martes, 24 de abril de 2018

San Olegario

San Olegario

(Barcelona, hacia 1060 - 1137) Obispo de Barcelona y arzobispo de Tarragona durante el reinado del conde Ramón Berenguer III y los primeros años del de Ramón Berenguer IV. Ocupó la sede episcopal de la Ciudad Condal desde 1116 y la metropolitana de Tarragona desde 1118. Venerado como santo desde su muerte, Olegario (Oleguer, en catalán) fue canonizado en 1675.

Era hijo de Olegario, secretario del conde Ramón Berenguer III, y de su esposa Guilia. Aunque en algunas fuentes tarraconenses se le atribuye un origen franco, parece más probable que naciera en Barcelona. A los diez años fue encomendado por sus padres a la catedral de Santa Cruz de la Ciudad Condal, donde recibió su primera educación. En 1087 tomó las órdenes menores y, dos años después, fue nombrado diácono. En 1093 accedió al cargo de presbítero de la catedral y, poco después, al de prepósito. Al parecer no se ordenó sacerdote hasta 1095, cuando contaba unos 35 años.

Inclinado a una vida de mayor recogimiento, Olegario marchó al monasterio de canónigos regulares agustinos de San Adrián del Besós, donde llegó a ocupar el puesto de prepósito. En 1110 pasó al convento de San Rufo en Provenza, casa madre del monasterio de San Adrián. Al poco tiempo fue elegido prior de dicho convento.

En 1115 formó parte del séquito que acompañó a la condesa Dulce, mujer de Ramón Berenguer III y señora de Provenza, a recibir a su esposo a su regreso a Barcelona tras una exitosa expedición contra los musulmanes de Mallorca. En el transcurso de esta campaña había muerto el obispo de Barcelona, Ramón Guillém. Olegario, que tenía fama de hombre sabio y justo, fue aclamado por el clero sufragáneo y el pueblo de Barcelona (según la fórmula antigua de elección de prelados) para ocupar la sede vacante.

Según cuentan sus biógrafos, al conocer su elección Olegario abandonó precipitadamente Barcelona para refugiarse junto a sus monjes en San Rufo. En junio de 1116 y a instancias del conde de Barcelona, el papa Pascual I amonestó a Olegario para que aceptara la cátedra episcopal. El propio Ramón Berenguer acudió a San Rufo para escoltar a Olegario hasta Barcelona. En el camino, el nuevo obispo fue investido en la catedral de Magalone, en Provenza.

Olegario unía a su fama de santidad buenas dotes para la administración señorial. Una vez instalado en su sede, se ocupó de la ordenación administrativa y disciplinar de la diócesis, en cuyos tribunales se acumulaban multitud de pleitos. Poco después de tomar posesión de su cátedra, en 1118, viajó a Roma para realizar la visita preceptiva ad limina y, según sus hagiógrafos, cautivó al papa con su vigorosa predicación. Cuando, ese mismo año, Ramón Berenguer III conquistó Tarragona a los musulmanes, el conde nombró a Olegario arzobispo de la antigua sede metropolitana, cediéndole en privilegio el señorío sobre la ciudad y sus términos. El papa Gelasio II confirmó tal nombramiento en marzo de 1118.

A su regreso a Cataluña, Olegario fue reconocido como obispo metropolitano, desgajándose Barcelona de la archidiócesis de Narbona, a la que pertenecía desde la conquista musulmana de Tarragona. Olegario trató de reorganizar la archidiócesis y de reconstruir la ciudad, sin abandonar la administración del obispado de Barcelona, que retuvo debido a la falta de beneficio propio del arzobispado tarraconense.

Sin embargo, las rentas de los sufragáneos no bastaron para acometer la reconstrucción de la ciudad, por lo que Olegario cedió el señorío, con todas sus rentas y privilegios, al conde Roberto de Cuelio, cesión que fue confirmada por el papa, creándose de esta forma el condado de Tarragona. Olegario siguió participando en el proceso de reconstrucción de la ciudad y, en 1131, consiguió del papa Inocencio II la promulgación de dos bulas para que los sufragáneos y los fieles contribuyeran a la construcción de la catedral metropolitana.

Olegario participó muy activamente en la vida eclesiástica de su época. Asistió a los concilios de Narbona (1118), Toulouse, Reims (1119) y Letrán (1123) y fue el único prelado español que acudió al de Clermont Ferrand de 1130. En éste último fue nombrado legado pontificio a latere en España para la cruzada contra el Islam. En virtud de su nuevo cargo, participó en la preparación de la campaña de Ramón Berenguer III contra los musulmanes de Tortosa y Lérida, acompañando también al conde en el campo de batalla.

En 1125, cuando contaba cerca de 65 años, emprendió la peregrinación a Tierra Santa. Según sus hagiógrafos, la fama de su santidad le precedió hasta lugares tan lejanos y fue recibido con altos honores por el obispo de Trípoli y el patriarca de Antioquía. A su regreso, participó junto a Ramón Berenguer III en la instauración de la Orden de los Caballeros del Temple en Cataluña.

Se sabe que mantuvo su actividad pastoral hasta el último momento, pues en noviembre de 1136 convocó un sínodo de su diócesis. Después se retiró de su cátedra, ya enfermo. Murió el 6 de marzo de 1137, rodeado por el cabildo catedralicio, que le asistió en su agonía. Muy pronto su tumba fue venerada como la de un santo. En 1281, el rey Pedro III de Aragón solicitó del papa Martín IV su canonización. Pero no fue hasta 1630 cuando se inició el proceso de beatificación, extendiéndose la encuesta hasta 1659. En mayo de 1675 el papa Inocencio XI aprobó finalmente la canonización de Olegario. Actualmente, su cuerpo momificado (cuya supuesta incorruptibilidad se considera prueba de santidad) puede contemplarse en la capilla del Santísimo de la catedral de Barcelona.

San Adriano

San Adriano

El «Acta» de san Adriano, escrita en un tono romántico y un estilo preconcebido, nos relata que era un oficial pagano en la corte imperial de Nicomedia. Se hallaba presente cuando veintitrés cristianos fueron azotados y maltratados y, a la vista de su constancia en el sufrimiento, se adelantó lleno de entereza y declaró a los verdugos: «Contadme entre las víctimas; yo también soy cristiano». Al instante se le aprehendió y, antes de que le metieran en prisión, envió aviso a su joven esposa Natalia, que también era cristiana y con la que sólo había estado casado trece meses. Natalia corrió a la prisión y, al encontrar a su marido, se arrodilló para besar las cadenas que le sujetaban los brazos y las piernas, al tiempo que decía: «¡Bendito seas, Adriano! Has encontrado las riquezas que no te fueron heredadas por tus padres terrenales y de las que tienen necesidad los hombres más acaudalados del mundo para el día en que ni el padre ni la madre, ni los hijos, ni los amigos, ni los bienes sirven para nada». Después, Natalia habló con los otros cristianos prisioneros y les recomendó que cuidaran de su marido y le instruyeran en la religión, hasta que Adriano le pidió que regresara a casa y se quedara ahí en espera de noticias. Natalia obedeció y, cuando Adriano supo que se acercaba el momento de su martirio, sobornó a uno de los carceleros para que le dejase salir tan sólo para despedirse de su mujer. Natalia supo que su marido volvía a casa y creyó que había quedado en libertad por haber renegado de su fe y, llena de indignación, corrió a cerrarle la puerta en la cara. Adriano tuvo que explicarle lo que había sucedido y jurarle que los otros prisioneros se habían quedado voluntariamente como rehenes hasta su regreso, para que Natalia abriese la puerta. Pero a partir de aquel momento ya no quiso abandonarlo, regresó con él a la prisión y ahí se quedó. Durante su reclusión voluntaria, Natalia se dedicó a atender a los cristianos presos con gran solicitud, particularmente a los heridos en los tormentos. Una semana después de su llegada, Adriano debió comparecer ante el emperador y se negó a ofrecer sacrificios a los dioses. Fue azotado y devuelto a prisión.

Entretanto, otras mujeres habían acudido para atender a los cristianos en la cárcel y, en cuanto las autoridades se enteraron de aquella anomalía, les prohibieron estrictamente la entrada. Entonces, Natalia se cortó la cabellera, vistió ropas masculinas y sobornó a los carceleros para entrar en la prisión como podía haberlo hecho cualquier hombre. En sus frecuentes y prolongadas visitas a Adriano, le rogaba con una insistencia apasionada que al llegar a la gloria del cielo, orase por ella a fin de que pudiera vivir aún en el mundo sin pecado, y seguirlo pronto hacia la felicidad eterna. Los mártires fueron condenados a morir con los miembros destrozados por el mazo. Natalia obtuvo la gracia de que su esposo fuera uno de los primeros y así le evitó presenciar el sufrimiento de los demás. Cuando Adriano era arrastrado al tajo, la propia Natalia le acomodó los brazos y las piernas sobre el trozo de madera para que los huesos fueran triturados a golpes de mazo. A Adriano le cortaron las manos y los pies y murió pronto. Durante su tormento, Natalia permaneció arrodillada en muda oración; recogió una de las manos cortadas y la guardó entre sus ropas; más tarde, cuando el cadáver de su esposo y de otros mártires fueron arrojados a la hoguera, hubo necesidad de sujetarla porque se empeñaba en saltar a las llamas para morir también.

Una tormenta repentina apagó las llamas en la hoguera, antes de que los cuerpos quedasen completamente consumidos y, así, los cristianos pudieron recoger muchas reliquias que fueron llevadas, posteriormente, a Argirópolis, cerca de Bizancio, sobre el Bósforo, donde se les dio honrosa sepultura. Algunos meses después, Natalia, acosada por la persecución de un oficial imperial de Nicomedia que se había enamorado de ella, decidió partir y, sin llevarse nada más que la preciosa reliquia, la mano de Adriano, se embarcó para unirse a los otros cristianos en Argirópolis. Ahí murió poco tiempo después, y sus hermanos la sepultaron junto a los restos de los mártires. El 8 de septiembre se celebra el aniversario de la translación de las reliquias de Adriano a Roma. San Adriano fue uno de los santos mártires mas populares en la antigüedad, patrono de soldados y carniceros e invocado contra las plagas.

Podemos estar seguros es de que hubo un culto muy antiguo y muy extenso por un Adriano, martirizado en Nicomedia, tanto en el Oriente como en el Occidente, sin embargo, la histria del martirio, la fecha correcta en la que inscribirlo y la persecución bajo la que ocurrió son confusas, y han recibido distintas respuestas en los estudios críticos.

Enrique Medina - "Strip-Tease"

 Enrique Medina - "Strip-Tease"

La Argentina desnuda

Apareció en los primeros días del nefasto año 1976 y pocas semanas después fue prohibida. Pero más allá de la censura, con Strip-Tease, Enrique Medina había logrado filtrar después del éxito rotundo de Las Tumbas, un texto experimental, de avanzada, suerte de relectura de muchos de los escritores que, como Miller y Burroughs, marcaban la temperatura de la literatura erótica. Más de cuarenta años después, una edición de Muerde Muertos le rinde homenaje y al mismo tiempo revitaliza Strip-Tease mediante una extraordinaria edición que potencia la ferocidad del lenguaje con unas cuarenta ilustraciones, una por capítulo: traducción visual que hace descender al lector al submundo de cines porno, cabarets y otros antros de la Argentina profunda de los años 70.

 Strip-tease lo hizo dudar. Y no era por la censura que desde 1973 le venía pisando los talones cuando retiraban de librerías y kioscos su último libro, Sólo Angeles. Era la novela desquiciada que estaba escribiendo, un texto revulsivo que multiplicaba por mil la exhibición del espanto de sus libros anteriores. Una sintaxis rota, una babel de lenguas y un lunfa desbordado para sostener, siempre desde la hipérbole, la incomodidad de la historia. Enrique Pezzoni, director en ese momento de Sudamericana, en cuanto leyó los primeros capítulos se entusiasmó en publicarla. Y sin embargo Enrique Medina seguía dudando, tal vez fuera la misma razón por la que Anthony Burguess (después de haber visto la película de Kubrick) se arrepintió hasta el final de sus días de haber escrito La naranja mecánica: la confirmación de haber sido mal leído. “Y sí, Buenos Aires, la Argentina, ya era un infierno espantoso que fui injertando a la novela. Con temores y culpas incrustadas en el cerebro del corazón la llevé a editar, aún con dudas. Pero, para mi sorpresa, ya era tarde. Había que esperar. Pezzoni me explicó que, a pesar de que en el juicio contra mi libro Sólo Angeles la Justicia me había sobreseído, lo mismo el libro era secuestrado de los quioscos, y ni hablar de las librerías, por lo que el horno no estaba para bollos. Entonces se me fueron las dudas y me empeciné en publicarla”, recordaría el autor con ocasión de una reedición de 2010.

Strip-Tease salió a principios de 1976 por la editorial Corregidor junto a Pelusa rumbo al sol, una obrita de teatro infantil con la que Medina había ganado un concurso en La Federación Gráfica Bonaerense. “La estrategia era amenguar para la época el efecto escandalizador y escatológico de Strip-Tease con la pureza de un librito para chicos. Eramos tan inocentes”.
La novela de Medina fue prohibida y Pelusa rumbo al sol fue devuelto por las librerías que no querían tener nada de ese autor perseguido por los inspectores municipales. “Bioy Casares, que había firmado una circular en mi defensa por la prohibición de Sólo ángeles, se ofreció a  hacer trámites en el gobierno para averiguar motivaciones y ver si de alguna manera yo podía zafar sin quedar muy lesionado. Preferí no rebajarme ante el poder. El tiempo, Dios que todo lo puede, siempre pone las cosas en su lugar. La novela anticipaba lo que se venía, mis personajes que vivían en sótanos de los aciagos teatritos, cuando salían a las calles caminaban sobre cadáveres”.
En 2010 Galerna reeditó la novela en 2010, y ahora la editorial Muerde Muertos decidió homenajear al autor de las Tumbas con una “traducción visual” de Strip-tease. La propuesta es ambiciosa: reunió a cuarenta artistas visuales, uno por cada capítulo de la novela, que lograron hacer de las imágenes una arteria donde se espesan las pulsaciones del texto. A su vez, cada obra está acompañada por un pasaje importante del capítulo, una contracción del relato original que junto a la imagen provoca el efecto de una molotov tras otra en su estallido. Lo interesante es que cada una de estas díadas imagen-texto genera una unidad que puede leerse de forma independiente sin por eso perder el hilo que los une. La lectura de estos cuarenta artistas es tan variada como las esferas estéticas de las que provienen: algunos son del mundo del cómic, otros del cine clase B del terror, están los formados en bellas artes, y también participa la artista plástica, escritora y performer Naty Menstrual. La edición de esta traducción no solo abre con un lúcido prólogo de los editores, los hermanos Carlos Marcos y José María Marcos que oficia de estudio introductorio y resumen de la novela sino que también conserva los epígrafes que acompañan los capítulos del Strip-Tease original, un verdadero mapa de lectura donde Medina propone las coordenadas de su propia erótica: Bataille, Philip Roth, Rabelais, Marqués de Sade, Henry Miller y Burroughs. De alguna manera esta traducción visual de Strip-Tease, en su contracción textual asociada a una imagen se produce un eco que subraya cierta hermandad con la viñeta y el texto sin un continuum de trama que es El almuerzo desnudo de Burroughs. Allí, como en la novela de Medina, hay un quiebre de la realidad, la anulación de lo cotidiano en la liberación del absurdo que busca romper con convencionalismos y pudores hasta poner de manifiesto una sociedad polarizada entre el dolor y el placer.
En Strip-Tease no hay nombres ni fechas, los personajes se llaman con apodos que los presentan y describen de solo nombrarlos. El primer capítulo, en el que Pichón, un chico que llega del interior del país con su tesoro bajo el brazo (una caja donde guarda los recortes que fue juntando de cabarulos, cines porno y sótanos de todo el país) se encuentra con quien va a ser su guía dantesca en el submundo. Esa apertura, en la que se concentra de alguna manera el final de la historia, es una de las mejores de la literatura argentina. A partir de esa noche, el Maestro oficiará de guía en el descenso al infierno en el que Pichón se unirá a una cofradía de hombres en busca de la paja perfecta, transitando los sótanos de una ciudad asediada por atentados, bombas y cadáveres que se apilan en las calles. En la figura de los “liquidadores”, agentes de la moral y las buenas costumbres, que circulan por los sótanos apuñalando, secuestrando y ahorcando a los amantes del Strip-Tease, se condensa la represión de un país degradado en todas sus esferas. En el prólogo de esta traducción, se resalta uno de los grandes aciertos de Strip-Tease, el lenguaje desplazado y construido dentro de la novela que está siempre nombrando otra cosa: “Además del manipularse/masturbarse, hay otros como lingam por pene o yony por vagina, significantes tomados del Kamasutra, liquidadores por asesinos; y un hallazgo escalofriante y profético: desaparecidos por muertos”. Al momento de elegir una obra de Medina para homenajearlo, los editores tuvieron en cuenta no solo que fuera de lo más representativo de su obra, sino también que estuviera en consonancia con el catálogo de la editorial dedicado al fantástico, al terror y al erotismo. En ese sentido Strip-Tease, al igual que toda la obra de Medina, trabaja de forma directa con elementos de la cultura popular argentina pero en esta novela el realismo queda limitado por la entrada en escena de lo fantástico, que llega a su cumbre en el remate del final.
Los hermanos Marcos, responsables de esta colección, aseguran que las nuevas generaciones de lectores que no hayan descubierto aún a Medina, encontrarán en el tratamiento de su obra, en la forma de interpelar las relaciones de poder tanto dentro como fuera del sexo y del erotismo, una vigencia que solo los grandes escritores logran alcanzar.

 Dos fragmentos de Strip-Tease, de Enrique Medina


El amor de su vida

Voy al baño y me encuentro a un viejito escribiendo con una birome que no tiene tinta… Yo amo a...” Y la tinta no quería salir… Lo empujé y lo mandé de cabeza al inodoro…
-¿A quién ama usted?...
-¡Qué le importa atrevido!...
-Eso me gustó. No le importaba que lo hubiera empujado a la mierda, pero sí le molestaba que me metiera con lo que él amaba…
-Ahora se me ocurrió que quiero saber quién es el amor de su vida… Y no lo voy a dejar salir de acá hasta que me lo diga…
-No lo sabrá hasta que lo lea en la pared… Así son las reglas…
-¿Qué reglas?
-Las reglas de los sótanos. Cómo se ve que sos apenas un Pichón… Todos nos conocemos… Ahora andate, te lo ruego.
-No.
Estuvimos en silencio más de una hora… Por último se dio por vencido…
-Está bien… haremos un trato en forma tal que no violemos las reglas… Escribiremos los dos juntos.
Tomó la lapicerita como yo le indicaba y la apoyó contra la pared… Yo agarré su mano, desde atrás… Y comenzamos a escribir muy lentamente.
-No tenés que pronunciar su nombre hasta que no esté todo escrito…
Por último marcamos un palito horizontal del medio de un palito al medio del otro palito…
Nos retiramos un poco para ver de lejos el nombre…
-Ahora podés pronunciarlo…
Me lo dijo feliz, con los ojos bañados en lágrimas…
-R-I-T-A… Rita…
-¿No te parece un nombre bello? Su risa fue la que siempre alentó mis sueños.
Evidentemente estaba colifato el pobre…
El viejito se quedó solari con su parlamento de amor…. ¿Llegaré a esto?

El Kiosquero turco

Cuando venía el show, despertábamos todos por arte de magia, la musiquita valseada era nuestro despertador… El Kiosquero Turco se manipulaba frenético… Con rabia intensa… El prosigue en su desesperación… Pretende entender… Algo triste le sucede… Se queda… Ese es el problema de su vida… El lingam no responde… Está arrugado, vencido sin haber peleado… Y aprieta, retuerce, abre la ranura, escupe, golpea, intenta destornillarlo… Tira del lingam como si fuera de chicle… ¡¡¡Mi vida por una erección!!! Entiendo que tengo que  acudir en su ayuda… Palpo mi bolsillo trasero y compruebo la presencia del revólver… El Kiosquero Turco ya está con la lengua afuera… A pesar del cansancio no decae en el sácate-sácate-sácate… Es tenaz… Le voy bajando los pantalones sin que se dé cuenta… Acerco el arma a su espalda...Deslizo el caño hacia abajo… Buscando el esfínter… ¡Qué inmenso se siente uno cuando puede ayudar al prójimo!... Aprieto el gatillo y presta sale la bala… Se introduce en el agujero anal y se abre paso raudamente recorriendo la uretra de punta a punta con el canto victorioso del triunfo… La bala queda alojada en el interior de la cabeza y comienza a producirse el milagro… Los montes se yerguen vivaces al ritmo de las pulsaciones sanguíneas… Gira su cabeza y me observa, todavía con el arma en la mano...Me sonreí agradecido… La luz roja del escenario bendice el final… Vida… Cruel… Y canalla...

Horacio Malvicino

Horacio Malvicino

Titanes del ritmo

Mítico guitarrista de jazz, Horacio Malvicino protagonizó la mejor etapa de las orquestas de Astor Piazzolla. Del tango experimental pegó un salto internacional cuando RCA le pidió producir un disco de música latinoamericana para distribuir en Europa. Ahí nació el mito de Dr Jekyill & Mr. Hyde: la historia de uno de los grandes protagonistas de la industria del disco que a la vez era un intérprete exquisito. Desde la Orquesta Estable del Canal 11 creó temas para programas muy populares como Los Campanelli, La Tuerca, Matrimonios y algo más y Titanes en el ring, además de intervenir en la movida de casi todos los que pasaron por El Club del Clan. Ahora, a los 88 años, Malvicino preside la Asociación Argentina de Intérpretes, donde afronta desafíos tan candentes como los que le plantea Spotify a los derechos de autor, prepara cuatro materias que le restan para recibirse de médico, la carrera que hace tantos años abandonó por la música y la bohemia, y admite que sí: fue él quien hace 43 años hizo los arreglos de la cumbia que se transformó en el famoso hit del verano.


“No te das cuenta. Creéme que no te das cuenta. Primero se muere un tipo de 80, después otro de 82, o de 85…. ¡Y nadie se sorprende! Ahí caés en la cuenta de que sos un viejo.” Horacio Malvicino nació el 20 de octubre de 1929, fecha desmentida por una hiperactividad que, por estos días, lo tiene planificando horarios para rendir dos materias en la UBA de las cuatro que le quedaron pendientes para recibirse de Médico. Tiene decenas de planes y ninguno contempla el festejo de los 90. “Quiero dar Psicología y Pediatría, vamos a ver”, dice sin ufanarse, más bien con una naturalidad desarmante. La misma que lo lleva a mostrar una Gibson que le regaló Al Di Meola o enumerar vagamente la cantidad de departamentos que perdió en los burros o contar cuando Tanguito tocó el timbre de la puerta de su casa con el brazo derecho todo cortado. 
Horacio Malvicino es una parte invaluable de un mundo que no existe, el de la industria del disco. Una época en que la más flagrante música “comercial” era decorada por profesionales del jazz y por ángeles caídos de los años de oro del tango. Pero más allá de un pintoresquismo constituido por historias inverosímiles  que funden el oro y el barro –de la tarantela de Los Campanelli al proto world beat de muchas de las músicas de Titanes en el ring, del trío Los muchachos de antes al Octeto Buenos Aires de Piazzolla–, Malvicino ha puesto su mayor dedicación y talento –una militancia, digamos– en la defensa de los derechos del intérprete. Hace décadas que trabaja en AADI (Asociación Argentina de Derechos del Intérprete), entidad que preside desde 2014 y que ahora mismo encara una titánica tarea ante los desafíos de los tiempos de streaming.
En su casa hay pinturas de su mujer, la artista plástica Marcela Pozzi, fotos con personalidades –destaca una con Chet Atkins en su casa de Nashville– y un retrato de Stone Cat, el padrillo que más amó y que le hizo ganar montañas de dinero. “Los hijos de Stone Cat fueron todos malos. Pero él era un señor caballo. Se cansó de ganar carreras. El berretín por los burros lo heredé de mi viejo y se lo trasladé a mis dos hijos. Es una locura familiar. Pero hace 20 años hice la promesa de no jugar más. Nunca fui un ludópata, pero jugaba mucho. Gané y perdí. Al final me compré un campito en Capilla del Señor y puse un haras. Decidí dedicarme a la cría de caballos. Es más tranquilo.”
Nació en Concordia, Entre Ríos, donde estudió entre los 6 y los 14 años en el Conservatorio del profesor Agustín Satalía. El instituto estaba anexado a una sucursal porteña, que le permitía dar exámenes anuales. Tomó el tren hacia la gran ciudad a los 17 con el mandato paterno de ser médico, y estuvo a punto de cumplirlo. Pero por muchos motivos no pudo ser. El principal se llamó Astor Piazzolla. El padre le mandaba 150 pesos por mes para la pensión y los viáticos; la madre le enviaba paquetes de yerba y galletitas. Malvicino se partía en dos, mitad estudiante de Medicina, mitad guitarrista. Cuando al padre lo echaron de su trabajo en Ferrocarriles Argentinos y se clausuraron las remesas de dinero, advirtió que la guitarra podía ser también una manera de poder comer todos los días. Lentamente se fue hundiendo en la bohemia del jazz, con su guitarra electrificada a la manera de Charlie Christian. Vivía en pensiones, se ponía lo que tenía en el ropero y caminaba la noche. Al observar su pilcha un amigo empezó a llamarlo “Malvestiti”; por deformación, varios años después, el campeón rioplatense de la nostalgia y poeta y glosista Héctor Gagliardi le puso el apodo con el cual lo conoce medio Buenos Aires: Malveta.
La facultad perdía frente al jazz. Malvicino andaba tocando por clubes como el Be Bop, con nenes de la talla del Gato Barbieri y el Mono Villegas, mientras Piazzolla se buscaba a sí mismo en las calles de París. Se dice –y lo dijo el propio Astor– que fue en esa ciudad, al influjo del Octeto de Gerry Mulligan, que el marplatense craneó el Octeto Buenos Aires. Sin embargo, el excelente libro El mal entendido (Edhasa) de Diego Fischerman y Abel Gilbert lo desmienten. El octeto de Mulligan no existía cuando Piazzolla estuvo en París, sí su cuarteto. Como fuere, Astor descubrió a Malvicino en el Be Bop y quedó maravillado con su técnica. No pensó en otro cuando armó su nuevo grupo. Al Octeto Buenos Aires –una bisagra en su carrera; para muchos, el cenit de Astor, aunque no hay que descartar la contemporánea Orquesta de Cuerdas– lo completaron Enrique Mario Francini y Hugo Baralis en violines, Atilio Stampone en piano, Leopoldo Federico como segundo bandoneón, José Bragato en violoncello y Juan Vasallo en contrabajo, entre diferentes formaciones. En la contratapa de uno de los discos del Octeto, Piazzolla escribió: “Era necesario sacar al tango de esa monotonía que lo envolvía, tanto armónica como melódica, rítmica y estética. Fue un impulso irresistible el de jerarquizarlo musicalmente y darles otras formas de lucimiento a los instrumentistas. En dos palabras, lograr que el tango entusiasme y no canse al ejecutante y al oyente, sin que deje de ser tango, y que sea, más que nunca, música”.
Fue un período en que Piazzolla, como siempre, salía disparado hacia adelante. Sin embargo, a diferencia de otras etapas, hablaba de “tango”. Con los consejos parisinos de Nadia Boulanger aún frescos (sintetizando: “dejate de joder con la música clásica, hacé lo tuyo y lo tuyo tiene que ver con el tango”) y con el fondo sonoro de los bombardeos a Plaza de Mayo  de mediados de los 50 reformuló su música y decidió incorporar una guitarra eléctrica. Como si con ese gesto se hubiera puesto a tono –para avanzar con el tinte político– con cierta modernidad artística desarrollada durante o a partir del frondicismo. Los bailes populares y las grandes orquestas de los dos gobiernos peronistas dieron paso a formatos más pequeños, sofisticados y mundanos.
La guitarra eléctrica fue un sello distintivo, no medular. Piazzolla tuvo tres guitarristas: Oscar López Ruiz, Horacio Malvicino y Cacho Tirao. Cuando a boca de jarro Natalio Gorín le preguntó para el libro A manera de memorias cuál había sido su mejor guitarrista, Astor no dudó: “El que mejor comprendió mi música fue Malvicino, quizá porque es el más tanguero de los tres, porque pertenece a mi generación. López Ruiz es más moderno, venía del jazz, me empujaba a hacer cosas extrañas sin tener en cuenta el gusto de la gente. Me decía: Astor, hagamos ‘Coral’, que es muy lindo. Y ése era un tema denso, difícil de digerir”.
El bandoneonista siempre se manejó de manera arbitraria en las declaraciones. De hecho, suena extraño de su boca eso de “tener en cuenta el gusto de la gente”. La revolución que encarnó fue en contra, justamente, del gusto establecido. También resulta extraño que no considerara el origen jazzístico de Malvicino. “Astor era así. Un volcán, también hablando, también haciendo bromas pesadas”, dice Malveta.
¿Qué significó él para vos?
–Todo. El porqué de mi vida. Yo lo conocí a Piazzolla escuchándolo por Radio Splendid. Ya en Buenos Aires, en el primer año de Facultad, salía de las clases de Anatomía y me iba caminando con el guardapolvo hasta el Tango Bar, que quedaba en Corrientes casi Cerrito. Ni me animaba a saludarlo. Él estaba con su orquesta de 1946. 
¿Vos ya eras guitarrista profesional?
–Claro. Yo tocaba la guitarra criolla. Ya en Concordia había metido un micrófono por la boca de la guitarra para electrificarla. Tenía un grupo que de llamaba Horacio y su Quinteto de Swing. Astor me convocó para el Octeto, que era un grupo que comercialmente no funcionaba. No se podía vivir del Octeto, juntaríamos…. no sé, cien pesos por mes. Por eso todos tenían otros trabajos menos yo Francini tenía su orquesta, Atilio Stampone estaba a punto de formar la propia, el Gordo Federico igual, Bragato tocaba en el Colón. Yo no, yo me las arreglaba con lo de Astor. Pasaba hambre, pero era hermoso estar ahí.
Fue un momento clave: se apagaba la era de oro del tango y Piazzolla estaba demonizado como nunca... 
–Tal cual. Nos tiraban con todo. A los tangueros no le gustaba nada lo que hacíamos. Estuvimos dos años resistiendo… Al final Astor se cansó, se fue a Europa a estudiar y volvió. Con el Quinteto, con el Sexteto… En todo ese período fui su guitarrista. Cuando a mí me empezó a salir laburo por otros lados, sobre todo de arreglador, le mandé a Cacho Tirao para que me reemplazara.
¿Tenías margen para improvisar en las agrupaciones de Piazzolla?
–Sí, claro. Creo que entré para eso, yo venía del jazz. Él escribía todo, pero casi todos los músicos metían alguna frase improvisada. Y el guitarrista podía improvisar un poco más. Siempre solía haber un riff que se repetía cada 30 o 32 compases. Sobre esa partitura se improvisaba. Cada uno de los músicos utilizábamos dos o tres atriles porque las partituras que escribía Astor eran larguísimas.
Hablás de Piazzolla con reverencia.
–Y sí, tuvimos una relación muy estrecha. Para mí fue el músico más importante del siglo XX. Me podés decir Jobim, Gershwin… Perfecto. Para mí fue Astor. 
¿Qué decía de tu parte más comercial?
–No lo podía creer. Me cargaba. Me volvía loco.

Entre Delon y Debray

La vida de Malvicino cambió para siempre el día que la sucursal francesa de RCA le pidió que produjera un disco de música de América latina para distribuir en Europa. “Me dijeron si podía incluir dos tangos. Metí ‘La cumparsita’ y ‘El choclo’. Hice los arreglos y decidí reemplazar el bandoneón por el acordeón, poner algo de percusión, violines al unísono y bronces. Chau, se grabó y se envió con la firma de Horacio Malvicino y su orquesta. Pasó el tiempo, como dos años, y me enteré de que esos tangos habían causado furor. Pero como no les había gustado mi apellido italiano le habían puesto Alain Debray y la orquesta de Champs-Élysées. ¿Te das cuenta? Alain por Delon, que estaba de moda; Debray por Régis Debray, el filósofo francés que venía de hacerle una entrevista al Che Guevara.”
Una ironía genial.
–Increíble. Esos tangos se editaron en 26 países y vendieron dos millones y medio de unidades. Todavía hoy le piden grabaciones a Alain Debray.
¿Y cómo conciliabas ese tipo de trabajo con, por ejemplo, el del Octeto de Piazzolla, siendo Astor un músico intransigente, en las antípodas?
–No hay misterios. Lo de Piazzolla era la felicidad.  Lo otro, yugo. Pero mucho. Yo trabajé quince años dirigiendo la Orquesta Estable de Canal 11, al tiempo que estaba en RCA. Todos los canales tenían orquesta. La del 13 la dirigía Bubby Lavecchia, la del 9 Santos Lipesker... Era muy arduo: tenía que tomar pruebas, crear temas identificatorios de Matrimonios y algo más para Hugo Moser, de La tuerca y Los Campanelli para Héctor Maselli, de Titanes en el ring para Martín Kadaragián, de Operación Ja Ja para los hermanos Sofovich. Yo era muy amigo de Gerardo. Me pedía que lo hiciera cantar a Olmedo. ¡Dificilísimo! En cambio el Gordo Porcel cantaba muy bien. Llegamos a grabar un disco para la CBS. Y con Titanes nos divertíamos. Muchas letras las hizo Marty Cosens. En Titanes tratábamos de jugar con los folklores: si el titán era italiano o armenio, la música sería italiana o armenia.
En la RCA te comiste todo El Club del Clan.
–Ricardo Mejía me dijo: “Orquestate El Club del Clan”. Era durísimo. No paraba de trabajar. Los estudios de la RCA estaban ubicados en una manzana, en el barrio de Saavedra. Trabajábamos tanto que nos olvidábamos de comer. A las dos de la mañana pedíamos unos tallarines que nos traía el mozo del restaurant de la esquina, comíamos rápido y seguíamos.
Mejía quedó en la historia como el monje negro del tango, una leyenda nefasta que trata de justificar la decadencia del tango y la llegada del rock and roll... ¿Es cierto que Mejía echó a perder grabaciones históricas de tango, que borró cintas?
–Mejía no mandó a borrar cintas, lo que sí hubo en un momento fue una liquidación de cintas. No sé si él tuvo que ver. Lo que sí sé es que Mejía nunca entendió el tango. Porque no es verdad que no vendía.      D’Arienzo seguía siendo vendedor, su versión de “La cumparsita” salía como pan.  En esa época conocí a todos. A los de El Club del Clan, y a Donald, y a Facundo Cabral. Cuando me presentaron a Facundo Cabral y le pregunté qué quería hacer, me dijo: “Cantar canciones que canta Sinatra”. Lo miré y le dije: “Andá a cagar”. 
Sandro era la contracara, había firmado para la CBS.
–Sí, gran tipo Sandro, Con él me equivoqué fiero. Vino a la RCA con Los de Fuego y les tomé una prueba. Era puro ruido, casi no se escuchaba su voz. Armaron: batería, bajo, guitarra y órgano Farfisa, todo microfoneado. El único sin micrófono era el cantante. Cuando Sandro me preguntó qué le había parecido le dije la verdad: “No te pude escuchar”. Otra que dejé pasar es una que tiene que ver con Gustavo Cerati. Yo conocía al padre, habíamos ido juntos al colegio en Concordia. Un día me dio un casete. Me dijo: “Es de mi pibe, toca la viola. Escuchalo”. No sé si era Soda Stereo o él solo porque ¡nunca escuché el casete! Estaba con mucho trabajo y no podía escuchar todo. Era común que todos los padres creyeran que sus hijos eran genios. Como pasa con el fútbol, ¿no? Bueno, lo dejé pasar. Si hasta me equivoqué con Los Beatles...
¿Por qué?
–Yo los vi en el Shea Stadium, en Nueva York, en 1965. Me gustaron, pero te soy sincero: no me pareció que iban a cambiar la historia. Al poco tiempo me llamaron para hacer canciones de Los Beatles en castellano, y lanzarlas acá. Convoqué a una serie de músicos que conocía, entre ellos a Ricardo Lew, a Mojarra Fernández, al Zurdo Roizner. Agarramos Help! y la sacamos en 30 segundos. Facilísima. La hicimos en una sola pasada. Mejía estaba en el control y me dijo: “Está muy bien. Exacta a la original, pero no sirve. No tiene sabor”. Me cagó, tenía razón. No tenía gracia. Es como el tango: Piazzolla decía que si no tenía mugre no servía.
¿Vos orquestaste el simple que sacó Tanguito para la RCA?
–Sí. “La princesa dorada” y “El hombre restante”.
¿Cómo fue tu experiencia con él?
–Tanguito era un personaje raro. Tengo una anécdota un tanto triste. Yo siempre trabajaba de una manera: me encontraba con el artista para que cantara o me silbara la canción. Así iba sacando los tonos, viendo la tesitura de canto para los arreglos y pensando la orquestación. La RCA me mandó a Tanguito. Yo vivía en Las Heras 1772, no tan lejos de La Cueva. A las siete y media de la noche sonó el timbre. Era él. Me acuerdo perfectamente porque mi mujer estaba embarazada de mi primer hijo. Ahí lo vi a Tanguito: se había cortado las venas y sangraba muchísimo. Como era un estudiante avanzado de medicina, no me apichoné: le hice un torniquete y lo llevé al Hospital Rivadavia. No sé con qué se fajaba. A la semana siguiente era otra persona: divino. Un muchacho encantador. Nos encontramos en el estudio y grabamos las dos canciones.

El hit del verano

Superhéroe de la música, adoptó a lo largo de las décadas otros seudónimos. Todos suenan más o menos desopilantes: Gino Bonetti, Don Nobody; hasta supo ser El Gaitero de Texas. En su living, siempre humillando con una memoria superior y una ironía justa, exige tuteo y parece feliz con el seco mote de “Malveta”. Tanta baqueta en el mundo de la industria hicieron –cuenta– que adquiriera un conocimiento ancho de las necesidades de los músicos. A él le adjudican la definición “la música es el arte de combinar los horarios”. Durante años de ocupar la vicepresidencia de AADI (Asociación Argentina de Intérpretes), desde la muerte de Leopoldo Federico se desempeña como presidente. Cuando habla de los derechos de los intérpretes, cambia el tono. Todo se vuelve más formal. “Es que me apasiona el tema. Ahora tenemos varias encrucijadas para resolver. Mirá, en noviembre pasado Spotify recaudó 20 mil millones de dólares sólo en Estados Unidos. Y no le llega nada al intérprete. Hace cinco años formamos AASAI, que es la Asociación Argentina de Sociedades de Autores e Intérpretes, que integra a otras entidades como Argentores, Sadaic y otras. La idea es hacer una acción común. El streaming es comunicación pública y al ser comunicación pública la ley nos protege. Nos tienen que pagar lo que llamamos el derecho conexo. El derecho conexo es el salario de la comunicación pública de la cultura.”  
Junto con Susana Rinaldi como vicepresidenta está tratando de visibilizar la defensa de los derechos de los intérpretes y “la gestión colectiva”. En tanto, sigue componiendo y sumando anécdotas que en un futuro engrosarán una nueva edición del libro que sacó sobre su vínculo con Astor Piazzolla  (“con él, de gira, di diez veces la vuelta al mundo”) titulado El Tano y yo. De hecho, el homenaje a Antonio Agri es un desprendimiento de esos años. “Fue un violinista excepcional y gran amigo. Tenemos la suerte de que su hijo, también excelente violinista, está colaborando en AADI. Lo que escribí es una obra de cámara para que Pablo Agri la pueda tocar con La Camerata Argentina.” 
Desde hace algunos meses, entre canchas de fútbol y recitales, un coro de muchachos y muchachas sacaron a relucir un tema que él había orquestado para un disco de cumbia: La famosa melodía de ‘MMLPQLP’. “Es un tema de hace 43 años, cuando estaba en RCA. Trajeron a un cantor de Colombia llamado Shériko, porque acá se estaba imponiendo la cumbia. Él es el autor. Me lo dieron a mí, para que le hiciera los arreglos. El LP se llamaba Es hora de alegrarnos.”
Con dos hijos radicados en los Estados Unidos que lo mantienen informado sobre la actualidad de la música pop y su relación con las nuevas plataformas digitales, pispea la edición norteamericana de la Billboard y dice: “No queda otra que intentar ser moderno. Con los sonidos de mis orquestaciones siempre me manejé así. Hay que pescar qué pasa en cada época. Yo me vuelvo loco con los arreglos y orquestaciones de Frank Sinatra, pero debe reconocer que el rock cambió todo para siempre”.
Detesta las palabras octagenario y nonagenario. Por ahora piensa seguir como si nada, no pensó en los festejos de los 90. “Me cuido, siempre me cuidé. Tal vez por mis conocimientos de medicina sé adónde hay que apuntar. Mirá que estuve en la noche, eh. Pero solo tomaba whisky. Una vez, en Montevideo, estaba en uno de esos clubes nocturnos después de una presentación con el Octeto. Uno de los músicos me preguntó si quería un raviol de cocaína. Me dio no sé qué decirle que no, esas cosas tontas que tiene uno cuando es joven. Le dije: ‘claro’. Me lo dio, me fui al baño, lo abrí y lo tiré al inodoro. Cuando regresé a la mesa, mi amigo me preguntó qué me parecía. Buenísimo, le dije.”
¿Te creyó?
Malveta mira con ojos jóvenes, un poco de vuelta de todo. –No sé. Yo me fui a dormir.

Daniel Otero - "Crónicas de posguerra"

Daniel Otero y sus Crónicas de posguerra. La vida secreta de los que hicieron el trabajo sucio

“Hablo de terrorismo de Estado en democracia”

Prologado por Horacio González, el libro de Otero retrata a hombres grises pero miembros de una poderosa maquinaria de la tortura y la muerte, protagonistas de casos de un pasado reciente que permiten reflexionar sobre el sistema represivo actual.


“Usted no me conoce, pero tengo una historia que va a interesarle”. Esas pocas palabras que escuchó por teléfono, en un castellano demasiado empastado por la dureza alemana, fueron la puerta de entrada hacia los mecanismos anónimos del terror. La voz pertenecía a Herbet Bittner, quien con el correr de las entrevistas se revelaría como una de las piezas claves de Odessa, esa organización fantasmagórica que funcionó como una red de colaboración mundial para ayudar a los nazis que escapaban de Alemania. Más de diez años iba a tardar el periodista Daniel Otero para ordenar los fragmentos difusos que Bittner comenzaría a arrojarle: fechas, nombres, lugares, crímenes, fotografías, salvoconductos. Los chequeó uno por uno hasta reconstruir la vida de un hombre golpeado que había esperado demasiado tiempo para sacar a la luz sus secretos más oscuros. Ese llamado inesperado terminó por convertirse en la primera de las cuatro historias de Crónicas de posguerra. La vida secreta de los que hicieron el trabajo sucio (Editorial Octubre), un libro en el que Otero logra inmiscuirse entre los pliegues de la maldad y la perversidad a través de sus ejecutores invisibles. 
Detrás de Herbert Bittner, se van encastrando una serie de relatos que encuentran sus puntos de contacto entre las cicatrices abiertas que se transmiten de forma silenciosa a través del tiempo. Los pasos del “Oso” Ranier, el infiltrado que delató los planes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y desató la matanza de Monte Chingolo, cobran una realidad pasmosa cuando frente a Otero aparece su hijastro y cómplice –quien intenta sacarle dinero por su confesión– para traer al presente la cotidianeidad que recubría cada dato filtrado al Ejército desde las entrañas del ERP. Una intimidad del horror que acecha en cada línea de Crónicas de posguerra –prologado por Horacio González– y se despliega a través de un gatillero del conurbano que confiesa más de treinta asesinatos para probar su inocencia en el de José Luis Cabezas. Pero su dimensión más terrible la alcanza cuando se posa sobre Armando Víctor Luchina, un jubilado y referente barrial que estuvo encargado de registrar, alimentar y encapuchar a los detenidos en el centro clandestino de la Supertintendencia de Seguridad Federal, quien termina siendo denunciado en las páginas del libro por su propia hija, abusada por él en su propia habitación cuando volvía de sus tareas. La atrocidad va abriendo un territorio signado por la violencia que se vuelve el escenario siniestro de cada una de las historias.
“Fue polémico pensar en la posguerra porque está claro que la dictadura no fue una guerra. Quizás la historia del alemán me habilitaba ese argumento. Y La posguerra sucia, de Verbitsky, siendo presidente del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), abría también ese panorama”, adelanta Daniel Otero en un bar del Abasto, a la par que enciende uno de los tantos cigarrillos que se van convertir en cenizas durante la charla. “En estas historias no estoy hablando de la guerra, de la dictadura, sino de todo lo que vino después. La hija del represor con la foto de sus hijos en la soledad de pensión, sin poder vivir con ellos por lo que le hizo su viejo. Eso es terrorismo de Estado cuarenta años después. No es dictadura. Es la posguerra”. 
–¿Cuál fue la motivación para continuar trabajando en historias que tardó más de diez años en escribir?
–Jamás las había visto como notas para una revista o diario, tampoco sabía que podía funcionar juntas. Me fueron llevando y lo que sentía al meterme era la necesidad de decir: “Yo te avisé. La sociedad argentina elige a esta gente para que cuide su seguridad. Cuando te baleen a tu hijo no te quejes. Cuando votás cualquier verdura, pasa esto. ¿Nuestra seguridad va a seguir en manos de esta gente o vamos a pensar a quién le damos un arma?”. Eso me fue guiando. Darle la prisión domiciliaria a Etchecolatz es reivindicar los motivos por los que tuvo cinco condenas. ¿Entonces qué estamos permitiendo? 
–Usted está muy presente en todas las crónicas. En una de ellas, incluso, cuenta la posibilidad de que Luchina haya sido el delator que entregó a uno de sus mejores amigos. ¿Cómo manejó el hecho de estar tan involucrado en el relato?
–En principio traté de que no interfiera, que todos los desaparecidos tengan el mismo significado. Yo de entrada no sabía eso, cuando me enteré ya había una relación de periodista-entrevistado, ya sabía que era un hijo de puta. Hubo situaciones que viví y que hacían a la historia: descubrir los libros de Marx y Lenin que Luchina le había robado a los militantes desaparecidos, dar con la esposa escondida del Alemán, subirme al auto del gatillero y ver cómo guardaba las balas debajo de sus piernas. Creo que la primera persona cobra sentido cuando el periodista es un personaje, aunque sea involuntario.   
–¿Estuvo en peligro en alguna de esas situaciones?
–El concepto que tengo es que hay mucha verdura en cuanto a amenazas, que no las niego, pero hay más en relación a las presiones económicas. Son asesinos, gatilleros, pero no son boludos. Saben cuándo tienen que apretar el gatillo. “¿Cómo es que este tipo no me parte como un queso?”, pensaba. Y él tenía miedo de lo que yo estaba representando: una nota que se agite un poco y despierte al fiscal en Dolores. “No puedo hacer ruido”, se plantean. El gatillero quizás prefería que no se conozca su historia. Pero ahí entra en juego la vanidad, que es lo que los mata. Yo adoptaba la actitud de no entender, dejar que hablen, que se vayan enamorando de su voz. Y llega un momento en que caen. Cuando le digo “usted tiene treinta boletas” y me responde “capaz son más”, ahí ya estaba subido al caballo.
–¿Por qué cree que la “gente común”, como define en el prólogo a los protagonistas de sus historias, termina por transformarse en un engranaje del terror?
–Hay un tipo, un psicólogo, que encontró la respuesta: Milgram. Hizo un estudio famoso donde ponía un tipo en el control de un aparato que le aplica electricidad a otra persona cuando responde mal, aunque esa descarga era ficticia. Pero las personas escuchaban los gritos y seguían apretando ante las respuestas erróneas. Si hay una autoridad que se hace cargo del daño que la persona infringe a otro, si otro se hace cargo y le paga, acepta. El setenta y cinco por ciento de los que estuvieron en ese experimento lo hicieron. Transportalo a la población planetaria. De fondo nunca se hacen cargo del daño. Si te ponés a hablar como un par lo reivindican sin problemas. Eso es lo que hay que generar, no ponerse en el rol del confrontador ni tampoco felicitarlo. “Yo no te cuestiono, hablá”. Se hunden solos. 
–A lo largo de todas las entrevistas que realizó, ¿encontró algún sesgo de arrepentimiento por los crímenes confesados?
–Quizás con el gatillero, pero no terminó de cerrarme. Me dijo “yo a los extrema los admiraba. Se jugaban la vida por lo que creían. Y a nosotros nos mandaban a matar para el político de turno”, pero me sonó a que me estaba tocando los violines. Siempre reivindican sus acciones, pero lo esconden. Luchina ahora está al frente de una sociedad de fomento que pide justicia por Santiago Maldonado, imaginate esa contradicción. El único que tenía una causa era el alemán, que lo abandonaron de pibe. A la víctima no la juzgo, está más allá del bien y del mal. El alemán, de alguna manera, también es una víctima. Cuando confirmé que tenía una hermanastra que lo había dado por muertos su historia se empezó a hacer real. “Sé quién es mi papá, pero lo olvidé. A mi mamá le perdí el rastro”, me dijo. Hay una dureza en eso, una crudeza en su vida que lo termina por extraviar, ¿y hoy cuánta gente está de acuerdo con el balazo que le metieron al pibe en Tucumán? Toda esa maldad está presente, lo que hay que ver es qué hacemos con eso.

lunes, 23 de abril de 2018

San Benito Massarari

San Benito Massarari

Benito de san Filadelfo, llamado el Negro o el Moro, porque era hijo de padres africanos y esclavos -quizás nubios- que trabajaban en una propiedad cercana a Messina. Siciliano de nacimiento, nació también como ellos en la esclavitud y se sabe que de niño fue pastor.

Su amo le dio la libertad; compró un par de bueyes con sus ahorros y trabajó por su cuenta.

A los veintitantos años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís.

Por razones no muy claras para la historia, aquel grupo se dispersó en torno al año 1564 y, dependiendo del biógrafo que se lea, Benito funda o llama a las puertas de un convento. Sea lo que fuere, se le ve hecho todo un franciscano en el convento llamado Monte-Pellegrino, a poca distancia de Palermo. Eso sí, como no ha aprendido a leer ni a escribir, trabaja en la cocina de los frailes como hermano lego.

En todas las épocas sucede que al hombre le gustó la buena mesa y disfrutar de manjares suculentos y los frailes no son especiales para eso. Es verdad que la disciplina franciscana regula el disfrute de los alimentos y recorta apetencias nobles en honor de la virtud y en procura de méritos para el fraile y para la Iglesia; pero, por lo que cuentan, no estaba el convento a la altura de esas exigencias en aquel tiempo.

Fue Benito un cocinero especial. ¿Qué bien condimentados guisos saldrían del anafe del fraile negro? ¿Qué exquisitos postres angélicos preparó la cocina del repostero de color del carbón? ¿Qué deleitables menús saldrían de las manos recias y teñidas del cocinero lego? La historia culinaria no hace memoria de ello. La singularidad de Benito estriba en que, además de ser buen cocinero, es admirable por su piedad, por su humildad y por las curaciones milagrosas que prodigaba.

En el año 1578, los frailes le eligen superior del convento a pesar de ser sólo lego y no tener conocimientos de letras ni experiencia en el gobierno. El hecho tiene su importancia y da idea de por donde iban las ideas y la vida del fraile que fue en un tiempo esclavo y sigue siendo analfabeto. Desde luego no fue elegido para el cargo por los buenos platos que preparó cuando era guisandero; algo más debieron ver y buscar aquellos buenos frailes en la persona del lego. Costó mucho convencerle para que aceptara y quizá, luego, más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque llegó a establecer la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde pasó a ser maestro de novicios y, según cuentan, otra vez cocinero, que era lo que él amaba. Fue, en el sentido más estricto, un santo entre pucheros. ¿Qué importa el color? La gente enferma asaltaba la cocina conventual, la del Negro, para pedirle la curación por su rezo infalible y su gesto de taumaturgo entre los humos del fogón, los olores de las ollas, el vaho de las cacerolas y las mondas del día. Fue un hombre de una bondad extraordinaria y de una oración sublime.

San Ricardo de Wyche

San Ricardo de Wyche

A finales del siglo XII nace Ricardo, en Wyche, en una familia de trabajadores del campo. Choca la austeridad y dureza permanente de su vida con el estilo de los grandes de su tiempo. Los obispos son "lores" y amantes de los cuidados humanos; los monjes abundan en la prosperidad y el lujo; los nobles son ambiciosos y en el trono se aprecia una corriente fuertemente regalista. La clase baja del pueblo es pobre y está sumida en la ignorancia y en la superstición. Ricardo es enérgico e intransigente cuando se tratan asuntos en los que está presente la injusticia, la inmoralidad o la avaricia. Posiblemente esta condición natural en él sea lo que le lleva a un distanciamiento, cuando no rechazo de los poderosos. El caso es que la austeridad vivida en casa de sus padres -cuando fue niño- debió prepararle para la misión que había de desempeñar de adulto.

Marcha a estudiar a Oxford donde tiene buenos maestros franciscanos y dominicos; y como los recursos no estiran más, pasó hambre y frío. Una corta estancia en París y vuelta a Oxford, graduándose en Artes. En Bolonia aprende durante siete años los cánones, haciendo lo que hoy llamaríamos la carrera de Derecho. Cuando vuelve a Oxford es nombrado Canciller de la Universidad, Canciller del arzobispado de Canterbury y también de Lincoln, donde estaba de obispo su antiguo amigo y profesor Grosseteste. Ejerce la docencia en Orleáns por dos años y allí se ordena sacerdote.

El Arzobispo de Canterbury lo nombra obispo de Chichester, a la muerte del obispo Ralph Neville. Y aquí comienza una etapa de dificultades mayores y de vigoroso testimonio.

El rey Enrique III, que se apodera por sistema de los beneficios eclesiásticos vacantes, se opone rotundamente a esta elección. Además, prefiere para la sede libre a Roberto Passelewe por razones de "erario real". Interviene el papa Inocencio IV que está presidiendo en este tiempo el concilio de Lyon, confirmando el nombramiento de Ricardo y consagrándolo personalmente, el 5 de marzo de 1245. Pero esto pone peor las cosas. Y es que el alto prestigio adquirido por el papado desde el siglo IX ha venido a menos desde que se hundió la Casa de Hohenstaufen y los papas se han inclinado hacia Francia; la rivalidad existente entre Inglaterra y Francia provoca de rebote reacciones contra Roma que se manifiestan en un fuerte nacionalismo inglés, en la resistencia del trono a aceptar las decisiones del papa y en intransigencias e intromisiones en las materias mixtas. Hasta los Legados pontificios son mal recibidos, si no ignorados, en la corte inglesa.

En estas circunstancias, el nombramiento de Ricardo ha caído, humanamente, en mal momento. El rey ha mandado cerrarle físicamente las puertas del palacio episcopal y ha prohibido darle cobijo y dinero. El temor de la gente a la venganza real lleva a que se vea a Ricardo-obispo vagabundo por su legítima diócesis, haciendo de obispo misionero, viajando a pie y desprovisto de servicio. Debía ser una estampa curiosa en la época en que los obispos eran "lores" y jamás trabajaban sin séquito. Visita las casas de los pescadores y catequiza a los humildes con quienes comparte alimento. ¡Todo un escándalo para altos eclesiásticos que gustan de fastuosidades y de monjes que disfrutan de buena mesa! Condena los abusos de poder y los vicios de la época con extraordinaria energía; de modo especial presenta una defensa a ultranza del derecho frente a la arbitrariedad y al abuso de poder; predica la doctrina evangélica frente al nepotismo reinante.

Fueron ocho años de obispo en que supo mantenerse, con fortaleza, libre de presiones. De hecho, nadie se explica cómo fue posible reunir una y otra vez a su Cabildo para sacar adelante las Constituciones que son de esa época y sientan los modos de hacer en adelante, señalando una praxis pastoral distinta y más adecuada a los principios evangélicos.

Murió en la casa-asilo -"Mas-Dieu"- para sacerdotes pobres y peregrinos, a los 55 años.