmando en latín. Desde entonces, aparecen en sus escritos ambos nombres: cuando escribe y firma en castellano, usa «Íñigo», y cuando lo hace en latín o italiano, escribe «Ignacio».

Y desde 1542 desaparece el «Íñigo», que reaparece sólo en una ocasión, en recado escrito por Fr. Barberá en 1546. Fuera de este caso, en los catorce años últimos de su vida siempre firmó como «Ignacio».

Niñez

Iñigo (Ignacio) era el menor de trece hermanos, todos ellos hijos de Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, VIII señor de la casa de Loyola de Azpeitia, y Marina Sáez de Licona y Balda, natural de la villa [[Vizcaya|vizcaína de Ondarroa, donde nació en la Casa torre Likona perteneciente a su familia. El padre era miembro de la noble e ilustre familia de la casa de Balda de Azcoitia. Su niñez la pasó en el valle de Loyola, entre las villas de Azpeitia y Azcoitia, en compañía de sus hermanos y hermanas. Su educación debió ser marcada por las directrices del «duro mandoble» y del «fervor religioso», aunque nada cierto se sabe de la misma.

Juventud

En el año 1507 y en coincidencia con la muerte de la madre de Ignacio, la señora María de Velasco —mujer del contador mayor de Castilla, Juan Velázquez de Cuéllar— pidió al padre de Ignacio, Beltrán, que le mandase un hijo para educarlo en la corte.​ Entre los hermanos decidió enviar a Iñigo, el menor, quien marchó a Arévalo, donde pasaría un mínimo de once años, hasta 1518, realizando frecuentes viajes a Valladolid y manteniéndose siempre muy cerca de la Corte, ya que su protector era consejero real, además de contador.

En este tiempo aprende lo que un gentilhombre debe saber, el dominio de las armas. La biblioteca de Arévalo era rica y abundante, lo que dio alas a su afición por la lectura y, en cuanto a la escritura, no dejó de pulir su buena letra. Se le consideró «un muy buen escribano». Él mismo se califica en esos tiempos como «dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra».

En 1517 Velázquez de Cuéllar cae en desgracia, al morir Fernando el Católico, y al año muere. Su viuda, María de Velasco, manda a Íñigo a servir al duque de Nájera, Antonio Manrique de Lara, que era virrey de Navarra, donde dio muestras de tener ingenio y prudencia, así como noble ánimo y libertad. Esto quedó reflejado en la pacificación de la sublevación de Nájera en la Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), así como en conflictos entre villas de Guipúzcoa, en los cuales destaca por su manejo de la situación.

En 1512 las tropas castellanas conquistan el Reino de Navarra, con varios episodios bélicos posteriores. En 1521 se produce una incursión de tropas franco-navarras procedentes de Baja Navarra en su intento de reconquista y expulsión del invasor, en las que participaban los hermanos de Francisco Javier. Al mismo tiempo se subleva la población de varias ciudades, incluida la de Pamplona. Iñigo, que lucha con el ejército castellano y se encuentra en Pamplona en mayo de ese año, cuando llegan las tropas franco-navarras, resiste en el castillo de la ciudad, que es asediado, arengando a sus soldados a una defensa que resultaba imposible.​ En el combate es alcanzado por una bala de cañón que pasa entre sus dos piernas, rompiéndole una e hiriéndole la otra. La tradición sitúa el hecho el 20 de mayo de 1521, lunes de Pentecostés. El castillo cae el 23 ó 24 del mismo mes y se le practican las primeras curas y se le traslada a su casa de Loyola.

La recuperación es larga y dolorosa, y con resultado dudoso, al haberse soldado mal los huesos. Se decide volver a operar y cortarlo, soportando el dolor como una parte más de su condición de caballero.

En el tiempo de convalecencia, lee los libros La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y el Flos Sanctorum, que hacen mella en él. Bajo la influencia de esos libros, se replantea toda la vida y hace autocrítica de su vida como soldado. Como dice su autobiografía:

    Y cobrada no poco lumbre de aquesta leción, comenzó a pensar más de veras en su vida pasada, y en quánta necesidad tenía de hacer penitencia della. Y aquí se le ofrecían los deseos de imitar los santos, no mirando más circunstancias que prometerse así con la gracia de Dios de hacerlo como ellos lo habían hecho. Mas todo lo que deseaba de hacer, luego como sanase, era la ida de Hierusalem, como arriba es dicho, con tantas disciplinas y tantas abstinencias, cuantas un ánimo generoso, encendido de Dios, suele desear hacer.

Este deseo se ve acrecentado por una visión de la Virgen con el Niño Jesús, que provoca la definitiva conversión del soldado en religioso. De allí sale con la convicción de viajar a Jerusalén con la tarea de la conversión de los no cristianos en Tierra Santa.

Aspiraciones religiosas

En Barcelona se hospeda en el Monasterio de Montserrat de los benedictinos (25 de marzo de 1522), donde cuelga su vestidura militar frente a la imagen de la Virgen y abandona el mismo con harapos y descalzo. De esa forma llega a Manresa, donde permanecerá diez meses, ayudado por un grupo de mujeres creyentes, entre las cuales tiene fama de santidad. En este período vive en una cueva en donde medita y ayuna. De esta experiencia nacen los Ejercicios espirituales, que serán editados en 1548 y son la base de la filosofía ignaciana.

En Manresa se produce el cambio drástico de su vida, «cambiar el ideal del peregrino solitario por el de trabajar en bien de las almas, con compañeros que quisiesen seguirle en su camino».

Llega a Roma y, seguidamente, el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, de donde tiene que volver a Barcelona.

Su amiga Isabel Roser le aconseja que inicie estudios. Aprende latín y se inscribe en la universidad. Estudia en Alcalá de Henares desde 1526 a 1527; vivió y trabajó en el Hospital de Antezana como enfermero y cocinero para los enfermos. Posteriormente, va a Salamanca, hablando a todos sobre sus ejercicios espirituales, cosa que no es bien vista por las autoridades y le acarrea algunos problemas, y lo llegan a encarcelar algunos días. En vista de la falta de libertad para su plática en España, decide irse a París.
Estudios en París

En febrero de 1528 entra en la Universidad de París, donde permanece más de siete años, aumentando su educación teológica y literaria, y tratando de despertar el interés de los estudiantes en sus Ejercicios espirituales.

Para 1534, tenía seis seguidores clave: Francisco Javier, Pedro Fabro, Alfonso Salmerón, Diego Laínez, Nicolás de Bobadilla y Simão Rodrigues (portugués).

Fundación de la Compañía de Jesús

Viaja a Flandes e Inglaterra para conseguir dinero para su obra. Tiene ya muy perfilado el proyecto y los compañeros que le siguen. El 15 de agosto de 1534 los siete juran en Montmartre «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo» y fundan la Sociedad de Jesús, que luego sería llamada la Compañía de Jesús. Deciden viajar a Tierra Santa y, si no pueden, ponerse a las órdenes del Papa.

Ignacio parte para su tierra por motivos de salud, donde permanece tres meses. Luego hace varias visitas a los familiares de sus compañeros, entregando cartas y recados, y se embarca para Venecia, donde pasa todo el año de 1536, que aprovecharía para estudiar. El 8 de enero de 1537 llegan los compañeros de París.

El papa Paulo III les dio la aprobación y les permitió ordenarse sacerdotes. Fueron ordenados en Venecia por el obispo de Arbe el 24 de junio. Ignacio celebrará su primera misa en la noche de Navidad del año 1538. En ese tiempo se dedican a predicar y al trabajo caritativo en Italia. Parte a Roma a pedir permiso para ir a Jerusalén y se lo dan, pero por problemas bélicos no pueden llegar y se ponen a las órdenes del Papa.

En el viaje a Roma sucede un hecho importante en la vida de Ignacio. En La Storta, localidad al norte de Roma, tiene una experiencia espiritual de excepcional trascendencia, que su autobiografía recoge así:

    Tuvo tal mutación en su alma y ha visto tan claramente que el Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no sería capaz de dudar de que el Padre le ponía con su Hijo. Con esta expresión reveló la unión que desde entonces sintió con Cristo. Laínez completó estos datos, añadiendo que la visión fue trinitaria, y que en ella el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: «Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo» y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: «Yo quiero que tú nos sirvas».

Esto determinará la fundación de la Compañía de Jesús; sería el remate a lo que comenzó en Manresa con los ejercicios espirituales. La directriz era clara: ser compañeros de Jesús, alistados bajo su bandera, para emplearse en el servicio de Dios y bien del prójimo.

En octubre de 1538, Ignacio se encaminó hacia Roma, junto con Fabre y Laínez, para la aprobación de la constitución de la nueva orden. Un grupo de cardenales se mostró a favor de la constitución y Paulo III confirmó la orden mediante la bula Regimini militantis (27 de septiembre de 1540), pero limitaba el número de sus miembros a sesenta. Esta limitación fue revocada a través de la bula Injunctum nobis (14 de marzo de 1543). Así nacía la Societas Iesu, la Compañía de Jesús o, como se le conoce comúnmente, «los Jesuitas».

Superior General de los Jesuitas.

Ignacio fue elegido superior general de su orden religiosa. Envió a sus compañeros como misioneros por Europa para crear escuelas, universidades y seminarios donde estudiarían los futuros miembros de la orden, así como los dirigentes europeos.

En 1548, sus Ejercicios espirituales fueron finalmente impresos y fue llevado incluso ante la Inquisición romana, pero fue rápidamente exculpado. Ignacio, con la ayuda de su secretario Juan Alfonso de Polanco, escribió las Constituciones jesuitas, adoptadas en 1554, las cuales crearon una organización monacal, exigiendo absoluta abnegación y obediencia al Papa y superiores (perinde ac cadaver, «disciplinado como un cadáver»). Su principio fundamental se volvió el lema jesuita: Ad maiorem Dei gloriam («A mayor gloria de Dios»).

Los jesuitas jugaron un papel clave en el éxito de la Contrarreforma.

La Compañía se extiende por Europa y por todo el mundo y solamente está obligada a responder de sus actos ante el Papa.

En 1551 Ignacio de Loyola quiere que se le sustituya al frente de la Compañía, pero su solicitud de renuncia es rechazada. Al año siguiente muere Francisco Javier, a quien Ignacio tenía en mente para que le sustituyera.

Surgen divergencias en el seno de la dirección de la Compañía. Simão Rodrigues, uno de los fundadores, se rebela contra Ignacio desde Portugal, Bobadilla critica el modo de mando de Ignacio, y su amiga Isabel Roser quiere fundar una compañía femenina, a lo que Ignacio se niega.

Dirige la Compañía desde su celda en Roma y va ordenando todo lo que ha ido creando hasta poco antes de su muerte. La Compañía crece y pasa a tener miles de miembros, a la vez que se granjea muchos amigos y enemigos por todo el mundo.

Muere el 31 de julio de 1556 en su celda de la sede de los Jesuitas en Roma como consecuencia de una larga enfermedad ligada a la vesícula.

Escritos

Edición príncipe de los Ejercicios espirituales en latín de 1548.

San Ignacio de Loyola dejó los siguientes escritos:

    Autobiografía.
    Ejercicios espirituales.
    Directorios de ejercicios: observaciones sueltas que aclaran algún punto del modo de impartir los Ejercicios espirituales.
    Forma de la Compañía y Oblación: texto en el que relata los días de su elección como general de la Compañía en 1541.
    Deliberación sobre la pobreza.
    Diario Espiritual: mociones recibidas por san Ignacio entre febrero de 1544 y febrero de 1545.
    Constituciones de la Compañía de Jesús: reglamento de la Compañía, escrito en 1544.
    Reglas de la Compañía de Jesús.
    Cartas e Instrucciones: epistolario escrito a diferentes personas entre 1524 y 1556.

Patronazgos

México

Es santo patrono de la ciudad de Guanajuato.

Es patrono de la colonia Lázaro Cárdenas en el municipio de Maravatío en Michoacán.

España

Es santo patrón de las provincias españolas de Guipúzcoa y Vizcaya.

En el siglo XVII se levantó una basílica en su nombre en su ciudad natal de Azpeitia (Guipúzcoa), así como un complejo conventual que rodea su casa natal.

En Deusto (distrito de Bilbao, Vizcaya), un barrio y su estación del metro (San Inazio) se llaman así en su memoria.

Italia

En Roma su sepulcro se venera en la Iglesia del Gesù, y en el siglo XVII, al poco tiempo de su canonización, se levantó una iglesia en su nombre como capilla del Collegio Romano, que él mismo había fundado.

Costa Rica

Es patrono de la ciudad de Acosta en la provincia de San José, Costa Rica, y de la ciudad de San Ignacio, en Paraguay.

Argentina

San Ignacio de Loyola es el patrono de la ciudad de Junín, Argentina, donde el principal templo católico es la Iglesia Matriz San Ignacio de Loyola. Es patrón de la localidad de Luque (Córdoba-Argentina).

República Dominicana

San Ignacio de Loyola es el santo patrón de San Ignacio de Sabaneta, municipio cabecera de la provincia Santiago Rodríguez.​ En la iglesia principal de la ciudad se celebra anualmente por los devotos el novenario en celebración del día de este santo.

Instituciones educativas

El número de instituciones educativas dedicadas al santo es proporcional a la inmensa labor educativa llevada a cabo por la Compañía de Jesús.

México

Presente en varias ciudades de la República Mexicana (Ciudad de México, León, Puebla, Tijuana y Torreón), la Universidad Iberoamericana forma parte de AUSJAL (Asociación de Universidades confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina) y del Sistema Universitario Jesuita. En la ciudad de Guadalajara cuentan con el ITESO (Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente).

En la ciudad de Santiago de Querétaro, la Universidad Autónoma de Querétaro fue fundada el 20 de agosto de 1625, como Colegio de San Ignacio de Loyola y renombrada el 24 de febrero de 1951 como UAQ.

Perú

En el virreinato del Perú, en el Cuzco, había una universidad regentada por los jesuitas de este nombre.

En Lima se encuentran la Universidad San Ignacio de Loyola, el Colegio San Ignacio de Recalde y el Instituto San Ignacio de Loyola, que paradójicamente llevan el nombre de Ignacio pero no son instituciones jesuitas. La Universidad Antonio Ruiz de Montoya y la Universidad del Pacífico, ambas con sede en Lima, forman parte de AUSJAL.

Ecuador

La Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) está dirigida y administrada por la Compañía de Jesús. Lo mismo los colegios "Cristo Rey" de Portoviejo, "Sant Felipe Neri" de la ciudad de Riobamba, "Unidad Educativa Borja" de Cuenca, "Unidad Educativa Particular Javier" de Guayaquil y el colegio "San Gabriel" de Quito.

San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos que están en el límite con Francia.

Su padre Bertrán De Loyola y su madre Marina Sáenz, de familias muy distinguidas, tuvieron once hijos: ocho varones y tres mujeres. El más joven de todos fue Ignacio.

El nombre que le pusieron en el bautismo fue Iñigo.

Entró a la carrera militar, pero en 1521, a la edad de 30 años, siendo ya capitán, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona. Al ser herido su jefe, la guarnición del castillo capituló ante el ejército francés.

Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja. Los médicos se admiraban. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo quedó cojo para toda la vida.

A pesar de esto Ignacio tuvo durante toda su vida un modo muy elegante y fino para tratar a toda clase de personas. Lo había aprendido en la Corte en su niñez.

Mientras estaba en convalecencia pidió que le llevaran novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que "La vida de Cristo" y el "Año Cristiano", o sea la historia del santo de cada día.

Y le sucedió un caso muy especial. Antes, mientras leía novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción pero después quedaba con un sentimiento horrible de tristeza y frustración . En cambio ahora al leer la vida de Cristo y las Vidas de los santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Esto lo fue impresionando profundamente.

Y mientras leía las historias de los grandes santos pensaba: "¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron llegar a ese grado de espiritualidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al grado que ellos alcanzaron?". Y después se iba a cumplir en él aquello que decía Jesús: "Dichosos los que tienen un gran deseo de ser santos, porque su deseo se cumplirá" (Mt. 5,6), y aquella sentencia de los psicólogos: "Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás".

Mientras se proponía seriamente convertirse, una noche se le apareció Nuestra Señora con su Hijo Santísimo. La visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir a gobernantes de la tierra sino al Rey del cielo.

Apenas terminó su convalecencia se fue en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Monserrat. Allí tomó el serio propósito de dedicarse a hacer penitencia por sus pecados. Cambió sus lujosos vestidos por los de un pordiosero, se consagró a la Virgen Santísima e hizo confesión general de toda su vida.

Y se fue a un pueblecito llamado Manresa, a 15 kilómetros de Monserrat a orar y hacer penitencia, allí estuvo un año. Cerca de Manresa había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la meditación. Allá se le ocurrió la idea de los Ejercicios Espiritales, que tanto bien iban a hacer a la humanidad.

Después de unos días en los cuales sentía mucho gozo y consuelo en la oración, empezó a sentir aburrimiento y cansancio por todo lo que fuera espiritual. A esta crisis de desgano la llaman los sabios "la noche oscura del alma". Es un estado dificultoso que cada uno tiene que pasar para que se convenza de que los consuelos que siente en la oración no se los merece, sino que son un regalo gratuito de Dios.

Luego le llegó otra enfermedad espiritual muy fastidiosa: los escrúpulos. O sea el imaginarse que todo es pecado. Esto casi lo lleva a la desesperación.

Pero iba anotando lo que le sucedía y lo que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha habildad para poder dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias poderles enseñar el camino de la santidad. Allí orando en Manresa adquirió lo que se llama "Discreción de espíritus", que consiste en saber determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuáles son los consejos que más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía después: "En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas, que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades".

En 1523 se fue en peregrinación a Jerusalén, pidiendo limosna por el camino. Todavía era muy impulsivo y un día casi ataca a espada a uno que hablaba mal de la religión. Por eso le aconsejaron que no se quedara en Tierra Santa donde había muchos enemigos del catolicismo. Después fue adquiriendo gran bondad y paciencia.

A los 33 años empezó como estudiante de colegio en Barcelona, España. Sus compañeros de estudio eran mucho más jóvenes que él y se burlaban mucho. El toleraba todo con admirable paciencia. De todo lo que estudiaba tomaba pretexto para elevar su alma a Dios y adorarlo.

Después pasó a la Universidad de Alcalá. Vestía muy pobremente y vivía de limosna. Reunía niños para enseñarles religión; hacía reuniones de gente sencilla para tratar temas de espiritualidad, y convertía pecadores hablandoles amablemente de lo importante que es salvar el alma.

Lo acusaron injustamente ante la autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon inocente, pero había gente que lo perseguía. El consideraba todos estos sufrimientos como un medio que Dios le proporcionaba para que fuera pagando sus pecados. Y exclamaba: "No hay en la ciudad tantas cárceles ni tantos tormentos como los que yo deseo sufrir por amor a Jesucristo".

Se fue a Paris a estudiar en su famosa Universidad de La Sorbona. Allá formó un grupo con seis compañeros que se han hecho famosos porque con ellos fundó la Compañía de Jesús. Ellos son: Pedro Fabro, Francisco Javier, Laínez, Salnerón, Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla. Recibieron doctorado en aquella universidad y daban muy buen ejemplo a todos.

Los siete hicieron votos o juramentos de ser puros, obedientes y pobres, el día 15 de Agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María. Se comprometieron a estar siempre a las órdenes del Sumo Pontífice para que él los emplease en lo que mejor le pareciera para la gloria de Dios.

Se fueron a Roma y el Papa Pablo III les recibió muy bien y les dio permiso de ser ordenados sacerdotes. Ignacio, que se había cambiado por ese nombre su nombre antiguo de Íñigo, esperó un año desde el día de su ordenación hasta el día de la celebración de su primera misa, para prepararse lo mejor posible a celebrarla con todo fervor.

San Ignacio se dedicó en Roma a predicar Ejercicios Espirituales y a catequizar al pueblo. Sus compañeros se dedicaron a dictar clases en universidades y colegios y a dar conferencias espirituales a toda clase de personas.

Se propusieron como principal oficio enseñar la religión a la gente.

En 1540 el Papa Pablo III aprobó su comunidad llamada "Compañía de Jesús" o "Jesuitas". El Superior General de la nueva comunidad fue San Ignacio hasta su muerte.

En Roma pasó todo el resto de su vida.

Era tanto el deseo que tenía de salvar almas que exclamaba: "Estaría dispuesto a perder todo lo que tengo, y hasta que se acabara mi comunidad, con tal de salvar el alma de un pecador".

Fundó casas de su congregación en España y Portugal. Envió a San Francisco Javier a evangelizar el Asia. De los jesuitas que envió a Inglaterra, 22 murieron martirizados por los protestantes. Sus dos grandes amigos Laínez y Salmerón fueron famosos sabios que dirigieron el Concilio de Trento. A San Pedro Canisio lo envió a Alemania y este santo llegó a ser el más célebre catequista de aquél país. Recibió como religioso jesuita a San Francisco de Borja que era rico político, gobernador, en España. San Ignacio escribió más de 6 mil cartas dando consejos espirituales.

El Colegio que San Ignacio fundó en Roma llegó a ser modelo en el cual se inspiraron muchísimos colegios más y ahora se ha convertido en la célebre Universidad Gregoriana.

Los jesuitas fundados por San Ignacio llegaron a ser los más sabios adversarios de los protestantes y combatieron y detuvieron en todas partes al protestantismo. Les recomendaba que tuvieran mansedumbre y gran respeto hacia el adversario pero que se presentaran muy instruidos para combatirlos. El deseaba que el apóstol católico fuera muy instruido.

El libro más famoso de San Ignacio se titula: "Ejercicios Espirituales" y es lo mejor que se ha escrito acerca de como hacer bien los santos ejercicios. En todo el mundo es leído y practicado este maravilloso libro. Duró 15 años escribiéndolo.

Su lema era: "Todo para mayor gloria de Dios". Y a ello dirigía todas sus acciones, palabras y pensamientos: A que Dios fuera más conocido, más amado y mejor obedecido.

En los 15 años que San Ignacio dirigió a la Compañía de Jesús, esta pasó de siete socios a más de mil. A todos y cada uno trataba de formarlos muy bien espiritualmente.

Como casi cada año se enfermaba y después volvía a obtener la curación, cuando le vino la última enfermedad nadie se imaginó que se iba a morir, y murió subitamente el 31 de julio de 1556 a la edad de 65 años.

En 1622 el Papa lo declaró Santo y después Pío XI lo declaró Patrono de los Ejercicios Espirituales en todo el mundo. Su comunidad de Jesuitas es la más numerosa en la Iglesia Católica.

Edgardo Scott - "Luto"

Edgardo Scott - "Luto"

Atrapado sin salida

En su segunda novela, Edgardo Scott cuenta la oscura vida de un hombre suburbano signada por un hecho violento y la búsqueda de venganza.


El Chiche. Así se llama el negocio de Chiche, aunque no fue él quien le puso el nombre. Fue idea de su padre, Don Amadeo, que lo abrió cuando su primogénito Alberto tenía apenas dos años y medio, y como había sido un bebé tan lindo y bueno, su madre decía que era un chiche. El Chiche es un negocio ubicado en un barrio de un suburbio bonaerense, y vende muebles, electrodomésticos e incluso piletas de lona. Alberto lo heredó de su padre, y desde entonces el negocio ordena su vida. Y también es lo que la desordenará, cuando suceda el robo que marca el comienzo del mecanismo narrativo de Luto, la segunda novela de Edgardo Scott. Pero ese desorden no será inmediato, porque lo que se cuenta en sus páginas no es una debacle sino un atrincheramiento, su devenir funciona como un strip tease en cámara lenta de la cotidianidad de un hombre que se irá quedando cada vez más solo y con ánimo de venganza por el asesinato de su mujer durante un asalto a su negocio. 
Scott comienza Luto con una escena de acción vertigionosa y contundente, y la termina con otra similar, pero en el medio, donde sucede realmente su historia, no pasa demasiado. O, al menos, lo que sucede ahí –que es lo que realmente cuenta el libro– no tiene nada que ver con sus extremos. Porque Luto no es una novela de acción, sino sobre lo que se acumula en la mente de un hombre cuando pasó lo que no tenía que pasar, y ya no hay vuelta atrás. Un vacío donde se van amontonando los días que la novela deshoja hábilmente, encontrando su ritmo en el orden narrativo de esa cotidianeidad vacía. Por eso, aunque Luto no tiene acción, funciona como un relojito, porque su autor divide la vida de Chiche en una serie de temas recurrentes en el metódico y cada vez mas limitado comportamiento obsesivo de su protagonista: el negocio, el baldío de enfrente, los perros del barrio, las peliculas que ve, las noticias que comenta, su obsesión con lo que él llama “los negros”, y tres mujeres: su hija, su amante Genoveva y la mujer de la Retacería, a la que idealiza. 
Al volver una y otra vez a los temas por los que se agota la vida de su protagonista, Scott va marcando el paso del tiempo y la decadencia de Chiche, que cada vez más se obsesiona con la venganza. Sin embargo, una de las hábiles trampas de la novela es que, a pesar de que supuestamente estaría contando cómo lentamente una nube negra se va apoderando de su protagonista hasta llevarlo hacia su destino inexorable, en realidad el retrato de Chiche que va apareciendo capítulo tras capítulo es ya oscuro de por sí, sin necesidad de que la tragedia lo haya llevado por ese camino. Incluso aparecen pistas aquí y allá que permiten dudar que el punto de partida de su tragedia haya sido fruto simplemente del azar. 
Pero es algo que apenas se dice al pasar, porque Luto no es una novela que intente desentrañar un misterio, o que vaya construyendo un caso policial, sino que lo que cuenta es el proceso de destilación de un personaje, que cada vez más se irá independizando de sus circunstancias. Y asi es como Chiche irá cerrando una a una todas las puertas por las que podría haber escapado al destino que marcará el final de su luto. Pero, mientras tanto, Luto construye casi de manera displiscente acertados retratos de la cotidianeidad suburbana. Scott sabe de lo que habla, y también sabe resumirlo y describirlo, en particular cuanto m{as alejado está de la olla a presión que es la cabeza de su protagonista. Los capítulos destinados a la relación de Chiche con los perros del barrio, por ejemplo, esconden sorpresas que por un momento permiten atisbar otro destino. 
Aunque eso no sucederá. Así como Chiche “siempre entendió los sistemas cerrados, esa lógica honesta de los mecanismos”, Luto es un libro que se acomoda demasiado rápido en su propio funcionamiento. Su construcción funcional y dinámica, por momentos fascinante, lo condena sin embargo a una cierta previsibilidad final, por su anclaje en lo social, que es un logro y también una trampa. Porque Luto termina siendo una novela que avanza hacia su matadero en vez de confiar en hacer su propio camino. Hay algo, por ejemplo, en el frustrado y enceguecido Chiche de potencial superhéroe suburbano, imperdonable, fascista y al mismo tiempo con la redención a mano. Pero, otra vez, Luto no habla de eso. Con su novela previa, la ambiciosa El exceso, Scott se atrevió con el relato político de una época, la menemista, a través de varios personajes. Aquí, en cambio, hay uno solo, atrapado y condenado por sus pequeñas miserias y evidentes limitaciones, incapaz de admitir ninguno de los errores que lo llevaron hasta allí, y que terminará caminando hacia su destino, con los ojos ciegos bien abiertos.

Puerto Deseado - SANTA CRUZ

SANTA CRUZ> Arqueología submarina

De navegantes y piratas

El Museo Brozoski de Puerto Deseado exhibe numerosas piezas arqueológicas rescatadas del naufragio de la corbeta Swift, hundida en 1770 frente a las costas de la ciudad. La institución ocupa el primer puesto en Sudamérica en su especialidad: hacer hablar al pasado a través de los objetos que sobrevivieron al mar.

 El último verano, cuando el hombre entró a la oficina de Turismo de Puerto Deseado y preguntó por “la Swift”, el director del área, Mario Cambi, no lo dudó: lo acompañó hasta el Museo Municipal Mario Brozoski para guiarlo por la muestra histórica que abarca más de cien piezas rescatadas de los restos de la corbeta Swift, hundida frente a costas de la ciudad en 1770, cuando encalló en una roca al intentar guarecerse de una tormenta. “Aquí llega gente que quiere ver la corbeta”, dice Cambi a TurismoI12, y explica que el hombre –un contador jubilado del País Vasco llegado junto con su familia– no es el único en directamente atraído por este tema. Desde que están en exhibición las piezas del naufragio, la ciudad recibe todos los años personajes de diferentes latitudes que estudian museos o son apasionados de los naufragios y los barcos antiguos.
 La corbeta Swift permanece desde hace tres siglos bajo el agua, pero un trabajo de veinte años permitió reconstruir parte de su trayectoria y las costumbres a bordo, además de una tarea científica que se puede leer en El Naufragio de la HMS Swift –1770–. Arqueología Marítima en la Patagonia (Vázquez Mazzini Editores), resultado del trabajo del equipo del Programa de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano  (Inapl) que dirige la doctora en Arqueología Dolores Elkin, investigadora del Conicet.

PIEZAS DE LA HISTORIA Un plato, un bol de porcelana o un porrón de madera son apenas algunas de las piezas que pueblan las vitrinas del museo, donde otras historias y testimonios suman 14.000 objetos, aunque sólo se muestren 4200 de distintas colecciones. Entre ellos está la minerva original de 1920 en la que el diario El Orden imprimió los primeros hechos de las huelgas luego conocidas como “la Patagonia rebelde”.
Para la directora de General de Museos y Patrimonio del Norte de Santa, Cruz, Rosa Aravales, lo que más sorprende a los visitantes es el estado de conservación de las piezas. En el proceso de laboratorio está una de las tareas de mayor compromiso para los expertos, que desarrollaron una técnica que utiliza 40.000 litros de agua destilada por año y ahora cuentan con una bomba de ósmosis con la que pueden convertir, es decir “fabricar”, el agua con que trabajan. “Mesas y muebles enteros están sumergidos en este líquido con químicos, dentro de piletones que permiten que las maderas no se desintegren, como en ‘la mesa libro’ que pertenecía al comedor de los oficiales”, señala Rosa a TurismoI12.
Además de los visitantes de distintos puntos del planeta, al museo lo visitan chicos de las escuelas y en su laboratorio se realiza un taller de conservación. “Es curioso –dice Rosa– que uno de los objetos mejor mantenidos sea la estufa de bronce del capitán, que está entera. También están enteros los vidrios de la ventana de su camarote y hasta se pudo advertir que un tripulante de una campaña anterior al naufragio rayó su nombre en uno de los vidrios”.
Son hermosas las teteras, cuencos y botellones; hubo hasta hallazgos de semillas de mostaza y granos de pimienta dentro de recipientes que permanecieron bajo el mar por casi tres siglos. Sogas, cabos, alguna hebilla , el especiero, platos de porcelana: cada elemento guarda su historia y al recorrer el museo, uno quisiera poder conocer los detalles de todos ellos. 
VERDADES SUMERGIDAS Todo lo que concierne a la corbeta Swift tiene una historia atrapante. Dicen que un día de 1975, paradito mirando el mar en Puerto Deseado, estaba el australiano Patrick Gower, quien cruzó los mares hasta llegar aquí siguiendo el relato de su tatarabuelo, el oficial Erasmus Gower. Su antepasado le había dejado en un cofre una carta que llegó a sus manos como herencia. La abrió, la leyó y viajó a la Patagonia. La carta era un relato en primera persona de su tatarabuelo, que contaba cómo se hundió la nave en 1770, cuál era el sitio del siniestro y las vicisitudes que sufrió junto con la tripulación hasta que un pequeño grupo, en un bote a remo, llegó a las Islas Malvinas a pedir ayuda y así fueron rescatados.
Esta historia, y todo lo que vino después, está relatado en un video documental que a modo de bienvenida e introducción se muestra en el Museo antes de recorrer las instalaciones. Pero lo cierto es que Puerto Deseado está ligada desde un principio con historias de navegantes, corsarios, piratas y adelantados. Su nombre, incluso, es en referencia a la nave insignia Desire, comandada por Thomas Cavendish en 1585. Más tarde pasarían Hernando de Magallanes y Robert Fitz Roy con el buque Beagle, a bordo del cual se trasladaba el naturalista inglés Charles Darwin, quien acampó por aquí y cuenta detalles en su libro sobre la evolución de las especies.
Con este pasado a sus espaldas, alguien grabó lo que contó Gower en los 70 y años después lo relató a un grupo de alumnos en la escuela secundaria. Corría el verano de 1982 cuando los jóvenes, fascinados por el relato, bucearon y hallaron la corbeta Swift frente a las costas mismas de la ciudad. En una segunda etapa de intervenciones en los restos del naufragio, ya por los ‘90, uno de los integrantes del grupo buscó apoyo científico y contactó a Dolores Elkin, quien logró conformar el primer equipo interdisciplinario de la especialidad, única en el país y por cierto pionera en América del Sur: el Programa de Arqueología Subacuática del  Inapl, que depende del Ministerio de Cultura. Lo que fue una aventura en la historia se convirtió así en el único museo con reliquias de arqueología subacuática en su tipo en Sudamérica. Desde 1998, el trabajo que  realizó in situ el equipo de científicos, bajando en las aguas frías, con escasa visibilidad y gran marea, fue una experiencia única y una tarea titánica. 
Elkin, quien también integra la comisión asesora de Patrimonio Subacuático de la Unesco, destacó en sus primeras entrevistas la sensación cuando, tras estudiar sobre la Swift, se sumergió en el océano para verla:  “Debido a que el agua es turbia, la sensación es de penumbra total y uno está bajando en la ría Deseado y la Swift aparece de golpe, no es que se la ve a metros de distancia, sino que la chocás cuando llegás. Es una imagen fantasmagórica, si tuviera que hacer una analogía me recordó a un esqueleto de un dinosaurio. Pero lo más intenso y al mismo tiempo lo más mágico es cuando apareció de golpe esa imagen, la primera impresión de la Swift”, dijo Elkin a esta cronista.
La forma de trabajo del equipo es tal se ve en películas y documentales de arqueología terrestre, con cuadrícula, pinceles y tarea de hormiga, con mucha paciencia pero bajo el agua, lo cual también impone un ritmo diferente dado que el clima, la marea y la visibilidad solo permiten que las tareas se desarrollen en verano (y no siempre). 
En una ocasión, durante una travesía para avistar los pingüinos de penacho amarillo que recalan en el Parque Nacional Isla Pingüino, al iniciar la excursión vimos un pontón sobre el cual el grupo de expertos se ataviaba para descender los 18 metros y continuar con su tarea. Dicen que otra vez, cuando llegó un experimentado fotógrafo submarino norteamericano, buscaba el barco sobre el cual –suponía– trabajaban los arqueólogos, y al ver que se trataba de una plataforma flotante se sorprendió. Pero la tarea de todo el “equipo Swift” fue impecable y dio cuidados resultados. Sin embargo, de todas las experiencias que vivió este equipo la más fuerte fue cuando aparecieron los restos humanos. “Yo no lo esperaba, si bien había una probabilidad, pensaba que se los había llevado el mar. Sabemos que es una de dos personas posibles. Lo descubrieron Amaru Argüeso y Damián Vainstub, integrantes del equipo de arqueólogos subacuáticos que ese día estaban en el turno de sumergirse. Encontraron un zapato y advirtieron que dentro había restos del pie. Fue shockeante para todos”, dijo Elkin en una ocasión. Y ahí se decidió atrasar el trabajo de transmitir la información a las diferentes autoridades y tomar una decisión sobre el cuerpo que fue, finalmente, trasladado al cementerio británico en el barrio porteño de Chacarita. 
Al fin y al cabo, concluye la experta, esta es también una búsqueda de tesoros. No los de las películas, ni los cofres de piratas: el tesoro del conocimiento que permite, gracias al trabajo científico, contar a la humanidad toda una historia que revela los secretos de tres siglos bajo el mar.

"El otro lado de la esperanza" - Aki Kaurismaki

Aki Kaurismaki

Costas lejanas

En su nueva película El otro lado de la esperanza, Aki Kaurismaki toca uno de los temas más relevantes de la Europa actual, si no el más: la llegada en masa de refugiados e inmigrantes desde países muy pobres o en guerra. En el otoño de 2015, cerca de 30.000 personas llegaron a Finlandia en un par de meses, cuando lo normal era mil por año. En esta entrevista Kaurismaki cuenta cómo es la situación de los refugiados en su país, habla de por qué sus muy serias comedias son también cine político y aunque asegura que quiere hacer una trilogía –que inició el año pasado con El puerto– también admite que fantasea con abandonar para siempre el cine.


¿A qué gracia responderá ese joven innominado que surge de las entrañas de una montaña de carbón como si estuviera siendo parido por segunda vez en su vida? ¿Alguien sabe cuánto tiempo estuvo oculto en ese barco mercante que acaba de echar anclas en el puerto de Helsinki o qué razones lo obligaron a adoptar el rol de polizonte? ¿Será familiar cercano de aquel niño que unos años atrás se animaba a pisar clandestinamente el suelo de El Havre, en el norte de Francia? ¿Tendrá un pasado ese hombre o será simplemente un número más dentro del ingente ejército de expatriados y refugiados que recorren Europa como un espectro, a pesar de su rotunda presencia física? Como ocurría en su película inmediatamente anterior, El puerto, el finlandés Aki Kaurismaki vuelve a poner de relieve un tema urgente y sin solución a la vista. Nuevamente, y como es usual, el realizador sigue siéndole fiel a un particularísimo estilo cinematográfico, irradiador de un humor seco, impertérrito, “a cara de póker”, que ninguna problemática social o política es capar de horadar y menos aún derribar. En este caso, una inteligente opacidad es la clave para lograr el éxito artístico, un ancla que evita la deriva en el atragantamiento discursivo. “De pronto, en el otoño de 2015, cerca de 30.000 refugiados/inmigrantes llegaron a Finlandia, en el plazo de un par de meses”, afirma Aki Kaurismaki en comunicación vía correo electrónico con Radar. “Lo normal hasta ese momento eran unos mil por año. La historia de El otro lado de la esperanza está basada, por un lado, en las reacciones de los finlandeses y, por el otro, en la respuesta del gobierno. Por supuesto, en el film asistimos a la tragedia individual del protagonista, que acaba de escapar de su país natal, Siria. Hice que la sopa fuera un poco más suave agregándole un viejo relato cómico de un viajante, un vendedor de camisas finlandés”. Apenas unas horas después de bajar subrepticiamente de la embarcación que lo depositó sano y salvo en ese remoto y frío país, Khaled –el nombre del hombre bañado en carbón, que sin dudas tiene un pasado– hace lo que cualquier otro inmigrante ilegal difícilmente haría: se da una ducha en el baño de una estación de trenes, se pone ropa limpia, le deja una moneda a un cantante callejero y, papeles en mano, se acerca a la comisaría más cercana para hacer visible su existencia y pedir asilo político.
El cantante y actor Sakari Kuosmanen es un rostro frecuente en el cine de Kaurismaki, además de colaborador en varias oportunidades de la banda de rock finlandés Leningrad Cowboys, estrellas de una de las famosas trilogías cinematográficas del cineasta. Aquí interpreta a Wikström, el viajante de comercio que dejará de serlo para perseguir uno de sus sueños. La historia lo presenta en sociedad en un día como cualquier otro, acicalándose frente al espejo, abotonando su camisa, ajustando el nudo de la corbata, preparando algunas prendas para el trabajo y… despidiéndose de su esposa por última vez. El espectador todavía no lo sabe, pero Wikström la está abandonando, como abandonará en breve el que fuera su oficio durante décadas, vendiendo todo su stock de camisas blancas, de color, a rayas, escocesas, con lunares y demás texturas y sabores para jugarse a todo o nada en una mesa de póker clandestina. Es el viejo relato cómico que, más adelante, se cruzará y enlazará con la tragedia individual de Khaled, así como el cuento del anciano lustrabotas de El puerto se topaba con el drama de ese chico africano recién llegado a la ciudad europea. “La idea original era realizar una trilogía centrada en ciudades portuarias, pero todo parece indicar que eso se ha ido transformando en una trilogía con personajes refugiados cuyas historias transcurren en ciudades portuarias”, detalla Kaurismaki ante una pregunta que deja abierta la puerta de par en par para otra más. En más de una ocasión reciente, con sesenta años recién cumplidos, el director de Juha, El hombre sin pasado y Nubes pasajeras, quizás el mayor cineasta surgido de tierras finlandesas (y hermano menor del también cineasta Mika Kaurismaki) afirmó estar pensando en su retiro definitivo del cine, contradiciendo de esa manera la posibilidad real de un tercer largometraje que termine de darle forma al tríptico. La respuesta es concisa (como suelen serlo sus réplicas) y misteriosa: “Volveré, probablemente, pero no en el futuro cercano”.

Una comedia mortalmente seria

La travesía de Khaled por centros de refugiados y oficinas gubernamentales es un viaje interminable, casi infinito. Al menos hasta que alguien se digne a darle la buena o la mala nueva: un carnet de residencia, del tipo y extensión temporal que fuere, o la expulsión del territorio de Finlandia. En el camino, el héroe se topa con burócratas de toda clase y es la víctima ideal de un grupo de xenófobos empedernidos, pero también se cruza con seres capaces de demostrar no sólo empatía y solidaridad sino de ofrecerle una mano, corriendo incluso el riesgo de perder el empleo o algo más grave. Mientras tanto, Wikström juega el partido de naipes de su vida, gana una pequeña fortuna y decide invertirla en un restaurante venido a menos que parece detenido en algún momento de la historia a fines de los años 50 o principios de los 60. Y que incluye como parte del combo, mesas, sillas, cocina, copas, platos, un cartel desvencijado y tres empleados que nunca fueron blanqueados como tales. La película es ciento por ciento Aki Kaurismaki: la historia, el tono, las elipsis, los gags sin remate, los decorados, la paleta de colores, las referencias a otras películas y directores, la música en vivo que irrumpe en los momentos más impensados. ¿No tuvo miedo de que la pregnancia del tema de los refugiados absorbiera o devorara el estilo? La respuesta de A.K., nuevamente escueta, tiene la fuerza de la fe cinéfila y una ironía que no oculta la declaración de principios éticos y estéticos: “Ésta es, sin dudas, mi película más ligada directamente a una temática coyuntural. Pero con un poco de ayuda de Ernst Lubitsch creo que logré esconder el realismo detrás de una esquina”. La máxima le cabe como anillo al dedo a El otro lado de la esperanza, pero puede hacerse extensiva a toda la filmografía de Kaurismaki: sentido del humor, ni un gramo de cinismo, la elección de una mirada humana por sobre cualquier otra posible. Durante la conferencia de prensa en el Festival de Berlín, donde el film fue estrenado a nivel mundial en su competencia oficial –y donde obtuvo el Oso de Plata en el palmarés–, el cineasta se describió a sí mismo como alguien “vago”. ¿Podría ampliar el concepto? “Todos los adictos al trabajo somos, en el fondo, muy perezosos. Sólo que logramos esconderlo bien al trabajar constantemente”.
El que comienza a trabajar es Khaled, en el remozado restaurante de Wikström, mientras espera alguna noticia de su hermana, que también logró escapar de los bombardeos de Alepo y con quien perdió contacto en algún momento de su derrotero europeo. Es el tramo más afable de la película y el espectador puede fantasear con la idea de que en cualquier momento Monsieur Hulot aparecerá en la puerta de entrada del local, dará un par de pasos, se inclinará bruscamente hacia adelante y continuará su camino hasta ocupar alguna de las mesas. Resulta imposible no sentir una enorme simpatía por la vida de esa pequeña familia cuyos miembros acaban de conocerse. La llegada de una inesperada inspección municipal permite practicar las artes de la simulación y el camelo, formas pícaras de la supervivencia. Por otro lado, la reconversión de bodegón de puerto a restó de sushi hará que la imaginación culinaria tome el poder, la fugaz escena de la preparación de niguiri de arenque bañado torpemente en wasabi es una auténtica cumbre del humor minimalista. Pero por cada momento ligera o desembozadamente cómico (casi siempre lo primero: el humor en el cine de A.K. no desborda, se filtra a través de las imágenes y sonidos), El otro lado de la esperanza lo contiene y le da sentido a través del dolor escondido en la mirada de Khaled –un hombre íntegro y sincero en una situación extremadamente frágil– y en los modos duros, pero esencialmente honestos, tiernos incluso, de Wikström. La ternura en las películas de Kaurismaki nunca se asemeja a la ñoñez y siempre va de la mano de una cierta dureza. El rostro del actor debutante Sherwan Haji es esencial y nada invisible a los ojos, uno de esos aciertos de casting sin los cuales la película sería otra, muy distinta. “Tuve mucha suerte al encontrar a los dos extranjeros en Finlandia”, detalla el realizador. Se refiere a Haji y a Simon Al-Bazoon, que interpreta a otro refugiado con el cual Khaled entabla rápidamente una profunda amistad. “Los dos tenían experiencia actoral previa, aunque no en el cine. Pero al dirigir no suelo hacer ninguna diferencia entre los primerizos y los profesionales, hombres o mujeres. Simplemente les susurro algo irrelevante para sacudir su balance justo antes de filmar la toma”.

El uno por ciento        

Si bien el cine de Aki Kaurismaki no suele ser descripto como “político” en un sentido tradicional –algo que, de alguna manera, es corolario directo de un sentido común no siempre fiable–, lo cierto es que El otro lado de la esperanza es política de una manera más profunda, al describir de manera desesperanzada la situación de decenas de miles de personas en el mundo actual sin declamar ni levantar el dedo acusando a diestra y siniestra. “El gobierno de Finlandia está echando a todo el mundo, a casi todos los inmigrantes. Un 70 por ciento, mínimo”, responde Kaurismaki ante la consulta puntual del estado de situación en su país. “De esa manera, es imposible que el resto logre reunirse con sus familias. Incluso la posibilidad de conseguir o mantener un empleo se transforma en algo complicadísimo. Lo cual es estúpido, ya que Finlandia necesita de esta gente”. Hace seis años, luego del estreno de El puerto, el realizador mantuvo una entrevista con el periódico The Guardian e hizo una serie de declaraciones que resultaron extremadamente polémicas. “No veo otra salida para la humanidad que el terrorismo. Matamos al 1%. La única manera en la cual la humanidad puede salir de esta miseria es matar al 1% que posee todo. El 1% que nos puso en esta posición, en la cual la humanidad no tiene valor. Los ricos. Y los políticos que son títeres de los ricos. Nunca me dedicaría a ser político. La política es corrupta”. Consultado por Radar acerca de esas opiniones y su posible vigencia años más tarde, el realizador aclara que “simplemente estaba jugando con una teoría: que si el 1% más rico del mundo fuera exterminado se lograría rápidamente un balance de ingresos mundiales, ya que nadie querría pertenecer a ese grupo de ricos. Debo hacer sido poco claro en aquel momento para que me interpretaran literalmente”. La última creación de Aki Kaurismaki es nihilista y esperanzada en partes iguales. ¿No hay salida? ¿No hay esperanza? ¿No hay futuro? “Siempre hay esperanza, pero algunas barricadas contra el capitalismo global no harían daño alguno. Por el contrario, serían de bastante ayuda”. La escena final de El otro lado de la esperanza –título ambiguo, del cual se puede hacer más de una lectura– parecería correr en esa misma dirección. Definitivamente, el mundo es un lugar oscuro y violento, pero la esperanza, que en su dosis justa nunca es sonsa, siempre encuentra otra forma, otro lado, por el cual colarse.

La Renga

Después de diez años, La Renga pudo volver a tocar en Buenos Aires

Banquete para los de siempre

El trío de Mataderos redondeó un regreso triunfal a los grandes escenarios porteños, tras los desencuentros con el gobierno de la Ciudad. Unas 38 mil personas disfrutaron del concierto que se extendió durante dos horas y media.


“A los que están trepados en los alambrados les pedimos por favor que se bajen. No queremos que nadie salga lastimado. Hay lugar para todos… así nos dijeron y quiero creer que es así. No quiero que mañana nadie venga a romper las bolas…yo sé ustedes son comprensivos”. El show en Huracán (el primero de una lista de cuatro confirmados que podría extenderse a seis) iba por la mitad con un repertorio indiscutible sobre el escenario y un gran clima al otro lado del mismo, pero Chizzo Nápoli, el cantante y guitarrista, sintió que era necesario reforzar esa “cuarta pared” indispensable para que sucediese lo que hasta antes del sábado parecía imposible: que La Renga volviera a tocar en Buenos Aires sin problemas después de su presentación en noviembre de 2007 en el Autódromo Municipal, casi diez años atrás.
Salvado este detalle sin ninguna derivación inconveniente, el trío de Mataderos redondeó un regreso triunfal a los grandes escenarios porteños. Una saga que se confirmó recién después de largos meses de gestiones entre la banda, la productora Rock&Reggae y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, los tres convidados de una mesa que incluyó tensiones, desencuentros y el celebrado pacto final que el sábado aprobó su examen más difícil, el primero. “Agradecemos la buena voluntad que hubo para que pudiésemos tocar. Tenían que darse cuenta que no somos tan malos como creen”, apuntó el líder del grupo antes del final.
Pasadas las 21.30 del sábado y ya con toda la gente dentro del estadio, La Renga dio inicio al “banquete” (como así llaman a los recitales) con “Corazón Fugitivo” y “Nómades”, el mismo tándem que se abre su último disco, Pesados vestigios, de 2014. Luego le siguió “Disfrazado de amigo” –único repaso de Truenotierra, su álbum anterior– para luego sí dar rienda a la caravana de clásicos que el público deseaba volver a oír en vivo en Capital tras una década de destierro.
Después de “A tu lado”, de “Detonador de sueños”, llegó el turno de “A la carga mi rocanrol”, primera señal de lo que el trío (apoyado por su safoxonista Manu Varela y la sección de vientos “Las cucarachas de Once”) había planeado para su noche de re-estreno: una condensación de Despedazado por mil partes, La Renga (más conocido como “El álbum  de la estrella),  y La esquina del Infinito, la trilogía más exitosa de toda su discografía, cuyos repasos ocuparon más de la mitad de una maratónica lista de treinta canciones.
“¡Se está prendiendo fuego todo! Pero no se asusten… es un chiste. Hay mucho Panic Show”, arengó Chizzo después de hacer esa misma canción, una de las dos en la que participó el único invitado de la noche: el ex guitarrista de La Barra de Chocolate, Piel de Pueblo y Vox Dei Nacho Smilari, presentado ante los casi 40 mil espectadores como “una reliquia del rock argentino”.
Con una escenografía austera pero sólida y un efectivo sistema de iluminación, el grupo dispuso el escenario sobre uno de los laterales para que el público gozara de una visión aceptable desde cualquier lugar, objetivo que además se reforzó con cinco pantallas gigantes y un sistema de sonido sorprendentemente eficaz para un aforo de semejante dimensión. Fue tan magnánimo el despliegue de fierros que no fueron pocos los que se preguntaron con asombro si las seis grúas mecánicas que estaban ubicadas detrás del escenario, más allá del estadio, sobre la calle Miravé, eran parte del decorado. La respuesta es que no: se tratan de máquinas utilizadas para levantar un barrio social largamente anunciado en el límite entre Parque Patricios y Barracas.
Uno de los momentos más intensos de la noche fue “La balada del Diablo y la muerte”, éxito angular de La Renga que en cierto modo resume sus mejores destrezas: una canción sencilla pero incendiaria con la base monolítica a cargo de los hermanos Tete y Tanque Iglesias y la poesía de un Chizzo ataviado de chamán con sus arrojos de guitar hero pero, al mismo tiempo, de violero de fogón. ¿Cuántos de los que estuvieron la noche del sábado en Huracán aprendieron a tocar la guitarra con esa bella melodía de acordes breves pero irresistibles? Probablemente casi tantos como los que interrumpieron la premeditada penumbra con los flashes encendidos de sus celulares.
Sin embargo, las canciones que más detonaron al público fueron las sacachispas: “Estalla”, “Oscuro diamante”, “El rito de los corazones sangrando”, “Bien alto” o una frenética versión de “En el baldío”.
A pesar del entendible nerviosismo que generaba esta apuesta audaz y ambiciosa, la banda exhibió un gran semblante a lo largo de sus casi dos horas y media de show. La planificación estratégica previa condujo a una fiesta en paz que volvió a ubicar al rock argentino de gran escala como generador de noticias artísticas (y no de las otras).
Para desacelerar la adrenalina, antes del final Chizzo anunció: “Vamos a hacer un reggae… o algo parecido”. Se refería a “El viento que todo lo empuja”, escala previa al ya tradicional cierre de la mano de “Hablando de la libertad”. “Ahora volvamos a casa en calma y tranquilos. Que mañana, cuando estemos almorzando los fideos, recordemos esta noche con cariño”, instó el cantante antes de despedirse de su público porteño por unos breves días: volverán a tocar el martes, el miércoles, el domingo y, si la demanda sigue, agregarán dos shows más en septiembre.

La gran preocupación oficial

Luego de la suba en las encuestas, en Cambiemos le apuntaron a Cristina

La gran preocupación oficial

Aunque niegan que sea una táctica prefijada, los principales referentes del oficialismo salieron con críticas a la ex presidenta.


Los principales referentes de Cambiemos salieron ayer a cuestionar a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Si bien en el oficialismo insisten en que no hay intenciones de polarizar con la ex mandataria, lo cierto es que diversos pesos pesados del espacio le dedicaron párrafos en sus declaraciones públicas. “Cuando te pones el jean o el poncho porque crees que te va a dar votos, se nota”, sostuvo la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, figura central de la campaña en ese distrito. “Hay algunos candidatos más concentrados en pensar cómo se proyectan para ser presidentes en el 2019”, se sumó la candidata Gladys González. La cabeza de lista en la Ciudad del oficialismo, Elisa Carrió, remató con que “le da pena” la ex presidenta. 
Diversos integrantes de la campaña sostuvieron a este diario que no hubo una intención unificada de concentrar el fuego en CFK, sino que se dio en diversos reportajes de los referentes del espacio. El propio jefe de Gabinete, Marcos Peña, negó ayer que exista una táctica de polarizar en provincia de Buenos Aires con la ex mandataria. “Nunca existió ese deseo de polarización. Lo que pasa es que algunos creían que no hablando más de Cristina iba a desaparecer el apoyo que podía tener. Nosotros creemos que el apoyo a los dirigentes es una decisión de los ciudadanos, no de los dirigentes. La polarización surgía más de abajo para arriba que otra cosa”, sostuvo Peña, quien optó por ningunear las posibilidades electorales de la ex presidenta: “Representa a una minoría muy concentrada geográficamente, que junto a sus intendentes y dirigentes revalida una forma de ver Argentina y la política que hace tan solo algunos años era la ultra mayoría del país”. 
No obstante, CFK es uno de los puntos centrales de la preocupación oficial. Las encuestas sobre la provincia circulan como el agua por una cascada. A partir de allí, los macristas transmiten mensajes contradictorios: algunos dicen que hay empate, otros aseguran que están “algunos puntos arriba” de la ex mandataria y otros admiten que están abajo, aunque por poco. 
Sea como fuere, esa preocupación cobró forma en los cuestionamientos que concentró CFK por parte de distintos referentes del oficialismo. Vidal, sin ir más lejos, la cuestionó por la imagen que dio en sus últimas apariciones de campaña. “Yo soy de las que creen que en la vida y en la política uno tiene que ser la misma persona y que los personajes no sirven, porque no se sostienen”, aseguró. “Cuando vos te ponés el jean o el poncho porque creés que te va a dar votos, se nota. Cuando vos hablás en un tono que no es el tuyo; esto es como si yo mañana me pusiera a gritar y a pelear con toda la política”, afirmó la gobernadora. “Todo lo que sea disfraz, no sirve”, la cuestionó.
En tanto, la precandidata a senadora de Cambiemos Gladys González afirmó que hay “algunos más concentrados en si van a conducir su partido político” y “más concentrados en pensar cómo se proyectan para ser presidentes en el 2019”. Por su parte, Elisa Carrió consideró que CFK “le da pena”. “Me da pena la situación en la que terminó, la familia , la soledad. Podés ser muy rico, haberte robado un país, pero... No es una elección buena de vida buscar el poder, afectó a sus hijos”, sostuvo la candidata a diputada del oficialismo en la Ciudad. “Yo ya me desocupé de la Tierra; hago puntos para el Cielo, y eso es servir”, consideró. También afirmó que CFK no tiene votos, porque no lo ve “ni en la calle ni en las villas”. “Para mí Cristina, como dice Schiaretti, “no existe”, es como Menem –completó Carrió–. ¿Te acordás el miedo a Menem en 2003? Es igual”.

MonedaPar

Dinero, cooperativas y blockchain

Moneda de pares

MonedaPar es la primera moneda social en Argentina fundada sobre la tecnología blockchain (similar a la que usa Bitcoin). El ex diputado Mario Cafiero explica a Cash las características de esta iniciativa en desarrollo.

 

Si es verdad que la innovación surge de la recombinación de conocimientos ya existentes pero aislados, MonedaPar cuenta con lo necesario para el calificativo: en esta iniciativa aportan economistas, cooperativistas y especialistas en tecnología blockchain para elaborar una herramienta segura y abierta que permita a las cooperativas intercambiar sin las restricciones monetarias habituales. La experiencia  cooperativa de generar una moneda propia funcionó muy bien en los años 60’ hasta que el ministro de Economía Martínez de Hoz abortó su uso durante la última dictadura militar. En el mundo hay varias monedas sociales, entre las que se destaca la Suiza Wir cuyos movimientos representan cerca de un 15 por ciento del PIB de ese país. La gran innovación de MonedaPar es que se trata de la primera moneda social fundada sobre la tecnología blockchain (similar a la que usa BitCoin), que permite dejar un registro digital y distribuido de todas las transacciones que se hacen. 
“Después de la crisis del 2001 el sistema bancario argentino no se recompuso por distintas razones, la principal es la desconfianza. Existe un sistema donde la 2/3 partes de los préstamos van al Estado. El tercio restante va a los privados; y de eso casi nada a la economía social”, explica el ex diputado Mario Cafiero. Este diseñador industrial es parte del Observatorio de la Riqueza Padre Arrupe, la organización que tras un diagnóstico de la situación económica decidió iniciar el proyecto cuya primera transacción tuvo lugar en febrero de 2017. 
¿Ustedes plantean que el dinero es creado directamente por los bancos?, preguntó Cash.
–Así es. El Estado solo imprime el 20 por ciento de la masa monetaria total. El otro 80 por ciento lo generan los bancos a través de los préstamos. Es dinero creado de la nada: cuando lo decís así la gente se queda mirándote. Pero este sistema de reservas fraccionarias permite a los bancos prestar mucho más de lo que tienen depositado. Está en las estadísticas del Banco Central.
¿Esto es así en todo el mundo o es un fenómeno argentino?
–Este tipo de políticas al servicio del sector financiero ocurre en todo el mundo. Lo vimos en la crisis del 2008 de las subprime. Hay una discusión en el mundo de nuevas políticas monetarias, del rol de los bancos centrales y de cómo deberían ser públicos para que la emisión monetaria garantice la actividad económica y no al revés.
¿Cómo se relaciona con el dinero?
–Se sabe para qué se usa el dinero, pero muy pocos cómo se crea y cómo se encarece el costo del dinero artificialmente. Ese sobrecosto lo pagamos todos al usar dinero que tiene una tasa de interés con un piso de 25 por ciento anual. Puede ser que no recibas un préstamo pero cuando se toma un café por ahí el dueño tiene uno y carga la tasa de interés en lo que vende. Ese es el verdadero sobrecosto argentino, no el salario. En el mundo se está cuestionando la actividad bancaria de intermediación por los altos costos operativos, sociales, los salvatajes. De ahí surge la necesidad de una moneda de pares o P2P (Peer to Peer). Esto no es nuevo: ya ocurría con las cajas de crédito y las letras cooperativas que florecieron en la década del ‘60 hasta que Martínez de Hoz las liquidó.
¿Generar moneda no es un rol del Estado?
–Estamos hablando de monedas complementarias a la oficial. Ya hay varios tipos de moneda: está la SUBE para el transporte. También hay monedas de aceptación voluntaria como Serviclub, los millajes, tarjetas de descuentos. 
¿Cómo resuelve esos problemas monedapar?
–MonedaPar aspira a organizar financieramente a comunidades de la economía social y popular en base a la confianza que ya existe entre ellas. Todas las empresas tienen saldos de cuenta corriente con sus proveedores y con sus clientes, porque hay confianza entonces hay fiado. La idea de MonedaPAR es monetizar digitalmente esos saldos, recreando sistemas de crédito mutuo. Detrás de cada uno de esos saldos hay una producción que lo avala. En el sistema de crédito mutuo la idea es que vos puedas compensar con tus productos y/o servicios esos saldos. Podes estar negativo por un tiempo sin que te cobren intereses, porque la comunidad sabe que vas a producir y vender más adelante. 
¿Y el uso de la tecnología? 
–Ese es el gran aporte de MonedaPar porque estamos utilizando tecnología Blockchain, donde las transacciones son inviolables y transparentes. Todas las operaciones pueden ser auditadas. Fue una creación de la empresa argentina Waba, un equipo técnico que usa blockchain.
¿Cómo se logra que se empiece a usar?
–Una moneda es un hecho comunitario, social. Hoy el Banco Central hace piquete financiero, nos deja sin liquidez. Entonces no podes comerciar. Por eso decimos que es una moneda complementaria: no vamos a dejar de usar el peso, ni de luchar para que la política monetaria del Estado sea democrática y equitativamente distribuida. Pero mientras tanto se puede demostrar que somos capaces de tener una independencia financiera de los bancos y a una tasa cero de interés.
¿Cómo se accede a la MonedaPar?
–En el sitio monedapar.com tenemos un mercado virtual para aquellas empresas de la economía social y pymes que quieran participar del sistema y ofrezcan productos o servicios al menos en parte en MonedaPar. Estamos convocando actores como Cooperar, el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, la Fundación la Base, cooperativas y mutuales. El gobierno de la Monedapar es una asamblea democrática donde participan todos los actores involucrados. La moneda complementaria solo sirve si existe una comunidad que la acepta. Las decisiones del gobierno de la moneda deben ser transparentes y democráticas. Si hay lazos de confianza, se puede.
¿Un ejemplo de transacciones?
–En este momento estamos coordinando el intercambio entre el frigorífico SUBPGA de Berazategui, recuperado por los trabajadores, y la Unión de Trabajadores de la Tierra que está en el cordón hortícola de La Plata. Estamos viendo cómo pueden intercambiar carne y verdura a precios muy inferiores usando la MonedaPar sin el costo financiero de usar dinero común