viernes, 25 de mayo de 2018

SERIES : The Defiant Ones

Series : The Defiant Ones, la serie documental de HBO que ahora también se puede ver en Netflix

Dos pesos pesados

Cuando se describe de qué se trata The Defiant Ones, la serie documental de HBO que ahora también se puede ver en Netflix, no parece tan atractiva: es la historia, en principio, del desarrollo de Beats, la empresa de audio y streaming que fundaron los superproductores Dr. Dre y Jimmy Iovine. Pero apenas el documental se aleja del reporte económico, lo que se presenta es un fresco imponente de la cultura estadounidense de las últimas décadas y del cambio radical del negocio de la música. A lo que se suman los testimonios de muchos de los artistas que trabajaron con ellos, un seleccionado imbatible: Bruce Springsteen, Bono, Tom Petty, Eminem, Snoop Dogg y Lady Gaga, por nombrar solamente a algunos.

 

Una figura solitaria avanza a orillas del mar, en una exclusiva zona de Los Angeles. Dr. Dre está en el balcón de su caserón y, a medida que la silueta se acerca, confirma que se trata de Jimmy Iovine, el fundador de Interscope Records con el que sostiene una fructífera relación estratégica desde hace más de dos décadas. Los socios y compinches se saludan y, enseguida, están sentados en el sillón con vista al mar, hablando de una propuesta que acaba de recibir Dr. Dre de una marca deportiva para lanzar una línea de zapatillas con su firma. El asunto no le cierra: la moda no es lo suyo. Y, mientras lo escucha, Iovine mastica una frase destinada a convertirse en leyenda marketinera: “Fuck sneakers, you sell speakers”.
La charla, según los protagonistas, no duró más de diez minutos. Escasos pero, en términos económicos, los más valiosos de sus respectivas carreras, porque lo que terminaron alumbrando casi sin proponérselo fue un negocio multimillonario basado en la línea de auriculares Beats by Dr. Dre. “A la mierda las zapatillas, vos vendés parlantes”, efectivamente. El escenario de la industria musical había mutado de manera definitiva con la irrupción de Internet y los MP3. Iovine y Dre eran testigos de cómo se evaporaba frente sus narices el éxito que habían sabido conseguir. Los pesos pesados parecían estar contra las cuerdas hasta que, casi por azar, encontraron en la misma tecnología la llave para volver al centro del ring.
La historia del desarrollo de Beats, la empresa de audio y streaming que terminaron fundando y su posterior venta a Apple en tres billones de dólares es el punto de partida de The Defiant Ones, la serie producida por HBO que ahora también se puede ver en Netflix. Pero sus cuatro capítulos exceden largamente el rubro de los documentales sobre negocios, para convertirse en un testimonio revelador acerca de la vida y la obra de estas dos personalidades encumbradas del mundo de la música. Dirigida por Allen Hughes (Menace II Society, El libro de los secretos), se zambulle de lleno en la biografía de los protagonistas con el testimonio de Bruce Springsteen, Bono, Tom Petty, Gwen Stefani, Snoop Dogg, Lady Gaga y muchos otros.
Todo comienza en 2014, cuando el acuerdo secreto entre Beats y Apple estuvo a punto de irse a pique por la filtración de un video casero en Facebook en el que un Dr. Dre eufórico y pasado de copas se ufana de ser “el primer millonario del hip hop de la costa Este”. La aventura casi termina de la misma forma que había comenzado: accidentalmente. Entre la escena de la playa y la de la bravuconada viral, ubicadas respectivamente al final y al principio de un guión que no sigue necesariamente un orden cronológico, está lo mejor de The Defiant Ones. O sea: cuando Hughes se aleja del reporte económico y el lenguaje publicitario, ofrece un fresco imponente de la cultura estadounidense de las últimas décadas.

OFICIOS TERRESTRES

Con el testimonio de sus familiares directos (la hermana de Iovine, la madre de Dr. Dre, etc.), la narración se ocupa no sólo de los grandes logros, sino también del caldo de cultivo en el que se cocinaron sus sueños. En el caso de Iovine, por ejemplo, hijo de un estibador ítaloamericano del puerto de Nueva York, se muestra el empeño que puso para encontrar un trabajo diferente al paterno, un oficio que le permitiera alimentar su propia vocación. Algo que encontró en 1973 cuando entró al estudio The Record Plant y se topó nada menos que con John Lennon, para trabajar junto a él como ingeniero asistente. De ahí en más desplegó un talento especial, quizás heredado, para sacar cosas de un lugar y acomodarlas en otro.  
En su caso, claro, no se trataba de barcos y mercancías, sino de artistas y canciones. Después de manejar los controles mientras Bruce Springsteen gestaba el consagratorio Born to Run, sus servicios fueron requeridos por Patti Smith, que se disponía a grabar Easter. Como productor del disco, Iovine intuía que le faltaba un potencial single. Entonces invitó a Springsteen a dar una vuelta en auto por Coney Island y lo convenció de que le pasara una canción inédita, “Because the Night”. Y después le comió la cabeza a Smith para que la grabara. Vaya si funcionó. Más tarde, repetiría la operación con otros protagonistas: “Stop Draggin’ My Heart Around”, compuesta por Tom Petty y convertida en hit por Stevie Nicks.
“Nací en Compton, dos semanas después de que mi madre cumpliera 16 años. La relación con mi padre era una mierda. Era un abusador, física y verbalmente. Un drogadicto. Y desapareció de la foto antes de que yo pudiera hablar. Pero la violencia era algo normal”, se presenta Andre Young, más conocido como Dr. Dre. Y algunos de los signos que atraviesan esa marca de origen vuelven una y otra vez, de manera sutil, a la superficie de la docuserie. Entre varios episodios de excesos y exabruptos que eventualmente lo llevaron a la cárcel, el punto más bajo -del que se muestra arrepentido y avergonzado-  es su ataque a Dee Barnes, una presentadora de televisión que describe la agresión en primera persona. 
Pionero de la escena de la costa Este, Dr. Dre repasa sus comienzos con N.W.A., cuando el rap todavía era una mala palabra en los principales canales musicales. Obsesionado con el sonido, se erigió como el productor estrella del gangsta rap, esa movida que empezó como un juego de matones impostados que terminó costándole la vida a Tupac Shakur. Descubridor de talentos como Eazy-E y Snoop Dogg, su influencia decisiva en la historia del hip hop es reconocida por artistas contemporáneos como Kendrick Lamar. La mayoría de ellos dice presente, lo mismo que las figuras con las que trabajó Iovine. Y ese es uno de los atractivos principales del asunto: la riqueza de los testimonios.
La forma en la que aparecen “conectados” unos con otros en una misma secuencia, le confiere al montaje final la extraña ilusión de que las entrevistas fueron realizadas simultáneamente o que, al menos, lo que una persona dice responde a lo que dijo la anterior o viceversa. Un diálogo abierto, coral, en el que participan los músicos involucrados –en un amplio espectro que va de Springsteen a will.i.am– pero también asistentes, ejecutivos y abogados que fueron testigos de los hechos. Son pequeños gestos, miradas y silencios ensamblados con precisión artesanal, que terminan dándole a la narración de Hughes una fluidez tan característica como poco habitual en el universo de los documentales.

ALTA FIDELIDAD

Curiosamente o no, son pocas las escenas en las que Iovine y Dr. Dre aparecen juntos frente a cámara. Y, en buena medida, se trata de imágenes de archivo: el cumpleaños de uno o el casamiento de otro; la presentación de ambos frente a una junta de directivos de Apple. The Defiant Ones describe hasta cierto punto la naturaleza de esa relación tan particular, la forma en la que dos personalidades fuertes y complejas, con talentos y cualidades diferenciados y hasta contrastantes, pueden complementarse, potenciarse, entenderse y, a veces, también disentir. Pero al mismo tiempo deja la sensación de que hay un misterioso equilibrio, un punto de encuentro que solo los protagonistas conocen en profundidad.
Con una trayectoria destacada a sus espaldas, se conocieron a principios de los 90, cuando Dr. Dre rebotaba de una compañía en otra con su disco debut The Cronic bajo el brazo. Cuando finalmente se reunió con Iovine, el director de Interscope quedó maravillado. “¿Quién lo grabó? ¿Quién fue el ingeniero de sonido”, indagó. No sabía quién era Dr. Dre, pero le dio salida a esa obra maestra del hip-hop sin dudarlo. Y también lo incluyó en una ambiciosa estrategia que había trazado para Interscope a partir de una premisa reveladora: “Tengo que encontrar grandes productores y producirlos a ellos”. Los más destacados fueron Dre y Trent Reznor, de Nine Inch Nails, que aportó su cuota industrial para el despegue.
La escudería levantaba vuelo de la mano de artistas nuevos como Marilyn Manson, ese monstruo rockero que crecía bajo la tutela de Reznor. Pero el pico de masividad y controversia lo alcanzarían de la mano de un rubiecito que un cadete del sello había descubierto en una batalla de rap. Una escena al mejor estilo de la serie Vinyl, solo que mucho más creíble y efectiva en términos narrativos. Después de escuchar un cassette casero, Dr. Dre y Iovine lucharon contra viento y marea para convencer a los ejecutivos de fichar lo antes posible a ese animal de la rima llamado Eminem. Un diamante en bruto que el productor de hip hop terminó de pulir en el estudio de grabación. El resto de la historia es conocida.
“Al diablo con esto de los Beats”, protesta Eminem en el episodio final. “Quería que Dre hiciera un álbum, pero en cambio ahora se la pasaba hablando de auriculares”, sigue, para ilustrar el grado de obsesión que había alcanzado. Dr. Dre y Iovine estudiaron todos los productos del mercado y encontraron ciertas carencias en la calidad del audio. “No sabía qué eran los bajos antes de conocerte”, bromea el segundo frente al primero. Tal vez sea uno de los secretos de los auriculares y parlantes que lanzaron con una campaña de marketing agresiva, en la que colaboraron figuras del entretenimiento y del deporte. Fueron moda y tendencia. Impactaron nuevamente en la cultura popular, pero desde otro lugar.
En definitiva, la venta billonaria de Beats al gigante Apple es algo así como la excusa para un relato de más de cuatro horas que se ocupa de los cambios estéticos, sociales, tecnológicos y económicos operados en la música que marcó las últimas décadas. Iovine y Dr. Dre surfearon esas olas, aprovecharon el viento a favor, pero también supieron capear temporales. The Defiant Ones alcanza sus picos emocionales cuando crea la sensación de que la acción transcurre en tiempo real y el espectador está en el lugar de los hechos, presente como un testigo invisible y privilegiado en el instante en el que nace una gran canción, un disco destinado a convertirse en clásico. Una ficción poderosa lograda por los capítulos de un documental fuera de serie.

"Amores bajo fuego" - Gisela Marziotta

Gisela Marziotta habla de su libro Amores bajo fuego

“Era lo que faltaba contar sobre esa época”

La periodista recopiló historias de “romances apasionados en tiempos violentos” con la última dictadura como contexto. “Quise hablar de los vínculos, de las relaciones humanas”, señala Marziotta, que incluyó también entrevistas y poemas.


Amores bajo fuego. Romances apasionados en tiempos violentos son los que recopila Gisela Marziotta en su nuevo libro, que así se llama. Son “historias reales, atravesadas por una coyuntura y un contexto histórico, que aparece mostrado desde otro lado, el lado más amoroso”, define la periodista. Ese contexto es el de la última dictadura cívico militar (aunque hay historias que la atraviesan, y que se extienden desde antes y hasta después de esa época). Y esas historias son las de Clelia Luro y el ex obispo de Avellaneda Jerónimo Podestá, Alicia Alfonsín y Damián Cabandié (los padres del diputado Juan Cabandié), Delia Barrera y Ferrando y Hugo Scutari, Leonor Canelles y Alberto Nadra, Victoria Walsh y Emiliano Costa. Intercaladas con entrevistas (a Rubén Dri, Estela de Carlotto, Daniel Rafecas, Daniel Campione), y con poemas que dan nombre a los capítulos (de Neruda, Gabriela Mistral, Rubén Dario, Alejandra Pizarnik, Mario Benedetti), las historias representan “un recorte mínimo y arbitrario del amor durante los años de odio que vivió la Argentina en los 70”, explica en el prólogo.
  “Nada de lo que hay en este libro es ficción. Cada historia es real, verídica, auténtica. Y única e irrepetible. Se trata de la historia de cinco hombres y cinco mujeres que pusieron el cuerpo para luchar por un amor y defender sus ideas y sus pasiones. Es la historia de diez valientes que, con sus aciertos y errores, se animaron a vivir intensamente”, escribe Marziotta.
–¿Cómo surgió este libro, por qué quiso poner el foco en estos “romances apasionados en tiempos violentos”?
–Me parecía que era lo que faltaba contar sobre esa época. Siempre que se alude a la última dictadura cívico militar, a los 70, se habla de la militancia y solamente se queda en lo ideológico. No se habla de los vínculos, de las relaciones humanas, de lo que pasó más profundamente entre las personas que vivieron y sintieron esos hechos. Y mucho menos de las relaciones amorosas que se daban. Esta vez yo quise hablar de eso.  
–¿Cómo seleccionó las historias?
–Fue muy difícil porque hay millones de historias para contar, y todas están buenísimas. Como digo en el libro, en un punto fue una selección arbitraria entre un montón de posibles historias que tenía. Porque lo primero que hice fue recopilar muchas historias para poder elegir, ahí me di cuenta de que se pueden hacer muchos libros de Amores bajo fuego. Traté de que fueran historias representativas de distintos aspectos de esas relaciones humanas, que tuvieran distintos finales, y que fueran capaces de mostrar distintos sectores de la militancia. Ese fue el recorte que elegí, arbitrario y difícil.
–Hay una que escapa a la época específica de la última dictadura, de la Clelia Luro y el sacerdote Jerónimo Podestá.
–La atraviesa, porque la historia arranca antes, y es una de las parejas que sobrevive a la dictadura. Sería la historia del final feliz. Refleja un vínculo muy especial, único, y es el primer capítulo. No tengo historias preferidas pero sí hay distinto tipo de emociones que me recorrieron de acuerdo a cada historia; y esa es una historia, pese a todo, feliz.
–¿Qué otras emociones aparecieron?
–Fue muy duro escribir el libro; todas son historias reales y están atravesadas por separaciones, dolor, muerte, tortura, secuestros y desapariciones. Muchas veces tuve que parar de escribir porque me angustiaba un montón, también fue difícil hacer las entrevistas durante la investigación. Estoy muy agradecida a quienes se animaron a contar las historias de esta manera, porque significó remover todo el dolor y la angustia junto con los recuerdos. Yo era conciente de eso, pero cuando necesitás la información, tenés que preguntar. Entonces, tenía que saber cuándo seguir preguntando y cuándo parar, y hacía las entrevistas en varios encuentros. Había momentos en que los entrevistados se quebraban y no podían seguir hablando, me pasaba a mí también…
–¿Esa fue la mayor dificultad para hacer el libro?
–Fue muy lindo hacerlo, me encantó hacerlo y lo volvería a hacer, porque tengo más historias para contar. Pero ahora sé que es un trabajo que requiere su tiempo, para parar y volver a empezar. Fueron muchas entrevistas, tuve un equipo que trabajó super bien conmigo (Lucas Bo, Agustina Larrea y Camila Donato), que acompañó mucho, porque había mucho material para leer de las historias, para contextualizarlas. Pero la reconstrucción del vinculo fue lo más complejo, porque si no hablaban los protagonistas, no había forma de tenerlo.
–¿Hubo alguna historia que la haya sorprendido por algún motivo?
–Todas, porque partía de no conocerlas, ni en su desarrollo ni en su final. A medida que me iba metiendo, me iba sorprendiendo con todas. Como dije, no hay historias preferidas: hay emociones diferentes que se despiertan a partir de cada una...
–Al finalizar cada capítulo agrega una entrevista. ¿Por qué?
–Es algo que hice en un libro anterior, Contrato de señoritas, mi primer tema. Ahí termino cada historia con una entrevista a un especialista; cuento historias sobre el aborto y en las entrevistas se desarrolla qué pasa con la legislación en el mundo, qué implica la legalización, etc. Pensé que sería bueno repetir el formato en este libro, agregando una entrevista de un tema que considero que atraviesa el capitulo. Lo que quise que quedara claro es que son historias reales, no hay ningún dato de ficción. Es un libro periodístico, son todos datos reales y pensé que acompañar las historias con una entrevista le daba más rigurosidad al planteo.
–El prólogo es de Víctor Heredia, y allí se suma otra historia, la de su hermana Cristina y Claudio Nicolás Grandi. ¿Cómo surgió?
–Yo quería que esa historia fuera un capítulo más, lo había planteado de entrada de esa manera, y no quería que quedase afuera nada de lo que él me había contado, que era muy rico. Pero luego apareció el problema del espacio (todas las  historias eran buenas, pero había un espacio limitado), entonces lo readaptamos de esta manera que me gustó: como un relato suyo, en primera persona. Son tantas las historias y quedó tanto material afuera, que ya está bastante avanzado el segundo libro.

jueves, 24 de mayo de 2018

"Yo, Encarnación Ezcurra" - Lorena Vega

Lorena Vega en Yo, Encarnación Ezcurra, un unipersonal escrito por Cristina Escofet

El poder y la pasión

Nació y creció en Flores, en una familia de clase media baja que no disponía de dinero extra para consumos culturales. Así que ella empezó a hacer teatro en el barrio, en un curso gratuito. Debutó a los 16 y desde entonces no paró: Lorena Vega ya lleva estrenadas alrededor de treinta piezas teatrales, casi una obra por año. En ese camino actuó, dirigió, enseñó y estuvo en proyectos de los directores más interesantes del teatro porteño, desde Mauricio Kartun hasta, el año pasado, Mariano Tenconi Blanco. Incluso hizo un personaje en La Pelu, el programa de la tarde que solía tener Florencia de la V. En este momento se la puede ver en Yo, Encarnación Ezcurra, un unipersonal escrito por Cristina Escofet, en el que se recrean los últimos días de la mujer de Juan Manuel de Rosas: en la voz poderosa de este ser político atravesado por el amor resuenan las voces de todas las mujeres de la historia política argentina.


Lorena Vega empezó a estudiar teatro a los quince años. A los dieciséis, la profesora la invitó a actuar en una obra. Desde entonces lleva estrenadas alrededor de treinta piezas teatrales, casi una obra por año, lo que da como suma una vida en escena. En ese camino actuó, dirigió, enseñó y estuvo en proyectos de buena parte de los directores más interesantes del teatro porteño: Mauricio Kartun, Alejandro Catalán, Mariano Pensotti, Matías Feldman, Gustavo Tarrío, Guillermo Cacace, Mariano Tenconi Blanco, Santiago Gobernori y otros. En escena es una tromba, una morocha intensa de ojos gatunos y voz grave, de terciopelo. Sus personajes siempre son modulaciones de esa belleza y esa fuerza. En este momento se la puede ver en Yo, Encarnación Ezcurra, un unipersonal escrito por Cristina Escofet, en el que el personaje le sienta como anillo al dedo. Se trata de la recreación poética de los últimos días de quien fue la mujer de Juan Manuel de Rosas. Parece casi la contrapartida impensada a la muy elogiada El farmer, donde Pompeyo Audivert encarnaba a un Rosas ya viejo, recitando las palabras que alguna vez escribió Andrés Rivera. Lorena Vega es aquí su mujer en el declive, la agonía de una vida igual de política que acallada, ignorada, lejos de los libros de Historia y, mucho más, de los escenarios teatrales. 
Este año se reestrena con nuevos bríos y sala llena porque su interpretación, además de ser acompañada por la crítica y el público, no pasó desapercibida para los laureles: se llevó el Premio ACE  a Mejor Actriz en Unipersonal, el Luisa Vehil a Mejor Actriz, además de ser un trabajo destacado en la categoría de Actriz, de los Premio Teatro del Mundo. Lo que se dice un gran momento de reconocimiento, después de un extenso recorrido. Condensación y un nuevo desplazamiento: el mismo que la hace brillar cada noche en escena y la lleva siempre adelante. 

Cine como en el teatro

El 2017 entonces, pareció ser su año: hizo su primer protagónico en cine –El año del león de Mercedes Laborde, que está girando por el mundo y muy pronto llegará a nuestras pantallas–, por primera vez le puso el cuerpo a un unipersonal con Yo, Encarnación Ezcurra y encabezó uno de los mayores sucesos de público del off: Todo tendría sentido si no existiera la muerte, de Mariano Tenconi Blanco. Allí era el corazón de la  obra interpretando a una maestra de pueblo que al borde de la muerte se decidía a actuar una película pornográfica. La pieza duraba además tres horas de duración en los que el tiempo se esfumaba.
Pero mucho antes de todo esto, Lorena Vega creció en una familia humilde en el barrio de Flores, en la que el teatro era completamente ajeno. Su primer imagen vinculada a eso es una salida a la Feria del Libro, en compañía de los padres de una amiguita del barrio que “eran más jóvenes, y culturales.” Allí, vio una obra por primera vez: “Lo que recuerdo es el impacto enorme de que exista algo tan bello y emocionante”. Pasó casi una década hasta que algo de eso le llegara otra vez. 
Ella cuenta: “En mi casa no se veía teatro, pero sí películas. Las figuras del cine me resultaban familiares, las veíamos en la tele los ciclos de sábados por la tarde. Tengo dos influencias: por el lado de mi mamá y su hermana me llegó Hollywood, ellas eran fanáticas de ese cine, siempre valorando cómo vestían, enamoradas de los galanes, consumidoras de clásicos que tengo muy presentes y evoco para actuar. Y después por el lado de mi papá y su madre, me llegó la farándula local. Eran tangueros, sabían de actores y cantantes. Los domingos cuando almorzaban se ponían a decir dónde vivía cada artista, iban haciendo un mapa, como un Google Maps verbal, y decían ‘en tal esquina vivía Tito Lusiardo, hacías dos cuadras y estaba tal otro’. No se por qué hacían eso, pero era divertido”. 
En plena adolescencia una amiga le propuso ir a tomar clases de teatro en un lugar por el barrio, gratuito. “Creo que si me hubiera dicho que había un taller de guitarra hubiera ido igual” se ríe Lorena: “Porque lo que tenía era una necesidad muy grande de hacer algo que me cambiara, me sacara de lo previsible, la rutina. Yo vengo de una familia de bajos recursos en la que no había una posibilidad de tener un resto para hacer un consumo cultural. Yo les pedía a mis viejos desesperadamente que me llevaran a clases de danza y nunca lo hicieron. En fin, cuando fui a ese curso me di cuenta de que eso era lo que quería hacer en la vida, fue notable. Iba los lunes y no faltaba nunca, todo el tiempo quería que fuera lunes de nuevo. Rápidamente mi profesora me invitó a actuar en una obra al año siguiente. Con algunas idas y vueltas a partir de ahí no dejé nunca el teatro.”
Los maestros fundantes de esta actriz son Nora Moseinco, Ciro Zorzoli, Alejandro Catalán y Guillermo Angeleli. Un arco interesante, variado, siempre potente. La primera y con la que más tiempo estuvo fue Moseinco, su estudio se convirtió en un lugar de pertenencia, donde encontró un código y un lenguaje que le era totalmente afín. Conoció la improvisación y pudo entrenar la idea de mirar de otra manera la escena. Ella la alentó a definir su vocación como profesora de teatro y después la empujó a hacerlo sola. Algo que sigue haciendo hasta hoy.

RH Positivo

Fue en ese período conoció a dos actores con los que además de actuar se dio la idea de formar un grupo: Valeria Lois y Juan Pablo Garaventa, con los que armó el mítico Grupo Sanguíneo, que duró nueve años en los que hicieron tres obras muy celebradas: Capítulo XV, Afuera y Kualalumpur. El inicio de su recorrido de actriz fue ahí: “Capítulo XV la hicimos en 1998. Fue una creación propia, nos autodirigimos. Después hicimos otras con Gustavo Tarrío. Era una comedia dramática donde yo construía una escritora que se quedaba ciega, Con mi hermana nos disputábamos el amor de mi editor. El problema de estas dos hermanas estaba escrito por un checo, que era Martín Piroyansky que en ese momento ¡era un niño! Una obra hermosa, que hicimos mucho tiempo, en Gandhi, en el Centro Cultural Recoleta. Un éxito y teníamos gente que nos seguía con mucho amor.”
Luego viene una seguidilla de obras notables, siempre rodeada de pares, amigos, una generación de actores y directores en ciernes. El unipersonal que integró el espectáculo SOLOS dirigido por Alejandro Catalán: una dama de alcurnia al borde de la muerte, creado a partir de improvisaciones, siguiendo el modelo de Joan Crawford en el film Johnny Guitar. Uno de los personajes de más alcance de Lorena fue la agente de policía que creó para teatro y que exportó solito a la TV. “En Amor a tiros, de Bernardo Cappa compuse a la Sargento Valentino. Con ese personaje fui a un casting a La pelu, un programa de Flor de la Ve. Lo hice por una única vez, pero ella dijo que quería que siguiera yendo y terminé estando dos años en ese programa. Tenia eso de tomar cualquier situación imprevista y jugarla desde la lógica del personaje, que ya tenía incorporada.” No por nada Lorena Vega, además de divas, nombra como modelos a capocómicos, comediantes de los programas de TV de cuando ella era chica. “El negro Olmedo, los del programa Hiperhumor, es algo que absorbí un montón, una influencia en relación al humor, que estuvo presente en mi abordaje actoral siempre.” 
Pero quizás el personaje que la consagró como una de las principales nuevas actrices argentinas fue su Salomé, el protagónico en Salomé de la chacra, de Mauricio Kartun. Esa obra, estrenada en el Teatro San Martín, puso a Lorena en los ojos de un público muy exigente. “Es un trabajo que marca un punto de giro para mí. Por trabajar en una obra escrita por Kartun, por el grupo de actores, por el abordaje de ese texto tan poético y de una sintaxis tan compleja y por las implicancias que tenia la obra. Era un nuevo trabajo del maestro, en el Teatro San Martín. Llegué a través de un casting para el que preparé durante semanas los dos monólogos centrales. Durante varios días venían amigos a verme hacer pasadas. Todo eso dio sus frutos porque después me llamó y me dijo, ‘estoy seguro de que quiero que lo hagas vos’. ¡Pero hay que responder a eso! Mauricio es un gran DT teatral: le gusta ver la propuesta de cada actor y arma las condiciones para que uno dé las propuestas, tiene un oído fino para cada uno. Todo era muy desafiante y nuevo para mí. Muchas veces fui la más insegura, pero mis compañeros me alentaron, contuvieron y me dieron mucha confianza en el proyecto.” Y no es para menos. Su Salomé fue inolvidable. Sensual, libertina, chabacana, una femme fatale peronista que dejaba todo en el escenario, en un trabajo exquisito, de esos en la que todo se combina y conspira para lograr una pieza mayor.

El teatro está vivo

El año pasado y éste Lorena fue María en Todo tendría sentido si no existiera la muerte, una maestra de escuela que al enterarse de que tiene una enfermedad terminal decide, como última voluntad, filmar una película pornográfica. “Si yo tuviera dinero, pediría que me congelen y me despierten cuando ya sepan cuál es el sentido de la vida” decía en la primera escena, anticipando que la búsqueda de sentido para esa obra iba a ser así, disparatado, radical. Responsable de un abanico inmenso: desde la fragilidad de un cuerpo muy enfermo va hacia la picardía, el desenfado, en una actuación precisa, lúdica y de enorme creatividad. 
Y es quizás la fragilidad de ese cuerpo, la fuerza en la debilidad, la experiencia en la batalla, la que se retoma en Yo, Encarnación Ezcurra, la pieza dirigida por Andrés Bazzalo.  Allí encarna a la que fue mujer de Rosas y su artífice en la sombras. Una figura opacada por la historia oficial, pero de gran atractivo. En la obra nos encontramos con ella en los últimos momentos de su corta vida, recluida en una habitación, sola y obsesa con el pasado: el intenso amor que la unió a Rosas y el poder que la ha abandonado. Lee la correspondencia que mantuvo con su marido en el desierto. ¿Qué resonancias aparecen ante la voz de esta mujer, un ser político y atravesado por el amor? Sin decirlo, otras mujeres de la historia política argentina reciente y no tan reciente aparecen en escena. Como fantasmas, como susurros. 
El monólogo se alterna con música en vivo compuesta por Agustín Flores Muñoz, guitarras, bombos y voces hacen una recreación de los climas de época. Y el resultado es un trabajo profundamente conmovedor en el que Lorena Vega despliega todas las haces de su arte: es pícara, mandona, frágil, potente, a veces una indescifrable chamana, otras una capataza bestial. 
Dentro de poco Lorena dirigirá Imprenteros, en el Centro Cultural Rojas, donde su familia –que nunca iba al teatro– será llevada a escena. Y también protagonizará en el Teatro Nacional Cervantes junto a  Valeria Lois –su hermana teatral– La vida extraordinaria de Mariano Tenconi Blanco, veinte años después de su primera obra juntas. Una nueva condensación y un nuevo desplazamiento en el camino de esta actriz que parece seguir y seguir siempre ir hacia delante, el camino imprevisible de una vida escena.

Philip Roth

A los 85 años, murió el escritor estadounidense Philip Roth

La genial inmersión de lo literario en la realidad

Autor de Pastoral americana, La lección de anatomía y El mal de Portnoy, entre muchos otros títulos, fue uno de los grandes de la literatura del siglo XX. Uno de esos escritores que hacían que la ficción pudiera abarcarlo todo.


Goodbye, Philip, el último novelista vivo de una luminosa generación de escritores estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX. La literatura se lo permitió todo: la impúdica e hilarante diatriba de su personaje Alexander Portnoy con su psicoanalista o el grito de un neurótico desesperado: “¡No dispare, soy un escritor serio”, de Nathan Zuckerman, un novelista que podría ser la cruza perfecta entre Peter Pan y Franz Kafka, un judío culto, angustiado y cómico a su pesar, una suerte de alter ego elevado a la enésima potencia porque parece más “real” que sus demiurgos, tan encantador como polémico, que apareció en novelas como las que integran la Trilogía americana –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000)– y también en La visita al maestro (1979), Zuckerman desencadenado (1981) y La lección de anatomía (1982). Lo que no le dio la literatura –o más bien la mezquindad de “voces autorizadas” que serán tragadas por el olvido– fue el Premio Nobel de Literatura. Quizá haya sido mejor así. Ahora está en muy buena compañía junto a “los sin Nobel”  como Jorge Luis Borges, James Joyce, Kafka y Virginia Woolf, entre otros. Ha muerto Philip Roth, el martes por la noche en Manhattan, a los 85 años, a causa de una insuficiencia cardíaca.
Philip Milton Roth había nacido el 19 de marzo de 1933 en Newark (Nueva Jersey), la mayor de las ciudades al otro lado del río Hudson que muchos años después, en la década del 60, sería uno de los escenarios de la confrontación racial. Era el segundo hijo de Herman y Bess Roth, una familia judío-estadounidense que había emigrado de la región ucrano-polaca de Galitzia. Después de la educación secundaria, Roth fue a la Universidad de Bucknell, donde comenzó un doctorado en Filosofía que nunca terminó. Cambió de rumbo y se fue a la Universidad de Chicago, donde alcanzó una maestría en literatura inglesa y comenzó a enseñar escritura creativa. En Chicago conoció a Saul Bellow (1915-2005), a quien admiró con devoción y de quien fue amigo –“a diferencia de aquellos como nosotros que arribamos al mundo aullando, ciegos y desnudos, Mr. Roth aparece de entrada con uñas, pelo, dientes, hablando coherentemente y escribiendo como un virtuoso”, afirmó Bellow– y a Margaret Martinson, quien se convertiría en su primera esposa, una mujer a la que se la definió –cultura de machos alfa mediante– como inestable y colérica, que no controlaba sus emociones, bebía mucho y era una mentirosa compulsiva. Lo cierto es que fue una relación destructiva en la que hubo un intento de suicidio de ella y necesidad de psicoanalizarse por parte de él para superar los traumas que le dejó ese matrimonio que se extendió entre 1959 y 1963, años que coinciden con la publicación de la novela corta y los cinco relatos de Goodbye, Columbus (1959) –con el que ganó el prestigioso National Book Award en 1960– y su primera novela Deudas y dolores (1962). Esta experiencia inicial dejó una marca indeleble que fue capitalizada a través de varios personajes femeninos del escritor como Maureen Tarnopol en Mi vida como hombre (1974) y Mary Jane Reed en El mal de Portnoy (1969). 
Nadie como Roth para tensar las fronteras entre la realidad y la ficción. Las tensiones estallarían para desplegar un halo de polémica que siempre acompañaría al escritor. El tratamiento sarcástico de la sexualidad de Alexander Portnoy, un masturbador compulsivo obsesionado con su madre, puso en pie de guerra a un grupo de rabinos que lo acusaron de antisemita. Las feministas lo criticaron por ser un flagrante misógino. Hacer “la gran Roth” sería amotinarse para continuar demostrando en el campo de batalla de la escritura –una lucha a brazo partido que abandonó en 2012, cuando anunció para asombro de muchos que ya no tenía nada más que escribir– que “la literatura no es un concurso de belleza en el plano moral”. El escritor estadounidense fue “feo, sucio, malo e irreverente”. El New Yorker calificó a El mal de Portnoy como “uno de los libros más sucios jamás publicados”. Empujó tan lejos el elemento cómico y escribió ese monólogo en un tono tan subversivo y “confesional” –acaso influido por la lectura de J. D. Salinger– que causó un profundo escándalo en la sociedad norteamericana. Casi de la noche a la mañana, el escritor se convirtió en alguien famoso a quien los lectores increpaban por la calle, confundiendo escritor con personaje: “¡Eh, Portnoy, déjatela en paz!”. Después le ocurriría lo mismo con Nathan Zuckerman.
Claudia Roth Pierpont, periodista y biógrafa del escritor, autora de Roth desencadenado, ha leído todos los libros de Roth, dos veces por lo menos cada uno, y cuenta que no entiende por qué lo califican de misógino. “Es cierto que contienen descripciones sexuales masculinas muy honestas, pero en ellos también encuentras grandes personajes femeninos”, opina la biógrafa, que se considera feminista. “Las novelas de Roth están llenas de personajes femeninos que son terribles y divertidos, pero también de personajes masculinos que son igualmente terribles y divertidos. A veces pienso que esa acusación proviene más del mundo en el que vivimos que de los libros. Me recuerda a las acusaciones que recibieron sus primeros trabajos por parte de la comunidad judía, que por aquel entonces estaba muy nerviosa y no aceptaba las bromas porque en aquel momento se encontraba en una posición demasiado vulnerable. Eran los 50 y los 60, la guerra y algunas experiencias terribles quedaban demasiado cerca y la sensación general era que la ropa sucia se lava en casa. Con las críticas de las mujeres creo que pasará algo parecido. Sus personajes femeninos no son santas, pero es que Roth no sería un buen escritor si sus personajes fueran unos santos”. 
Harold Bloom –que aseguró que el chorro de creatividad de Roth es “casi shakespeareano”– lo incluyó en una suerte de Olimpo de la literatura estadounidense junto a Don DeLillo, Thomas Pynchon y Cormac McCarthy, tres narradores que ya han superado los 80 años. “En términos de diseño total y de inventiva y de originalidad, creo que Philip es lo que está más cerca de lo mejor”, subrayó Bloom. Más allá de esta especie de unción canónica, el héroe de Newark construyó su apabullante obra con la convicción de que desde el territorio omnipresente de la ficción podría abarcarlo todo: la gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, el macartismo, la hipocresía moral, la paranoia colectiva, los ideales americanos y la traición, el fanatismo político, la identidad personal, la familia y el sexo. Aunque quizá sea una empresa inútil intentar capturar el estilo literario de Roth, seguramente se podría establecer una especie de núcleo duro de coincidencias en torno a una cuestión: la inmersión de lo literario en la realidad, que encarna en Nathan Zuckerman, ese alter ego que en un juego de metaficción es creado por otro alter ego, Peter Tarnopol de Mi vida como hombre. Lo más significativo es que Zuckerman no es el foco narrativo unívoco donde se refugió Roth, sino que devino una suerte de catalizador polivalente a través del cual otros exponen sus historias. Lo eligen a él para que sea el narrador. Rodrigo Fresán propone una certera interpretación cuando reseña la reedición de Zuckerman encadenado: “De ahí que no sea arriesgado afirmar que Roth se encuentra a sí mismo recién cuando encuentra a Zuckerman. Y que estas primeras entregas funcionan como una educación sentimental y cerebral no sólo de un personaje, sino, también, de la persona que mueve sus hilos a menudo confundiendo vida y obra en pos de lo que el mismo Roth definió como ‘la creación de espejos del yo’”. No viene mal recordar que la importancia de Zuckerman excede incluso las páginas que escribió el estadounidense. Hay un breve cameo intertextual de Zuckerman en El suelo bajo sus pies, novela del británico Salman Rushdie. En esos “espejos del yo” se reflejan, como en un loop visual inconcluso, un Zuckerman que es Roth y un Roth que es Zuckerman. En Engaño (1990), probablemente una novela “menor” si la compara con otras, hecha en base a diálogos, un escritor llamado Philip que escribe un libro de un tal Zuckerman y tiene un relación con una dama inglesa con la que mantiene los diálogos, hay quizá una “declaración de principios” literaria: “El capricho es lo que hay en el fondo de la naturaleza de un escritor, exploraciones, fijaciones, aislamiento, malignidad, fetichismo, austeridad, frivolidad, perplejidad, infantilismo, etcétera. La nariz en la costura de la prenda interior… ésa es la naturaleza de la vida del escritor”.
Roth hundió la nariz en la costura de la prenda interior del sueño americano para pulverizarlo, como lo hizo en la excepcional Pastoral americana, y ganó el Premio Pulitzer en 1998. El “Sueco” Seymour Levov, el protagonista de la novela, es el paradigma del triunfador, un excelente atleta que se casó con una Miss New Jersey 1949, con quien tuvo una hija, Merry, una joven tartamuda que en 1968 se une a un grupo político opuesto a la intervención norteamericana en Vietnam. ¿Qué sucedió para que Merry cometiera tres asesinatos? La pregunta martiriza al Sueco: “¿Odiar a Estados Unidos? ¿Por qué? Él vivía en Estados Unidos como vivía dentro de su piel. Todos los placeres de sus años jóvenes fueron placeres norteamericanos, su éxito y su felicidad fueron norteamericanos, y no tenía necesidad de seguir manteniendo la boca cerrada sólo para reducir el odio de su hija ignorante. Qué solitario se sentiría sin sus sentimientos norteamericanos”. Roth incurrió en la insoportable corrección política, en La mancha humana, una de las peores epidemias de principios de este siglo, para narrar cómo se resquebraja la reputación de Coleman Silk, un profesor maduro y culto que pregunta si dos de los estudiantes que suelen faltar se han desvanecido como “humo negro”. La expresión poco afortunada es convertida en un ataque racista por uno de los estudiantes y desata un calvario sobre Coleman que lo hunde en la destrucción. Roth hundió su nariz en el duelo intolerable que implica ser testigo de la agonía y la muerte de su padre en Patrimonio (1991). Roth hundió su nariz en las regiones más oscuras de las experiencias humanas, como en La conjura contra América (2004), donde explora lo que hubiera pasado con una familia de origen  judío como los Roth si en las elecciones de Estados Unidos un candidato republicano filonazi, antisemita y aislacionista, como el popular aviador Charles A. Lindbergh, le hubiese arrebatado la victoria a Franklin D. Roosevelt en 1940.
   Cómo no acordar con Eduardo Lago cuando advierte que “de Philip Roth se podría afirmar lo que dijo Borges a propósito de Quevedo: ‘No es un escritor, es una literatura’”. Una literatura que segregó más de treinta libros y se despidió con Némesis (2010), la última novela que publicó, que transcurre durante la epidemia de polio que asoló a Estados Unidos en 1941. En 2011 ganaría el Man Booker International por el conjunto de su obra y en 2012 obtendría el entonces llamado Príncipe de Asturias de las Letras –hoy rebautizado Princesa de Asturias–, el mismo año en que anunció que dejaría de escribir. No pudo asistir a la ceremonia en Oviedo por una operación en la columna vertebral. Pero envió unas palabras de agradecimiento. “Soy un escritor estadounidense. La historia de los Estados Unidos, las vidas estadounidenses, la sociedad estadounidense, los lugares estadounidenses, los dilemas estadounidenses –la confusión, las expectativas, el desconcierto y la angustia estadounidenses– constituyen mi temática, como lo fueron para mis predecesores estadounidenses durante más de dos siglos. ¿Qué pueden significar mis historias estadounidenses para los lectores españoles? ¿Cómo puede mi retrato de la vida de los estadounidenses en novelas mías como Pastoral americana, Me casé con un comunista o La mancha humana competir con la representación estereotipada, excesivamente simplificada de los Estados Unidos que nubla la percepción de mi país en casi todas partes? ¿Puede una obra de ficción estadounidense –escrita por mí o por cualquiera de mis más que dotados contemporáneos– penetrar en una mitología de los Estados Unidos que está arraigada, en tantos ámbitos, en una acérrima animadversión política? –se preguntaba Roth–. Me imagino que la concesión de este premio –así como su concesión varios años atrás a mi amigo estadounidense Paul Auster– sugiere una esperanzadora respuesta afirmativa. Sí, una obra de ficción estadounidense seria es, efectivamente, capaz de atravesar la ignorancia, la mentira y la superstición sin sentido que generalmente se combinan para mantener a raya la enorme densidad de la verdadera realidad estadounidense. ‘¡Mira’, puedo decirme ahora, ‘hay algún lugar donde he conseguido hacerme comprender!’ Y si ese fuera el caso, nada me haría más feliz”.
   Roth era el último de los gigantes de las letras americanas del siglo pasado –junto a Bellow y John Updike (1932-2009)–, una figura central de la narrativa judía-estadounidense al lado del propio Bellow, Bernard Malamud (1914-1986) y Norman Mailer (1923-2007). En 2012 anunció una decisión que había madurado dos años antes: tomó conciencia de que había dado lo mejor de sí y que no volvería a escribir. “Ya no poseía la vitalidad mental, ni la energía verbal o la forma física necesarias para construir y mantener un largo ataque creativo de cualquier duración sobre una estructura tan compleja y exigente como una novela”. Entonces eligió una frase para pegar en su computadora: “La lucha con la escritura ha terminado”.  En enero de este año se publicó la última entrevista que le hizo Charles McGrath en The New York Times. Todavía no había cumplido 85 años. “Dentro de unos meses dejaré la vejez para entrar en la vejez profunda y adentrarme cada día un poco más en el temible Valle de las Sombras. Me asombra encontrarme todavía aquí al final de cada día. Cuando me acuesto por la noche, sonrío y pienso: ‘He vivido un día más’. Y vuelve a ser asombroso despertarme ocho horas después y ver que ha llegado la mañana del día siguiente y sigo estando aquí. ‘He sobrevivido otra noche’, y la idea vuelve a hacerme sonreír”, comentaba el escritor que arremetió contra el presidente Donald Trump. Nadie podría haber previsto la “catástrofe” que vive su país, “la commedia dell’arte de un bufón presumido”. Ni siquiera Charles Lindbergh de La conjura contra América es comparable con el actual presidente. “Trump es un fraude masivo, la suma malvada de sus deficiencias, vacío de todo, salvo de la ideología hueca de un megalómano –argumentaba Roth–. Qué naíf fui al creer en 1960 que era un estadounidense que vivía en tiempos ridículos”.

miércoles, 23 de mayo de 2018

San Nimatullah Al – Hardini

San Nimatullah Al – Hardini 

 El «santo» de Kfifan, sacerdote y monje maronita Nimatullah Al-Hardini («Gracia de Dios «), un hombre de Dios, pastor de almas y profesor de teología, querido también por musulmanes y drusos.

Muy atento al mosaico de la comunidad libanesa, no hacía distinción entre musulmanes, drusos o cristianos en su misión, nació en Hardine (al norte de Líbano) en 1808 en una familia de cristianos maronitas con seis hijos.   De 1816 a 1822 frecuentó en Houb la escuela del monasterio de San Antonio de la Orden maronita libanesa. A los 20 años entró como seminarista en el Monasterio de San Antonio en Qozhaya y eligió llamarse Nimatullah.

Pronunció los votos solemnes el 14 de noviembre de 1830.- Tras concluir sus estudios teológicos, fue ordenado sacerdote en Kfifane el 25 de diciembre de 1833.  Nimatullah Al-Hardini fundó en Kifkan y más tarde en Bhersaf la escuela llamada, según la tradición, «Escuela bajo la encina» para instruir gratuitamente a la juventud.

Sufrió con su pueblo las dos guerras civiles de 1840 y 1845, que prepararon los sangrientos acontecimientos de 1860, cuanto muchos monasterios fueron incendiadas, muchas iglesias fueron devastadas y numerosos cristianos maronitas masacrados.   Aquella etapa fue decisiva en su espiritualidad; la situación civil en Líbano, en general, bajo el régimen Otomano fue tan difícil como la de la Iglesia maronita y la de su Orden.

Su  lema: «El más inteligente es el que puede salvar su alma», que no cesó de repetir a sus hermanos de comunidad.  Pasaba días y noches en adoración eucarística; gran amante de la Virgen, rezaba incesantemente el Rosario.

Tenía especial devoción al misterio de la Inmaculada Concepción –dogma que la Iglesia confirmó en 1854--; fundó 16 altares consagrados a la Madre de Dios, uno de los cuales, en el monasterio de Kfifan, fue llamado tras su muerte «Nuestra Señora de Hardini».   A los 43 años de edad, fue nombrado por la Santa Sede Asistente General de la Orden durante tres años, por su celo en la observancia irreprensible de las reglas monásticas. Dos veces más se le confió esta tarea.

Sin embargo, por su humildad rechazó ser nombrado Abad General. En el ejercicio de su cargo en la Orden se mantuvo suave en las palabras y en el modo de actuar. Residía con otros asistentes del Padre General en el monasterio de Nuestra Señora de Tamich, la Casa General de la Orden, pero no dejó de acercarse al monasterio de Kfifan para la enseñanza, para su trabajo de encuadernación, realizado en espíritu de pobreza, con especial atención a los manuscritos litúrgicos.

Tras diez días de agonía, murió el 14 de diciembre de 1858 a los 50 años de edad con un icono de la Virgen entre sus manos e invocándola: «Oh, María, os confío el alma mía».  Sus hermanos de comunidad percibieron una luz resplandeciente en su celda y el perfume que la inundó durante varios días. Su causa de beatificación se presentó en Roma en 1926 junto a la del monje Charbel (canonizado en 1977) y la de Santa Rafqa, monja libanesa maronita canonizada en 2001.-Nimatullah Al-Hardini fue beatificado el 10 de mayo de 1998.

El pueblo de Nimatullah es un pueblo que ha vivido siempre en su historia una Semana Santa continua. Y para vencer la desesperación, ha seguido el camino de la esperanza.  La canonización de Nimatullah  (hoy  16 mayo 2004) es una carta abierta dirigida al Líbano, que ha sufrido mucho, y a los libaneses, que tienen necesidad de paz, y a la martirizada tierra de Oriente Medio

San Isidro Labrador

San Isidro Labrador

La vida de Isidro nuevamente pone sobre el tapete una indiscutible realidad: para ser santo basta con amar en todo momento. No hay más. Cualquier otro afán que no esté regido por ello se deslinda de ese camino. Lo que viene llamando la atención en él desde hace siglos fue que, siendo tan escasa su notoriedad, inmediatamente después de morir fue aclamado por las gentes que habían visto en su conducta cotidiana los rasgos de la santidad. Posteriormente, con visos de rigor o movidos por antiguos criterios hagiográficos tendentes a magnificar retazos de su acontecer, se han ido sumando páginas ensalzando virtudes que hicieron de Isidro uno de los personajes históricos más queridos de Madrid, ciudad de la que es patrón. De su memoria ha quedado fehaciente constancia en la arquitectura y en la pintura, entre otras artes. En muchos rincones de la capital de España hay vestigios del fervor que suscita. Simplemente esto da que pensar. No se tributan a cualquiera tantos honores.

Juan Diácono sintetizó su existencia en seis páginas en su Vita Sancti Isidoro, redactada en el siglo XIII. Nació Isidro de Merlo y Quintana en Madrid a finales del siglo XI, puede que hacia 1082, en una humilde casa cercana a la iglesia de San Andrés. Sus padres eran cristianos mozárabes fieles a la fe que le inculcaron. Entonces Madrid era una modesta Villa que al ser conquistada por los almorávides obligó a muchos a huir. Uno de ellos fue Isidro, cuyo primer oficio había sido el de pocero. Al llegar a la localidad madrileña de Torrelaguna comenzó a ganarse la vida como labrador. Era un hombre humilde y sencillo, de gran corazón, que enamoró a María Toribia, con la que se desposó. Ella, también canonizada, es conocida con el nombre de santa María de la Cabeza. Después de pasar por Caraquiz y Talamanca, la pareja se asentó en Madrid. Isidro retornó al campo si bien no poseía tierras que cultivar, sino que estaba al servicio de Juan de Vargas al que conoció en Talamanca. Juan era una especie de terrateniente, dueño de hectáreas extendidas por las riberas del Manzanares así como por barrios y aledaños de la ciudad, como los Carabancheles Alto y Bajo, Getafe, Jarama… En casa de Vargas nacería Illán, hijo de Isidro y de María, y en ella fue objeto de uno de los numerosos milagros que se atribuyen al santo ya que la familia había establecido su morada en ese palacio. El niño era muy pequeño cuando en un descuido se cayó al pozo, con la natural conmoción de su madre. Conocedor del hecho su padre, al regresar de su trabajo suplicó a la Virgen de la Almudena su mediación. Entonces el agua subió llegando casi a rebasar el borde del pozo lo cual le permitió extraer a Illán sin rasguño alguno.

Isidro era especialmente devoto de la Eucaristía y de la Virgen. No fue hombre versado. No conoció más paisajes que las pocas localidades que recorrió y la majestuosidad de una naturaleza que le hablaba de Dios. Así se doctoró humana y espiritualmente. La paciencia, el tesón, la generosidad, la constancia, la esperanza, la belleza…, todas las virtudes brotaban en su entorno enhebradas de silencios, rotos únicamente por la inigualable sinfonía que le acompañaba: el murmullo del agua, el trinar de las aves o el susurro del viento. Todo era imagen de Dios. Y María acunándole desde su trono en la Almudena y en Atocha. Su camino hacia la santidad lo efectuó desde el anonimato y la sencillez de una vida colmada del amor a Dios, rubricada por la honestidad en cada uno de sus actos: responsabilidad en el hogar y en el trabajo, abnegación con todos… Un sentimiento hondo de gratitud y paz en medio de la humilde tarea que llenaba muchas de sus horas: uncir los bueyes, cuidado de los animales, poda de rastrojos, vendimia, siembra, cosecha, etc. Su conducta quedaba realzada en medio de una sociedad dada a vivir con largueza, sumida en ciertas costumbres alejadas del Evangelio. Digamos que los gestos del santo denunciaban vicios que dominaban a la clase civil y a la eclesiástica. El pueblo llano siempre ha sabido distinguir de forma natural la grandeza de una vida que se derrama sin estridencias, pero que está ahí, haciendo germinar en derredor multitud de bendiciones, marcando la brújula de la verdad divina.

Gregorio XV dijo de él: «nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la Santa Misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima». Todos se percataban de su piedad, bondad y caridad con los pobres. Su fe era tanta que alguna vez, según narra la tradición popular, los ángeles acudieron a reemplazarle en su tarea, arando las tierras para que pudiera asistir tranquilo a misa sin faltar a su trabajo. El hecho, que forma parte de su proceso de canonización, fue contemplado por un atónito Juan de Vargas que acudió a comprobar su rendimiento laboral ante alguna denuncia que debió llegar a sus oídos en contra de Isidro. Este milagro ha sido recogido por la iconografía; es, por ello, uno de los más conocidos que se le atribuyen al santo, en cuya causa se contabilizaron más de cuatrocientos. Otros prodigios los compartió con su santa esposa, como cruzar el río Jarama sobre una mantilla. Murió en Madrid el 15 de mayo de 1130. Fue sepultado en el cementerio de San Andrés, de cuya parroquia era diácono Juan, redactor de su vida. A través de una revelación divina en 1212 se descubrieron sus restos, constatándose que su cuerpo estaba incorrupto. Desde entonces se le considera patrón de Madrid. Pablo V lo beatificó el 14 de junio de 1619. Y Gregorio XV lo canonizó el 12 de marzo de 1622, pero al fallecer éste, hubo que esperar al 4 de junio de 1724 fecha en la que Benedicto XIII expidió la bula de canonización. Aquél gran día de 1622 en la gloria de Bernini se encumbraba a los altares a un humilde campesino junto a estas grandes figuras de la Iglesia: Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús y Felipe Neri. El 16 de diciembre de 1960 Juan XXIII declaró a Isidro patrón de los agricultores y campesinos españoles.

Santa Gemma Galgani

Santa Gemma Galgani

El 12 de abril de 1903 fue sepultada Santa Gemma Galgani, una de las santas modernas más famosas. Había nacido en Lucca, Italia en 1878. Su padre murió de tuberculosis y esta enfermedad se la transmitió a la hija y la hizo sufrir terriblemente durante toda su existencia. Al morir su padre, la niña quedaba muy desprotegida, pero una familia muy católica la recibió en su casa y la atendió siempre con especial cariño. Gemma fue dirigida espiritualmente por un Padre Pasionista, y por orden de su director espiritual escribió los fenómenos espirituales que le sucedían.
Dice así en sus memorias: "En el año 1899, de pronto sentí un profundísimo arrepentimiento de todos mis pecados y se me apareció Jesucristo con sus cinco heridas y de cada una de ellas salían como llamas de fuego que vinieron a tocar mis manos y mis pies y mi pecho, y aparecieron en mi cuerpo las cinco heridas de Jesús".
Desde 1899 tuvo permanentemente las cinco heridas de Jesús Crucificado que ella ocultaba cuidadosamente. Sus manos las cubría con unos sencillos guantes. Desde entonces, cada semana, desde el jueves a las 8 de la noche hasta el viernes a las tres de la tarde, aparecían por toda su piel las heridas de los latigazos y en la cabeza las heridas de la corona de espinas y sentía en el hombro el peso de una gran cruz que le producía dolor y heridas y la hacía encorvarse dolorosamente. Gemma es patrona de los que sufren graves enfermedades y tentaciones, pero que quieren ofrecer todo por Dios y por la salvación de las almas. Gemma le venía pidiendo a Dios con oraciones, misas, comuniones y sacrificios, que se convirtiera un tabernero que se emborrachaba y hacía emborracharse a muchos más.
Un día, los que estaban en el templo oyeron en un confesionario que un hombre lloraba fuertemente. Era el tabernero que había venido a confesarse muy arrepentido y en adelante vivió santamente. Porque la oración y el sufrimiento que se ofrecen a Dios nunca quedan sin conseguir conversiones y salvación para otros. 
El Sábado Santo 11 de abril de 1903 cuando apenas tenía 25 años, Gemma Galgani, sencilla mujer seglar que con sus sufrimientos había tratado de pagarle a Dios sus propios pecados y los de muchos otros, voló a la eternidad a recibir el premio de sus sufrimientos y del gran amor que tuvo siempre a Jesucristo y a la Santísima Madre de Dios. El Papa Pío XI la declaró beata apenas 30 años después de su muerte (en 1933). Pío XII la canonizó en 1940