domingo, 24 de septiembre de 2017

La Antártida, el último deshielo

La Antártida, el último deshielo

Debido al calentamiento global, dentro de poco podremos surcar el Ártico en un crucero. Al otro lado del planeta —en el polo opuesto, para ser más exactos—, masas de hielo de gran tamaño se están desprendiendo lentamente de las plataformas glaciares y convirtiéndose en un riesgo. Es síntoma de que el último gran deshielo ya ha comenzado, lo cual podría suponer una de las mayores catástrofes para el planeta.

 El cambio climático no es un fenómeno nuevo. Si bien en la actualidad tenemos infinitos recursos que nos ponen al día sobre el calentamiento global, también lo es que todavía se encuentra a su paso con muchos detractores. Corría el año 2006 cuando se estrenó el documental Una verdad incómoda, basado en la campaña del exvicepresidente de Estados Unidos y candidato presidencial Al Gore para concienciar a los ciudadanos sobre el calentamiento global. Aquel documental daría lugar a muchos otros del estilo y pondría en el punto de mira un fenómeno del que no se hablaba mucho en círculos oficiales y gubernamentales: que la Tierra se calienta y lo hace a un ritmo alarmantemente alto. Aunque es cierto que el cambio climático era una canción que llevaba sonando muchos años, a muchos les parecía escuchar el tintineo de la paranoia, el extremismo y la conspiración en la melodía.
El calentamiento de la capa de ozono y el consiguiente efecto invernadero es algo sobre lo que todavía no parece haber consenso. No obstante, sí existen una serie de fenómenos cuya única explicación parece encontrarse en el sufrimiento de la Tierra: incremento del número de huracanes y su intensidad, aumento de inundaciones, enfriamiento de regiones históricamente templadas, veranos mucho más cálidos, sequías más largas, inviernos más intensos. Todos estos son fenómenos que cualquier ciudadano puede constatar a simple vista. Lo que pertenece más al ámbito científico y el ciudadano de a pie no puede constatar es otro fenómeno crucial en el frágil equilibrio de la vida en la Tierra: el derretimiento de los polos.

El calentamiento de la atmósfera del planeta produce un aumento de las temperaturas en general. Esto ocasiona que vaya desapareciendo el equilibrio en los polos y que los deshielos sean más acentuados. Los deshielos intensos se producen porque las nieves que caen y se depositan se derriten antes, lo cual crea masas de hielo más finas a medida que pasa el tiempo. No es que los polos no hayan sufrido procesos de deshielo antes; las masas heladas de ambos extremos del planeta sufren variaciones a lo largo del año de manera natural. Lo verdaderamente alarmante es, primero, que esas masas son cada vez más finas y quebradizas, y, segundo, que el hielo va perdiendo extensión conforme pasan los años y va aumentando la temperatura.
El deshielo de los polos supone algo más que un efecto del calentamiento global. Dentro del equilibrio del planeta, los casquetes polares juegan un papel crucial. En primer lugar, actúan como regulador climático. El porcentaje de luz solar que refleja influye directamente, junto con otros factores, en que las temperaturas sean las que son. En segundo lugar, los polos son las mayores reservas que existen de agua dulce. Durante el deshielo, esta pasa a formar parte de los océanos y las corrientes marinas, que funcionan también como reguladoras del clima. Si se produjera un cambio en la mezcla de agua dulce y salada dentro de esas corrientes, quedaría amenazado el equilibrio existente.

En los últimos años hemos asistido al progresivo deshielo del Ártico. Este hecho abre nuevas vías marítimas y, con ello, un mundo de posibilidades para cierto tipo de negocios. No obstante, existen pocas noticias sobre lo que está ocurriendo en el extremo opuesto del planeta: la Antártida. Aunque a un ritmo más lento, el Polo Sur es heredero del deshielo del norte y, de continuar a este ritmo, el futuro es preocupante.

En el sur, pero congelada


La Antártida es el continente más frío de la Tierra y el menos diverso en flora y fauna, aunque cuenta con algunas especies únicas. Se encuentra en el hemisferio sur y casi en su totalidad debajo del círculo polar antártico. En orden de extensión, es el cuarto continente más grande, con una superficie de 14 millones de kilómetros cuadrados. Un 98% de esta superficie está cubierta de hielo. Los icebergs componen un 11% del continente, y la temperatura en invierno puede descender hasta los -73 ºC. Exceptuando las estaciones de investigación y la fauna y flora de la zona, la Antártida supone un territorio muy inhóspito para la vida.
La extensión de las plataformas glaciares varía en función del año, pero, a grandes rasgos, estas plataformas son cada vez más finas y, por ende, menos estables y más peligrosas. Quienes todavía niegan que la Antártida corre peligro se basan en las mediciones de los últimos años sobre la extensión de la capa de hielo, que había aumentado en 2015 —5,5 millones de km²— con respecto a datos de 1985 —4 millones de km²—. Sin embargo, el peligro al que se enfrenta el continente no tiene tanto que ver con la extensión del hielo como con la calidad del hielo en sí.

Por ejemplo, debajo de la plataforma glaciar de Pine Island, una de las más extensas e importantes para contener el hielo continental, hay un cañón submarino. Un equipo de científicos descubrió allí el verdadero problema, que se esconde a la vista de todos: el agua que fluye debajo del hielo es más cálida de lo habitual. Cuando esta agua choca con la línea de base, el punto donde el hielo se agarra al fondo marino o a la roca continental, la diferencia de temperatura comienza un proceso de erosión imparable. El ritmo de esta fusión es alarmantemente rápido: cerca de la línea de base, el hielo disminuye hasta 90 metros al año solamente en esta plataforma. Debido precisamente a este fenómeno, en 2013 se produjo la primera ruptura en Pine Island. La capa de hielo era tan fina que ya no era capaz de agarrarse al resto de la plataforma. La segunda ruptura se produjo en agosto de 2015 y dejó a la deriva 580 km² de hielo.
Otro caso es el de la península antártica, donde las medias anuales en la parte occidental de la península han aumentado una media de 2,5 ºC desde 1950. La banquisa de hielo resiste cada año menos; en la actualidad permanece durante cuatro meses. En esta zona del continente, el aire más cálido contribuyó a crear lagos de agua más caliente en la superficie de las plataformas de hielo, que se filtró por las fisuras y aceleró el desprendimiento. Sin plataforma a la que agarrarse, el número de glaciares a la deriva ha aumentado exponencialmente en los últimos años.
   La plataforma Larsen, una de las más extensas, se quebró por primera vez en 1995 y dio lugar a Larsen A. Larsen B comenzó a navegar a la deriva en marzo de 2012 siguiendo el mismo proceso que la primera. Desde entonces se han dedicado muchos esfuerzos a la observación y control de la plataforma Larsen C, ya que su desprendimiento daría lugar a uno de los glaciares a la deriva más grande conocidos. Finalmente, Larsen C se desprendió de la plataforma este verano, entre el 10 y el 12 de julio. Larsen C es un bloque de hielo de 5.000 km² a la deriva que ha puesto en riesgo la estabilidad de lo que queda de la placa de hielo principal. Para los científicos, el análisis y diagnóstico de las plataformas heladas es la mejor manera de conocer el estado del continente; a la vista de los últimos acontecimientos, el continente está enfermo.
Aumenta el nivel del mar y… ¿llega la vida?

El problema es que no se trata solo de plataformas heladas a la deriva. Esas plataformas, en contacto con aguas más cálidas y el aumento de las temperaturas, terminarán derritiéndose y pasando a formar parte de los océanos, que cada vez tendrán menos salinidad, un proceso bastante más complejo de lo que a simple vista pueda parecer.

Según datos de la Agencia de Protección Medioambiental, el nivel del mar ha aumentado de 15 a 20 centímetros en los últimos cien años. Puede parecer una cantidad insignificante, pero sus efectos se notan. Las primeras perjudicadas son las pequeñas penínsulas en medio del océano, donde sus habitantes han presenciado cómo el mar iba conquistando poco a poco la costa y haciendo más pequeño su hogar. Es el mismo destino que sufrirán las ciudades costeras si seguimos con este ritmo. Si la Antártida occidental llegara a descongelarse por completo, el nivel del mar aumentaría unos cuatro metros; en caso de producirse un deshielo total, las cifras oscilan entre los 57 y los 61 metros en un plazo de 500 años. Sí hay un dato sobre el que está de acuerdo la comunidad científica: el nivel del mar habrá aumentado alrededor de un metro hacia 2100. Esto significa que muchas islas y ciudades costeras se verán seriamente amenazadas en un futuro.

Para ampliar: “Refugiados climáticos: ¿cómo evacuar un país?”, Abel Gil en El Orden Mundial, 2017

En segundo lugar, que la Antártida sea el continente con menos diversidad en fauna y flora del mundo no quiere decir que las especies que se encuentran allí no sean únicas. En un entorno tan hostil, la vida se abre paso pendiendo de un hilo y convive en frágil equilibrio con su alrededor; un sutil cambio en cualquiera de los parámetros podría suponer la pérdida de especies enteras. Es el caso del pingüino adelaida, la especie que comparte hábitat en el continente junto al pingüino emperador. Allí donde se han producido cambios en el clima o la temperatura del agua, las colonias de los pingüinos adelaida han disminuido hasta un 80%.

La amenaza para estos pingüinos viene de dos frentes: por un lado, el cambio climático podría reducir el número de lugares óptimos donde anidar y poner los huevos; por el otro, los cambios en la temperatura o salinidad del agua podrían hacer desaparecer parte de su dieta habitual. Con relación a esto último, la vida de la flora marina en la Antártida se encuentra en una finísima línea de estabilidad con respecto a las condiciones del agua, así que su amenaza es inminente. Ocurre lo mismo con la araña o la estrella de mar, especies que experimentan en aguas tan frías el llamado gigantismo polar, que las hace tan diferentes del resto y tan misteriosas para los científicos.
En tercer lugar, con el deshielo de la Antártida, Darwin llega para quedarse. Si el cambio climático sigue empeorando, las áreas libres de hielo en la Antártida podrían extenderse más de lo esperado y producir cambios en los ecosistemas terrestres de la zona. Al aumentar la temperatura y la disponibilidad de nuevos nichos ecológicos, la llegada y establecimiento de especies invasoras está prácticamente asegurada, así como la competencia entre las que están y las que llegan.

Una señal de auxilio


Con los cálculos sobre el inicio de la catástrofe antártica fijados del año 2100 en adelante, los problemas que sufre el continente no parecen ser importantes: “Todavía queda mucho para que eso ocurra”, “Seguro que se encuentra alguna solución”… Sin embargo, algunas voces afirman que quizá haya llegado la hora de dejar de ser “tan cautos a la hora de comunicar el riesgo que ello entraña”. El nivel del mar ya está aumentando y no dejará de hacerlo en 2100; todo lo contrario.

A la larga, habría que evacuar ciudades como Nueva York, Copenhague o Shanghái; probablemente muchas más. Ante esta realidad, se hace imperativo que la comunidad internacional se comprometa a realizar un esfuerzo conjunto para tratar de evitar el futuro. En esa línea, que países como Estados Unidos no quieran formar parte de acuerdos como el de París supone un error, ya que es uno de los países que más gases emite a la atmósfera y porque, lejos de ser perfecto, el acuerdo fija unos mínimos para que la comunidad internacional se comprometa y seguir mejorando. Quedarse fuera del acuerdo de manera voluntaria niega de lleno el cambio climático y la necesidad de combatirlo.

El aumento del deshielo en la Antártida amenaza directamente a un sinfín de especies de fauna y flora, no solamente autóctonas. El aumento del nivel del mar, el cambio de las condiciones del agua y el clima y las inundaciones de las zonas costeras destruirá muchos hábitats y llevará a muchos ejemplares al borde de la extinción o a la desaparición total. No se puede asumir el riesgo de esperar a ver qué ocurre; en el peor de los casos, será demasiado tarde. Las especies desaparecidas marcarán un punto de no retorno.

El aumento del deshielo también amenaza directamente la vida humana. En el proceso de evolución, el ser humano ha sido capaz de adaptar cualquier hábitat a sus necesidades y ha extraído los recursos necesarios para la supervivencia. Con la escasez de estos, las migraciones serán inevitables, así como el desplazamiento de las poblaciones desde la costa a las zonas más de interior. Los conflictos culturales y de convivencia que ya ocurren en la actualidad se verán acentuados. La supervivencia se verá amenazada y dará lugar a un aumento del pánico mundial. Por ello, con vistas a asegurar la paz, el compromiso y la aceptación de la realidad son necesarios. La Antártida puede convertirse en la bandera de una lucha: la del ser humano contra sus propios errores.

Lo que surge al pasar de pantalla

12/10/2003

CONSOLIDADOS LA ECONOMIA Y EL GOBIERNO, SURGEN NUEVOS PROBLEMAS

Lo que surge al pasar de pantalla

Los datos oficiales que calman al Gobierno. Lo que no muestran ni indagan los datos oficiales. La distribución del ingreso y la riqueza, dos ausentes que deberían regresar. Moliné y su elogio de sí mismo. Zaffaroni y sus detractores. Los senadores duhaldistas, en estado de alerta. Dos crímenes en Ledesma y demasiada pasividad.

 Por Mario Wainfeld

 “¿Se da cuenta de cuál es nuestro principal problema en estos días? Un conflicto sindical, el de la UTA, reclamando aumento de sueldos. ¡Aumento de sueldos! ¿Cuánto hace que no había paros reclamando aumento en la Argentina?” Es jueves, aún no han ocurrido los hechos que se mentarán en el párrafo final de esta nota. Quien se pregunta, prefigura la respuesta, se autocelebra, es un funcionario con oficinas en Balcarce entre Hipólito Yrigoyen y Rivadavia.
El funcionario hojea una carpeta que Roberto Lavagna ha distribuido entre sus pares y ha elevado a Presidencia. “Argentina. Indicadores económicos. Octubre 2003” reza la portada, lacónica. Los números que Economía allega a la Rosada alientan optimismos como el del funcionario que le ve el lado virtuoso a una demanda salarial.
- La actividad registra cinco trimestres consecutivos de crecimiento, algo que no sucedía desde 1997.
- La recuperación del PBI es impulsada especialmente por el sector industrial, que ha crecido un 22,3 por ciento entre marzo de 2002 y agosto de 2003.
- Ya en 2002 se recuperaron sectores trabajo intensivos como las industrias textil y metalmecánica básica.
Y muchos etcéteras. El paper rebosa de datos análogos, veraces y presentados con buena onda, que reflejan que el país se aleja del fondo del pozo: indicadores de empleo, de reservas, de apoyo a los bancos. Un par de líneas define el objetivo logrado, un par de cuadros lo documentan.
En lo atinente a la protesta social, el documento predica: “los distintos hechos sociales de protesta cayeron marcadamente a partir de abril de 2002”. Los datos los mune el Ministerio de Justicia, Seguridad y derechos humanos, “computando distintas modalidades de protesta en todo el país como concentraciones, movilizaciones, cortes de ruta y de calles, paros parciales y totales, tomas de establecimientos, etc.”. Así las cosas, esos guarismos (que ya fueron blasón de Juan José Alvarez cuando era ministro de la Nación y consecuente aliado de Lavagna durante el gobierno de Duhalde) indican: 2552 en enero de 2002 y un descenso progresivo hasta ¿módicos? 517 en septiembre del año en curso.
La foto es correcta y, claro, genera cierta tranquilidad. La Argentina en 2002 parecía al borde de la guerra civil o de la disolución nacional. A principios de 2003 no se tenía certeza de que hubiera elecciones, ni qué decir elecciones limpias o generadoras de legitimidad. Hoy el país tiene rumbo, tiene gobierno, tiene suscripto el acuerdo con el FMI. Hoy es posible –sí que en un sector muy minoritario, muy procíclico a las reactivaciones como es del transporte– que se discutan aumentos de salarios. El problema o el dato, según se quiera ver, es que mejorar de situación habilita o hasta impone nuevas discusiones, nuevos ejes, nuevosobjetivos. Que no son disminuir el número de protestas callejeras tout court. Ni crecer tout court.
El documento oficial sugiere, indiciariamente, que la Argentina va recobrando un perfil industrial como fue en un pasado reciente que parece remoto. Debería pues rehabilitarse una discusión oriunda de esa era, que es la de la concentración del ingreso y la riqueza. Un tópico caro al peronismo de los ‘70, no sólo a sus sectores más radicalizados sino aun a los confesamente vandoristas. La distribución de la torta –tema que poblaba la retórica de Juan Perón en el ‘45 y en los ‘70– no tiene su página ni su gráfico en el documento que venimos glosando. Y, lo que es más grave, tampoco aparece fuerte en la discusión pública.
El Gobierno relojea el informe y la calle. Advierte que, como en los videogames, ha pasado de pantalla. Pero pasar de pantalla, como en los videogames, no equivale a poner fin al juego, sino a enfrentar desafíos más potentes, más peliagudos. Problemas de segunda generación, que se acometen con el plus de algunos bonus ganados en buena ley en estos meses de gestión.
Un Corte y volvemos
El Congreso añadió un par de importantes bonus al acervo del oficialismo durante la semana que pasó. Los azares de la agenda determinaron que la audiencia pública sobre la candidatura de Eugenio Raúl Zaffaroni a la Corte y el descargo del supremo Eduardo Moliné O’Connor acontecieran casi sin solución de continuidad. Se trata, en ambos casos, o mejor dicho de conjunto, de una instancia institucional histórica. De cara a la gente, transmitidas por TV, ambas sesiones serán memorables más allá de lo berretas que son (y siempre serán) muchos de sus protagonistas.
Arrogante, con el retintín de soberbia que adorna a las clases altas argentinas, Moliné habló de sí mismo y cuesta tomarlo en serio. Ni vale la pena hacerlo. Jamás fue un juez de la nación, solo un amanuense del poder. Sólo su familia más cercana aplaudió su falaz catilinaria, encabezada por su mujer, née Anzorreguy. Ni siquiera el supercuñado que lo puso donde lo puso estaba allí tal vez porque, envejecido, olvidado por sus amigos de ayer, maquina cómo zafar de las acusaciones por encubrimiento que se le están armando en la causa AMIA. El Gobierno hace todo lo posible por esclarecer ese bochorno, incluyendo gestiones ante el Consejo de la Magistratura para que dinamice el juicio político al juez Juan José Galeano que, tal como reveló ayer este diario, impulsa Eduardo Camaño despertando de un letargo de añares.
Moliné va en tren bala a su destitución aunque el radicalismo residual y el radical posmoderno Nito Artaza porfíen en hacerle de patéticos ball boys. Guillermo López y Adolfo Vázquez ya tienen sus barbas en remojo y tal vez tengan el cuero menos duro que el cuñado del ex Señor Cinco.
El Gobierno nada dice acerca de quién reemplazará a Moliné. Se ha hecho un lugar común suponer que será, por fin, una mujer. Pero el nombre y aun el género siguen in pectore presidencial, Néstor Kirchner no suelta prenda. “Lo único que dice es que no pondrá a candidatas impulsadas por diarios de derecha”, comenta alguien que lo conoce bien.
En el ínterin Zaffaroni aprobó con garbo, medida erudición y santa paciencia la audiencia pública. Perdida por perdida, la derecha que lo combate con su habitual brutalidad armó un caso en base a los antecedentes de Jacobo Grossman, amigo, vocero, socio, asesor de Zaffaroni y su ladero durante la prolongada audiencia. Una condena impuesta a Grossman a fines del gobierno de Isabel Perón desató una campaña patética. Unas líneas bastan para desnudar tamaña estulticia.
- Grossmann no es Zaffaroni.
- Grossman purgó íntegra su severísima condena. El autor de estas líneas conoce a Jacobo Grossman desde hace varios años y cree razonable agregar que el citado abogado es un pertinente actor dentro de la escena democrática, un hombre formado y consustanciado con la defensa de los derechos humanos y un caballero. Blasones que no ornan a quienes buchonean en defensa de un pasado que el Gobierno, con todo tino, busca sepultar.
La vocinglería de la derecha tiene algunos oídos prestos en el bloque de senadores del PJ. Los dos bonaerenses, Antonio Cafiero y Mabel Muller, han encontrado un motivo para dar rienda suelta a su idiosincrasia y están diciendo acá y allá que cavilan acerca de si dar acuerdo a Zaffaroni. Habrá que ver qué hacen a la hora de la verdad y qué hace al respecto su jefe político Eduardo Duhalde. Tema que nos trae de la mano a otra discusión de segunda generación que es la relación entre el Presidente y su principal aliado político.
Somos solo amigos
“¿A esos nombró?” “Esos” son Alfredo Atanasof y Carlos Federico Ruckauf a quienes Duhalde piensa designar colaboradores para su gestión en el Mercosur. Quien impugnaba a “esos”, meneando la cabeza como quien no puede creer lo que oye, era el Presidente. Kirchner desconfía de Atanasof, a quien considera intrigante y taimado. Se basa en su olfato, en lo que percibió durante la campaña y a surtidos datos que le munen dos críticos empedernidos del ex jefe de gabinete, que fueron ministros de Duhalde y siguen siéndolo: Aníbal Fernández y Roberto Lavagna.
Sobre Ruckauf Kirchner piensa lo que piensa casi todo el mundo, con la peculiar excepción de Duhalde y algunos de sus hombres.
La crítica al aliado no es el fin de la historia, pero sí un dato que engarza con algunas otras dificultades que surgen mientras ambos hacen camino al andar. Vale la pena reiterar el contexto: Duhalde y Kirchner se saben necesarios uno al otro y necesitados el uno del otro. Se prodigan una inusual confianza política y tienen bien asumida su separación de roles. El Presidente promueve y ansía el crecimiento de espacios transversales pero no es iluso y sabe que la gobernabilidad que necesita depende del apoyo del peronismo, cuya columna vertebral es el duhaldismo.
Pero hay entre ellos diferencias de estilos, de pasados, de grupos de pertenencia y de referencia, de relación con poderes fácticos. Y ser aliados, aun aliados consistentes es un camino para dos que tiene sus ripios, sus lomos de burro, sus abismos.
En estos días han surgido temas que reflejan diferencias y suscitan eventuales roces:
- La designación de Juan José Alvarez (otro duhaldista que le da mala espina a Kirchner) en la provincia de Buenos Aires a instancias del ex Presidente.
- La remoción de Roberto Giacomino, hombre de Ruckauf y Duhalde.
- La anulación del decreto firmado por Duhalde de salida concediendo amplias franquicias a la concesionaria de los aeropuertos. Se anunció sin estrépito, no se señaló a nadie con el dedo, se dejó pasar un tiempo prudencial. El Gobierno trató con mano de seda a su aliado, pero lo desautorizó.
- En un plano más parroquial: el óleo de candidato a jefe de Gobierno porteño 2007 con que Duhalde, casi distraídamente, ungió a Jorge Telerman. Muy prematuramente, claro está, desató una interna con el candidato kirchnerista a ese sitial, Alberto Fernández. La primera secuela de ese combate antedatado fue toda una comedia de enredos referida a si Telerman viajaba a Cuba con el canciller para acompañar al nuevo embajador argentino en la isla (Telerman lo fue años ha).
- La silente pero eficaz oposición que el duhaldismo impulsa en Diputados respecto de la intervención federal al Poder Judicial (o a todoslos poderes) en Santiago del Estero. Se trata de un tema delicado que eriza a las provincias que temen que esa práctica se torne rutina. El Gobierno quiere que la intervención avance pero comprometiendo al Congreso en la decisión. Sin decirle expresamente que no, los diputados del PJ vienen demorando la decisión, durmiéndola.
Ninguno de estos temas es causal de divorcio pero sí son crisis de una nueva etapa de la pareja cuya evolución tiene final abierto y para nada inminente (sobre el tema ver asimismo páginas OJO FALTA... de este diario). Lo que hagan Cafiero, Muller (y Duhalde) respecto del pliego de Zaffaroni será una nueva prueba de amor... o de despecho.
Sangre en Jujuy
Dos pibes que no habían llegado a la mayoría de edad, militantes de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), murieron de modo violento en Ledesma. Uno apareció sospechosamente suicidado, en una circunstancia que evoca las peores prácticas de las peores épocas. El otro fue asesinado, todo indica que por balas policiales durante la represión brutal a una pueblada. La barbarie evoca inevitablemente a la sucedida en junio del año pasado en la provincia de Buenos Aires, cuando fueron masacrados los jóvenes Kosteki y Santillán.
Arturo Jauretche, objeto de un merecido revival por estos días, decía que nada había más preciso que las balas perdidas de la policía. Luchador popular en la tribuna y en las calles, sabía de lo que hablaba. Nada puede haber de casual cuando mueren en cuestión de horas dos militantes de una misma organización. Hay designio, hay dedos que señalan, hay planificación. La responsabilidad directa es de quien dispara el gatillo pero suele haberlas mediatas: la de sus jefes en casi todos los casos. La del poder político, muchas veces.
Lo ocurrido en Ledesma, como cualquier delito, debe ser investigado antes de determinar culpables. Los sospechosos deben tener un juicio con todas las garantías, comenzando por la de presunción de inocencia. Pero es claro que cuando se matan militantes en las calles debe haber algo más que una investigación de rutina o un no menos cotidiano relevo de cúpulas uniformadas involucradas. Políticos son los crímenes contra militantes populares y requieren un abordaje que exceda lo meramente policial o judicial.
La eliminación física de militantes populares, jóvenes por añadidura, debería conmover a todos pero especialmente a un gobierno muchos de cuyos integrantes reivindican pasadas épicas, encarnadas también por pibes y también segadas brutalmente. Pero, además de conmoverse, al Gobierno le competen tareas más concretas. La matanza en Jujuy, ocurrida en la madrugada del viernes no mereció ningún comentario oficial durante todo ese día. Ayer Alberto Fernández hizo declaraciones correctas pero demasiado genéricas y distantes. Este Gobierno no es parco, ni desprovisto de recursos mediáticos, ni avaro a la hora de convocar a conferencias de prensa. Demasiado poco habló, demasiado poco hizo de cara a dos crímenes.
El secretario de Derechos Humanos Eduardo Luis Duhalde (a quien algunos oficialistas mordaces rebautizaron como “Duhalde el bueno”) no juzgó prudente comedirse hasta el lugar de los hechos o pedir un informe o emitir una gacetilla. Es más diligente con su cuerpo y su presencia cuando en territorio metropolitano se movilizan organizaciones de desocupados que apoyan al Gobierno (no es el caso de la CCC) o que el Gobierno quiere cooptar. Bueno es que la política de Derechos Humanos no se ancle sólo en el pasado sino que se prodigue en el día a día. Pero malo es que ese accionar se torne selectivo.
La estadística del Ministerio de Justicia reseñada al albor de esta columna, meramente cuantitativa, no sufrirá cambios destacables pero algocualitativamente nuevo y grave ha sucedido. Y es malo que no se tomen cartas en el asunto.
La situación es un grano para el Gobierno porque se produjo en una provincia gobernada por uno de sus principales aliados dentro del peronismo. Eduardo Fellner estuvo muy cerca de Kirchner durante la campaña y tanto éste como Duhalde quieren que conduzca las riendas del PJ. Ese posicionamiento complica el manejo de la Rosada pero no altera en nada lo que debe hacer. Es cabal que el peronismo es el pilar de la gobernabilidad y que en su interior subsiste una puja que Kirchner no termina de ganar. Y que dentro de esa puja Fellner es un aliado valioso. Pero Fellner está envuelto en un hecho de sangre ocurrido en un paraje que tiene muy mala historia.
La coyuntura requiere algo que por lo común prodiga la Rosada: acción, presencia de funcionarios nacionales demostrando que hay vocación por desentrañar lo ocurrido, por no dejar a los culpables sujetos a las viscosas reglas de los poderes provinciales, por evitar toda forma de impunidad. Nada de eso se ha visto hasta ayer a la noche, cuando se cerró esta nota.
El problema que le ha saltado al oficialismo, que por ahora no ha reaccionado bien, es un típico problema de segunda generación. El Gobierno predica principios que le granjean adhesiones masivas y conmovedoras. Pero su armado político es en buena medida tributario y cómplice del estado de cosas que Kirchner propone remover. Los aliados y los principios no son fácilmente compatibles. En Jujuy se han puesto en tensión y el Gobierno está haciendo, ante hechos trágicos, algo que viene evitando puntillosamente: parecerse a otros gobiernos en similares contingencias.

 ATAQUES MULTIPLES SOBRE UN FRENTE UNICO

Imprudencias

Más que un estilo personal, la ruptura con lo convencional y lo previsible puede ser la condición de subsistencia del Gobierno. No ataca en muchos frentes a la vez. Prueba por distintos lados de un frente único, cuyas conexiones trabadas a lo largo de décadas llegaron a sofocar la vitalidad del sistema institucional y bloquear su relación con la base popular que debe representar. Debe ganarse así la respiración de cada jornada.

 Por Horacio Verbitsky

 El jueves al mediodía, el presidente Néstor Kirchner abrevió los prolegómenos de su canciller Rafael Bielsa y encaró al presidente oriental Jorge Battle, en la estancia erigida donde Aarón de Anchorena y Jorge Newbery aterrizaron su globo Pampero en 1907, después de cruzar por primera vez el Río de la Plata. Le dijo que el interés oficial de su gobierno por el hallazgo de los restos de la ciudadana argentina María Claudia García Irureta Goyena de Gelman no había disminuido. Le pidió que se pusiera al frente de la búsqueda y ordenara excavar en el regimiento donde estaría sepultado el cuerpo de la adolescente, asesinada hace un cuarto de siglo luego de dar a luz una criatura que fue entregada a un jefe policial uruguayo, amigo del ex presidente Julio Sanguinetti. El presidente oriental, quien hasta ahora había sostenido una posición reticente, comprometió su apoyo. Aceptó que Juan Gelman viajara a Montevideo en compañía de Bielsa (“de modo que no irá solo sino con la República Argentina”, dijo Kirchner), y prometió que él mismo lo llevaría en su auto al lugar de las excavaciones. “Yo sé que tengo que resolver esto”, dijo como para sí mismo. Otra de las imprudencias de Kirchner destrababa un conflicto que se veía cerrado y sin salida. Más que a un estilo personal parece obedecer a una lectura del momento histórico en el que el azar lo puso en el sitio menos pensado. La ruptura con lo convencional y lo previsible puede ser la condición de subsistencia de su gobierno. Cuando comenzó, se decía que atacaba muchos frentes al mismo tiempo. Casi un semestre después queda más claro que prueba por distintos lados de un frente único, cuyas conexiones trabadas a lo largo de décadas llegaron a sofocar la vitalidad del sistema institucional y bloquear su relación con la base popular que debe representar. Debe ganarse así la respiración de cada jornada.
Suspicacias
En los doce minutos del vuelo de regreso Kirchner le explicó a Eduardo Duhalde sus razones para anular el decreto que modificaba el contrato de concesión de los aeropuertos federales a una empresa que no ha cumplido ni con las obras ni con el pago del canon comprometido. El ex Jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, se había reservado la renegociación de ese contrato y del de Correo Argentino, al margen del Ministerio de Economía y de la comisión creada ad hoc para esa tarea. “Atanasof no te hizo ningún favor al llevarte a la firma la renegociación de ese contrato cinco días antes de la entrega del gobierno. Eso se presta a todas las suspicacias. Hicimos lo que teníamos que hacer al anularlo”, dijo. Pero esperó varios meses, muchas elecciones difíciles ganadas y un día especial para su predecesor. Duhalde escuchó sin hacer comentarios, como si con la provincia de Buenos Aires y su rutilante cargo en el Mercosur tuviera suficiente. Mientras busca un departamento adecuado para alojarse en Montevideo, Duhalde habita en una mansión prestada por el ex gobernador misionero Ramón Puerta, abrazado a quien cayó en los comicios del mes pasado. La residencia está en la zona naval del barrio de Carrasco, junto a las casas de los hijos de Alfredo Yabrán. Puerta la puso en condiciones cuando Duhalde todavía moraba en el Polideportivo de Olivos, lo cual incluyó la erección de puestos de vigilancia. “Se hace el uruguayo”, comentan los vecinos que ven pasear a Duhalde por la rambla con la patrona.
Desprestigio
Ya en su despacho, Kirchner leyó un cable de una agencia de noticias. Decía que el coronel Horacio Losito, uno de los diez militares procesados por la masacre de Margarita Belén, en El Chaco, había regresado a su destino como agregado militar en la embajada argentina en Italia. Se comunicó con los ministros de Defensa y de Relaciones Exteriores. Cuando José Pampuro y Rafael Bielsa le confirmaron que la información era cierta, les preguntó sus razones para ello. Le dijeron que Losito había sido desafectado de la causa y que lo beneficiaba la presunción de inocencia. Losito, que iba en el último vehículo del convoy en el que fueron trasladados los prisioneros, fue procesado por el juez federal Carlos Skidelsky por desaparición forzada de personas y por homicidios agravados por alevosía, cometidos por el concurso premeditado de otras personas. La Cámara Federal de Resistencia no lo absolvió ni lo desafectó de la causa, apenas ordenó su libertad alegando que Skidelsky debía ceder su competencia a la Cámara Federal de Rosario, que ya la había declinado. Esta decisión ha dado lugar a una solicitud de juicio político contra los camaristas y contra la fiscal subrogante que consumaron ese golpeantijurídico. Por ahora en libertad, Losito sigue bajo proceso por aquel crimen horrendo. Es jurisprudencia pacífica que las cuestiones de competencia no se pueden dirimir en un recurso de hábeas corpus. Kirchner aceptó que la presunción de inocencia rige mientras no haya una condena judicial, pero replicó que era un desprestigio para la República el que la representara un procesado por tan graves delitos. No fue prudente, sino justo.
Sin eufemismos
Esa misma tarde el Senado discutía la suspensión del hombre fuerte de la mayoría automática menemista en la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Moliné O’Connor. Su defensa técnica tuvo altibajos, entre la sobriedad de Gregorio Badeni y el efectismo del ex ministro de la dictadura militar Eduardo Aguirre Obarrio. Pero su alegato personal tuvo la misma baja altura de su desempeño en la Corte. Con el tono agrio del resentimiento, intentó diluir responsabilidades en sus colegas del tribunal, aunque para ello debiera faltar en forma abierta a la verdad. Por ejemplo, dijo que todos ellos y no sólo él habían reivindicado el 3 de diciembre de 1998 en la Acordada 52 las facultades disciplinarias de la Corte Suprema, por considerar que las del Consejo de la Magistratura no eran excluyentes. Pero omitió que desde la primera vez en que la Corte ejerció esas presuntas atribuciones, los jueces Enrique Petracchi y Gustavo Bossert votaron en disidencia por la remisión de todos los expedientes disciplinarios al Consejo de la Magistratura, creado por la reforma constitucional de 1994. La Corte tenía a consideración la apelación del juez federal Jorge Urso a una sanción que le había impuesto la Cámara Federal que era su alzada. Petracchi, que había firmado la Acordada 52 escribió seis meses después, el 30 de junio de 1999 que “es justo y razonable, cuando se lo advierte, no aceptar del error la porfía y enmendar sus consecuencias sin tardanzas”. No sólo no lo dijo en la audiencia. Como responsable de jurisprudencia, tampoco lo publicó entre los fallos de la Corte. Por otra parte, a Moliné no se lo juzga por la reivindicación teórica de ciertas discutibles facultades, sino por su uso en el caso concreto del juez Mario Magariños, a quien sancionó por haber opinado sobre un fallo de la Corte ante una consulta de la Defensoría General que había llevado una causa ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Invocando la división de poderes y la Constitución reformada en 1994, uno de los subloques de senadores radicales anunció que se opondría. La senadora Cristina Fernández de Kirchner le replicó que la división de poderes fue atropellada por el Pacto de Olivos, que instaló el toma y daca para el reparto de asientos en la Corte Suprema de Justicia y que lo que les molestaba era que Kirchner se había negado a negociar con la oposición su apoyo al alejamiento de un juez a cambio de ocupar la vacante con uno de los suyos. Todos quienes escuchaban sabían que el destinatario del mensaje era el heredero de Alfonsín en la conducción del bloque, Carlos Maestro, quien había gestionado el plan trueque ante el Poder Ejecutivo. Contra lo que se preveía, la suspensión de Moliné fue votada no por una mayoría simple sino por los dos tercios de los senadores, el mismo porcentaje que se requiere para su remoción que, a esta altura, parece inevitable. Tal vez el logro se deba a esa otra imprudencia de llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos.
Provocación
El día anterior, en la sala de audiencias de la Comisión de Acuerdos del Senado, en el edificio anexo de Hipólito Yrigoyen, Raúl Zaffaroni había respondido durante siete horas un centenar de preguntas sobre su vida y obra, sus fallos como juez, sus tratados, su patrimonio y susdeclaraciones de bienes. Antes de llegar a esta instancia, el Poder Ejecutivo había abierto un proceso de impugnaciones que duró veinte días, de acuerdo con el decreto 222/03, más otros tantos en el Senado. En ese proceso surgieron legítimas dudas sobre las cuentas y los bienes del candidato, que quedaron aclaradas durante el interrogatorio. Ni la Oficina Anticorrupción ni la AFIP entendieron que Zaffaroni haya cometido ilícitos ni evadido impuestos. No es seguro que la flamante fundación menemista liberal Bicentenario, que capitaneó las impugnaciones a Zaffaroni, soporte un examen equivalente sobre su contabilidad, salvo que el matutino La Nación le haya cedido sin cargo el espacio para los agresivos avisos en contra del candidato postulado por Kirchner.
En contraste con este procedimiento vale la pena recordar cómo ingreso Moliné a la Corte: su pliego, y el de los otros cinco integrantes de la flamante mayoría automática, fue enviado un jueves al Senado por el ex presidente Carlos Menem. El cuerpo les dio acuerdo sobre tablas 24 horas después, en una sesión secreta que duró siete minutos, a la que no asistieron los representantes de la oposición. Nadie preguntó nada al personaje, del que sólo se conocía su parentesco con el jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy, y su autoritario desempeño como dirigente de una asociación de partidos de tenis. Hasta el día de hoy no se ha podido conocer un solo dato de su estado patrimonial, porque se niega a revelarlo. Junto a Zaffaroni se sentó en el estrado un abogado con el que comparte el estudio, Jacobo Grossman. Eso permitió que un diario de negocios publicara una versión novelesca de su prontuario. Grossman cumplió las dos terceras partes de una condena a veinte años de prisión por secuestro extorsivo, luego de lo cual estudió derecho y cambió de vida. Dentro y fuera del gobierno hubo quienes calificaron ese acompañamiento como una provocación, aunque no haya consenso acerca de en qué consistiría. Quienes vieron a Kirchner en estos días afirman que estaba más intrigado que inquieto por el episodio. Una vez disipados los gestos de asombro o de escándalo, cuando llega el momento de verbalizar un cuestionamiento, no hay palabras capaces de articularlo. Para un defensor consecuente de los derechos y garantías constitucionales, como se supone que todo juez de la Corte Suprema debe serlo, no es un demérito exhibirse junto a un ciudadano que cometió un delito y cumplió su pena. Zaffaroni jugó al límite, exponiendo sus convicciones en el momento y el lugar más incómodos. Tal vez este tipo de desafíos no le hagan mal a la democracia argentina y sean complementarios de la brillante explicación que Zaffaroni hizo sobre el sentido de la pena en nuestra organización institucional.
Narcodemocracia
El mismo día el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Gustavo Beliz, dijo ante una audiencia policial que durante la década pasada la Argentina vivió al borde de la “narcodemocracia”, que se compraban y vendían leyes en el Congreso, que hubo funcionarios que “llegaron al poder con el afán de enriquecerse”, para lo cual fueron cómplices de “la corrupción y el narcotráfico” y “lavaron dinero sucio”. La tormenta de respuestas indignadas que cosechó incluyó la clásica invitación a presentar las pruebas de lo que conociera a la Justicia. Olvido o hipocresía, las pruebas están en la Justicia, que ya condenó por lavado de dinero proveniente de la comercialización de sustancias psicotrópicas de uso prohibido por las autoridades sanitarias al vicepresidente de Eduardo Duhalde en el partido justicialista de Buenos Aires, Mario Caserta, a su vez tesorero de la campaña presidencial de Carlos Menem en 1989. Caserta cumplió su pena, pero el concuñado presidencial Ibrahim Al Ibrahim sigue prófugo y Amira Yoma fue sobreseída en una resolución con la que se profundizó el descrédito de los tribunales. La designación del sirio en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza en un cargo para el que no estaba capacitado y desde el cual hacía pasar el equipaje de los de funcionarios sin que fuera revisada, fue firmada por Duhalde, en ejercicio de la presidencia durante un viaje de Menem. La condena en Estados Unidos al lavador argentino Emilio Jaján, después de haberle dicho a un agente encubierto del gobierno de los Estados Unidos que podía lavar dólares en valija diplomática y que tenía acceso a la agenda presidencial tampoco es una hipérbole de Beliz. La compra de votos en el Congreso, durante las presidencias de Menem y Fernando de la Rúa ha dado lugar a varias causas judiciales, lo mismo que el lavado de dinero. Precisamente Moliné, como ministro de la Corte, consiguió que una de esas causas, que afectaba al banquero de confianza de Menem, fuera sustraída del juzgado que le había dictado la captura y que se anularan todas las pruebas ya producidas, de modo que pudiera recuperar su libertad ambulatoria y su capacidad empresarial. Fue el entonces diputado duhaldista Raúl Alvarez Echagüe, quien clamó en el Congreso cuando avanzaba el proceso de desguace del Estado: “Hemos votado honestamente la ley de reforma del Estado, pero jamás imaginamos que iba a servir para hacer lo que están haciendo. Dicen que se están repartiendo valijas”.
La frase de José Luis Manzano “Robo para la Corona”, no se refería a un juego de mesa. María Julia Alsogaray, Matilde Sbatetz de Menéndez, Raúl Granillo Ocampo, Hugo Toledo, Emir Yoma, no frecuentan los tribunales por amor a la Justicia. El Grupo Meller, en cuyo favor firmó Moliné uno de los fallos por los que ahora se lo juzga, representó la cuotaparte presidencial en la privatización de Obras Sanitarias, una de las que están ahora en la cuerda floja. A esa larga lista se sumó la semana pasada el comisario Roberto Giacomino, cuya carrera hasta llegar a la conducción de la Policía Federal se hizo bajo la protección de Duhalde y Carlos Rückauf. Giacomino también cree que Beliz fue apresurado e imprudente por relevarlo en cuanto tuvo la prueba de que había contratado servicios para el hospital policial Churruca con empresas de familiares, en concursos simulados de precios. Su opinión no mejorará a medida que se profundicen las investigaciones sobre los planes policiales de viviendas. Tampoco tranquilizará al duhaldismo el conocimiento más detallado sobre los sistemas de contratación del Churruca.
Peaje
También se formaron varias causas judiciales a raíz de las concesiones de rutas nacionales por peaje. La última de ellas fue iniciada por una denuncia de la Oficina Anticorrupción, que determinó una defraudación de 420 millones de dólares al Estado, que mediante indexaciones prohibidas por la ley 23.928 pagó deudas inexistentes a las empresas concesionarias. Ese perjuicio fue confirmado por un peritaje que ordenó el juez federal Rodolfo Canicoba Corral, que instruye el expediente. Según la Oficina Anticorrupción el modus operandi consistió en cooptar la voluntad del Estado mediante la colocación de hombres de las empresas en los puestos clave. Un capítulo especial de ese despilfarro lo constituye Servicios Viales, del grupo Macri, cuyo beneficio indebido habría llegado a 76 millones de dólares, que cobró cuando ya tenía crónicos atrasos en el pago del canon del Correo Argentino. Durante el gobierno de Menem, su ministro Roberto Dromi y su viceministro Rodolfo Barra (luego compañero de Moliné en la mayoría automática de la Corte Suprema), los Macri pusieron a sus hombres en los cargos estratégicos para el otorgamiento de las concesiones. Cuando ya gobernaba Fernando de la Rúa con su ministro -Nicolás Gallo consiguieron la designación de otros de sus gerentes en los cargos decisivos para la renegociación de los contratos. Si esto no es compraventa de leyes, decretos y resoluciones, que la Real Academia de la Lengua se lo demande al imprudente Beliz. Con esta información, que loslectores de estas páginas conocen a fondo desde hace muchos años, el temerario Kirchner está analizando otras medidas que además de procurar la sanción penal de los responsables, permita reparar el daño patrimonial. Para ello podría ampliar las facultades de la Oficina Anticorrupción, de modo que también pueda accionar para la recuperación de esos fondos o bien ordenar a la Procuración del Tesoro que inicie las acciones civiles con ese propósito. El reclamo se extendería a las empresas controlantes de las beneficiarias (en el caso Servicios Viales, el Grupo Socma) e incluiría intereses a partir del ilícito. Quedaría pendiente de una decisión política si esas empresas o grupos económicos podrían participar en nuevas licitaciones de obra pública o concesiones de peaje.
Pulseada
A la anulación del decreto que blanqueaba los incumplimientos del concesionario de los aeropuertos se suman la preparación de las acciones civiles contra el Club del Peaje y la probable rescisión de los contratos con Aguas Argentinas y el Correo Argentino. El ministro de Economía, Roberto Lavagna, se inclina por el mecanismo del “cram down” incluido en la ley de quiebras, que permite a los acreedores tomar el control de la empresa. Kirchner prefiere la lisa y llana rescisión por los incumplimientos sistemáticos del concesionario. Estos episodios son los más estridentes dentro de un paquete conflictivo, que es la renegociación de cinco docenas de contratos con empresas privatizadas. También en este tema la opinión presidencial tiene algunas diferencias con la del ministro de Economía. Pero ninguna de ella puede sustentar la especulación sobre propósitos de reemplazo. El Poder Ejecutivo entiende que los ataques que en estos días han llovido sobre el ministro de Planificación Julio De Vido (una tapa de un semanario, con un título feroz, sin sustento en ninguna información) responden a la frustración de las privatizadas que no han conseguido apartar al Gobierno de una decisión que mantiene desde el primer día: la verificación del cumplimiento de los compromisos contractuales es prioritaria sobre cualquier recomposición de tarifas. Ni Kirchner ni De Vido están maquinando el relevo de Lavagna. Todos ellos, en cambio, estudian el mejor modo de responder al desafío de las privatizadas. Los únicos aumentos que se autorizarían en un plazo todavía no determinado serían los del gas en boca de pozo, licuado a partir de la devaluación, y los de las generadoras eléctricas. Pero en ambos casos habría condicionamientos y discriminaciones cuidadosos y políticas tendientes a que el Estado no quede como rehén de las empresas. Los precios de la energía se incrementarían sólo para los mayores consumidores, aquellos que pagan en pesos y exportan en dólares. Pero además, el Gobierno estudia una inversión de alrededor de 500 millones de dólares para optimizar la capacidad de generación de Yacyretá (lo que le permitiría controlar la oferta y regular así los precios de la energía) y la construcción de un gasoducto que a lo largo de mil kilómetros abastecería al noreste con el gas boliviano de Tarija, en el que habría prometido participar la mayor transnacional italiana que actúa en el país lo cual, por cierto, no provocaría ningún conflicto entre Kirchner y Lavagna.

Sjón

Sjón

En una roca al borde del mundo

El próximo fin de semana llegará a nuestro país el escritor Sjón –una de las figuras literarias más importantes de Islandia en la actualidad– para presentarse en dos conferencias en el marco de la novena edición del FILBA. Una de ellas tratará acerca de literatura y ciudades y la otra acerca del arte de escribir canciones, oficio que el poeta y narrador islandés lleva adelante desde comienzos de los ochenta junto a Björk y otros reconocidos artistas de su país. En esta entrevista, el autor recuerda sus prolíficos años de juventud y habla entre otras cosas de historias marginales de siglos pasados, zombis, guitarras imaginarias y la manera en que logró unir en su obra tradición y surrealismo.

 Reikiavik, 1981. Seis poetas adolescentes, fundadores del grupo surrealista Medusa, saltan una noche a lo largo de varias cuadras sobre techos y capots de autos estacionados en la ciudad. Casi sin tocar el suelo van desde la casa en que acaban de tomar una botella de ajenjo  –una rareza que un miembro del grupo acababa de conseguir en Barcelona– hasta el bar en que realizarán una lectura de poesía. Entre ellos está la cantante Björk, por entonces una inquieta niña de dieciséis años que a los doce ya había grabado su primer disco solista, y el escritor Sjón, apenas tres años mayor, quien había editado su primer libro de poesía a los quince. Al llegar al bar deciden entrar por la ventana y comenzar así su performance, pero a los patovicas, se sabe, no les gustan los poetas que entran a los bares por las ventanas, y enseguida tratan de sacar a los jóvenes por la fuerza. En el tumulto aparece la policía, y entre golpes y mordiscos en muslos la escena termina con Sjón esposado y su cara contra el suelo de un patrullero mientras recita el manifiesto surrealista de André Bretón con Björk a su lado. Hoy, casi cuarenta años más tarde, con catorce libros de poesía y ocho novelas editadas a lo largo de una obra que cruza tradición, vanguardia, historia y surrealismo, Sjón es uno de los escritores más leídos y respetados de su país. Su última novela, El chico que nunca existió, publicada en 2015, se convirtió en bestseller y arrasó con cuanto premio literario existe en Islandia. Y además de novelas, poemas, guiones de cine, libretos de ópera y obras de teatro, Sjón también escribió desde mediados de los noventa algunas de las letras más exitosas de la carrera solista de su amiga Björk. “Isobel”, “Bachelorette” o “Jóga” son algunas de ellas, a las que se suman las canciones de la banda de sonido de la película de Lars Von Trier Bailarina en la Oscuridad, una de las cuales, “I’ve seen it all”, fue nominada en 2001 al Oscar que finalmente se llevó Bob Dylan por su tema para la película Fin de semana de locos.
Sentado al teléfono en el estudio de su casa en Reikiavik, donde vive con su mujer y sus dos hijos, Sjón recuerda aquellos años de juventud con una sonrisa: “Éramos jóvenes y un poco salvajes, estábamos buscando maneras de divertirnos y de dar vuelta el mundo cultural de la ciudad... Y definitivamente hicimos muchas cosas que hoy no me gustaría que hicieran mis hijos”, ríe, y continúa: “Teníamos una cruza de influencias que iba de los surrealistas a Bowie, los dadaístas o los primeros poetas islandeses que escribieron en verso libre en los años cincuenta, que aún veinte años después seguían sin ser bien vistos por la academia. Y por supuesto estaba el punk, y el espíritu del punk para nosotros era ir contra cualquier jerarquía de la sociedad. A partir de eso encontramos la manera de publicar nuestros propios libros sin pedir permiso a nadie, y de la misma manera grabamos nuestros discos y encontramos espacios para tocar, recitar y organizar exposiciones o performances. Por alguna razón nunca nos cuestionamos nuestras habilidades para hacerlo: simplemente buscamos y encontramos la manera de conquistar un espacio dentro del mundo cultural de Islandia”.
El próximo fin de semana, Sjón visitará por primera vez nuestro país para presentarse por partida doble en la Biblioteca Nacional, que oficiará este año como una de las sedes de la novena edición del FILBA. El sábado participará de una charla moderada por la periodista y escritora Cecilia Boullosa, donde junto a la poeta santafesina Diana Bellessi y los escritores Ignacio Martínez de Pisón (España), Teresa Cremisi (Egipto) y Roberto Merino (Chile), conversarán acerca de la relación entre literatura y los modos de narrar una ciudad. También el domingo por la tarde, siempre en la Biblioteca Nacional, Sjón formará parte de un panel acerca del arte de escribir letras de canciones. Allí estará junto a los escritores, letristas y periodistas Pablo Plotkin y Pablo Schanton y la cantautora mexicana Julieta Venegas. “Es mi primera visita a la Argentina y la estoy esperando con ansias”, cuenta Sjón. “Buenos Aires es una parte grande de la literatura mundial y lo ha sido durante los últimos sesenta años. Para alguien del Norte como yo, ir por primera vez para allá no es un viaje más: es tener la oportunidad de visitar uno de los santuarios de la literatura contemporánea”.

HISTORIA DE SJÓN

Sigurjón Birgir Sigurðsson nació en Reikiavik en 1962. Quince años más tarde publicaría su primer libro de poesía, “Sýnir” (“Visiones”), un título muy cercano al nombre literario que desde entonces adoptó para sí mismo: Sjón significa “visión” y es a la vez una manera abreviada de su primer nombre y un apodo muy cercano a aquel con que lo llamaban en su niñez, Sjonni. “El año que viene será mi aniversario número cuarenta como poeta”, recuerda el autor. “Hoy veo como algo extraño haber publicado a esa edad, pero en ese momento lo tomé como algo muy natural. Había una imprenta cerca de mi casa y allí autoedité mi libro, una costumbre que durante el siglo pasado fue muy común en muchos escritores islandeses. No recibí comentarios negativos, aunque por supuesto no fue reseñado en ningún lado: no tenía ni idea acerca de los mecanismos del mundo literario, simplemente lo dejé en un par de librerías y lo vendí en la calle o en el colectivo de regreso a casa del colegio. Así conocí a otros poetas y al año siguiente publiqué mi segundo libro, que fue recibido con calidez e incluso reseñado en un par de diarios. Y nadie me pidió que parara así que continué escribiendo, influenciado tanto por los poetas pioneros del verso libre en lengua islandesa como por los surrealistas y las historias de tradición folklórica islandesa que sentía muy cercanas a ese movimiento”.
¿De qué maneras se relaciona el surrealismo con esas historias de tradición oral?
–Cuando buscás la historia de cómo fue narrada la relación entre hombre y naturaleza en textos islandeses históricos, encontrás cuentos folclóricos que fueron considerados menores por el canon pero que resultan claves para comprender las diferentes maneras en que se expresaron los hombres que no fueron autoridades ni respondían a los poderes que gobernaban la sociedad. Esas historias folclóricas luego derivaron en folletines de ciencia ficción, narraciones de erótica barata o revistas de historietas fantásticas, una continuación de aquellas historias donde se expresaban temas que muchas veces habían sido prohibidos por las autoridades o por las leyes que definían qué era respetable en la cultura o cómo debían ser hechas las cosas. Desde muy joven encontré inspiración en las posibilidades literarias que contenían esas narraciones folclóricas, donde podés encontrar historias fantásticamente surrealistas acerca criaturas irreales del mar, caminantes sin vida muy parecidos a los zombis modernos o personajes autóctonos muy bizarros y divertidos. En Islandia tenemos una galería muy grande de personajes y criaturas de todos los tipos.
Hablando de lo considerado respetable o prohibido, El chico que nunca existió arranca con una escena callejera de sexo oral entre un adolescente homosexual y uno de sus clientes. Un gesto que podría considerarse provocador, sin embargo el libro fue muy premiado y se convirtió en bestseller. ¿Qué tan conservadora es la sociedad islandesa?
–Fue una sorpresa grande para mí. Es decir, Islandia es un país bastante liberal donde el movimiento LGBT tuvo mucho éxito al asegurar la igualdad de derechos para todas las personas de diferentes géneros y orientaciones sexuales, pero de todos modos me sorprendió que el libro recibiera tantos halagos y ganara tantos premios... Pensé que sería un libro provocador, explosivo, y al final se convirtió en un bestseller al punto de que fue la primera vez en mi vida que la gente me paró en la calle para agradecerme por un libro. Y muchas fueron personas mayores... Yo creía que estaba tirando una bomba en la sociedad y en el mundo literario de mi país y al final fue un libro recibido con mucha calidez, hasta una señora mayor llegó a hablarme en el supermercado para agradecerme por haber contado la historia de ese muchacho. Y la razón para ese comienzo fue puramente literaria: necesitaba abrir el libro con una escena muy íntima y física, porque toda esa historia trata acerca de la manera en que una epidemia cambia la vida de este joven cuyo único contacto con la sociedad estaba dado por encuentros sexuales pagos con gente que desconocía. Por eso fue muy importante para mí contar esta historia de la manera más directa posible, para a la vez poner un espejo frente al que la gente pudiera mirarse y responder. Soy de una generación en la que el movimiento LGBT comenzó a manifestarse y tuve compañeros de escuela que fueron vistos como gente enferma cada vez que intentaban expresar su orientación sexual, la sociedad no era tolerante con ellos. Es por eso también que decidí dedicarle el libro a mi tío Bósi, que murió por VIH en 1993, y hacerlo abiertamente como parte de la novela.
Volviendo a sus comienzos, ¿recuerda las líneas que abrían aquel primer libro de poesía que editó a los quince años?
–(Se toma un tiempo tratando de recordar) Mmm... Sinceramente no las recuerdo bien, pero mañana te envío un mail con el poema.
Al otro día llegó el mail, donde Sjón transcribió el poema en su versión original en islandés y en una traducción propia al inglés. En islandés, esas primeras líneas con que aquel adolescente Sjón dio comienzo a su obra dicen:
Eg ferðaðist inn, yfir hafsævi
djúpblárra augna
inn i ókunna vitund
inn i nýjan heim.
(Una aproximación al castellano del verso podría ser: Viajé hacia adentro, sobre un océano/ de profundos ojos azules/ hacia una mente desconocida/ hacia un nuevo mundo).

LITERATURA Y MÁRGENES

 

A través de un exhaustivo trabajo de investigación sobre textos de época, Sjón retoma en sus novelas sucesos y personajes que fueron relegados a los márgenes de la historia de Islandia y los ubica en un lugar central de su literatura. Lo hace ambientando esas novelas en momentos históricos que las narraciones canónicas prefirieron ocultar o apenas mencionan, dándole al mismo tiempo voz a personajes que fueron silenciados o excluidos por la sociedad de su tiempo. Así sucede por ejemplo en El chico que nunca existió, con la historia de un joven homosexual que a comienzos del siglo XX sobrevive en Reikiavik durante una epidemia de gripe española que arrasó con la ciudad en tiempos de celebración por la independencia islándica. O en Maravillas del crepúsculo, donde un erudito escritor católico, desterrado de su pueblo tras la revolución protestante, narra entre otros episodios el asesinato en masa a comienzos del siglo XVII de un grupo de balleneros vascos que naufragó en las costas occidentales de la isla, una de las matanzas más grandes en la historia de Islandia.
“Los márgenes son el lugar donde me siento más cómodo a la hora de narrar, aunque vivir al borde del mundo te lleva muchas veces a seguir la costumbre de hacer algo con lo primero que llega a tus costas”, afirma entre sonrisas Sjón, que a su vez busca en cada obra diferentes modos de expandir su lenguaje narrativo: “Después de escribir El zorro ártico y Navegantes del tiempo, dos libros elaborados de manera detallista, con un lenguaje poético muy preciso, pensé que no quería quedar varado ahí, no quería convertirme en un escritor de pequeñas novelas de lenguaje preciosista. Al mismo tiempo, cuando empecé a trabajar con el material histórico de Maravillas del crepúsculo, que está ambientada en el siglo XVII, necesitaba asumir un enfoque distinto al usual. La novela histórica es un género que ha sido abordado muchas veces en Islandia, de hecho nuestro premio Nobel de 1955, Halldór Laxness, fue un maestro de ese género. Si iba a escribir una novela que tuviera lugar en ese siglo necesitaba encarar el desafío de hacerlo de una manera diferente”. Así fue que Sjón se embarcó en una investigación a través de la cual exploró escritos de la época, en particular los de Jon Guðmundsson el erudito, el personaje histórico en que está basada la historia, cuyos fascinantes textos escritos en primera persona (de los cuales algunos breves fragmentos, desde recetas de cocina a particulares soluciones médicas, fueron transcriptos en la novela) le dieron a Sjón la materia prima con la que se propuso contar la historia desde los pensamientos del narrador, Jónas Pálmason, un escritor –personaje ficticio basado en Guðmundsson– perseguido y desterrado al que envían a una isla pequeña sin posibilidades de conseguir pluma ni papel, por lo que sólo puede escribir en su mente: “Decidí entregarme al flujo de conciencia, una escritura automática muy veloz, algo que iba muy en contra de la manera pausada en que siempre había escrito hasta entonces. Me senté en la Biblioteca Nacional una hora por día y escribí tan rápido como pude, casi sin corregir nada, para liberarme del estilo ajustado de escritura que tenía y para intentar que la mente del narrador fuera más rápido que la mía, un ejercicio que al comienzo no sabía cómo saldría y que al final resultó muy refrescante. Y para la novela siguiente, ‘El chico que nunca existió’, ya me sentía con un ánimo liberado y decidí embarcarme nuevamente en una narración de prosa detallada”.

LABORATORIO SURREALISTA

La anécdota con poetas caminando sobre techos de autos con la que comenzó esta nota fue relatada hace cuatro años por Björk en la presentación de la novela Maravillas del Crepúsculo en los Estados Unidos. Allí, al hablar acerca de sus trabajos en colaboración con Sjón, la cantante expresó: “Cuando comencé a escribir canciones sentí de manera muy natural pedirle que las escribiera conmigo. Siempre escribí mayormente sola, pero había canciones acerca de las que podía hablar por horas y sin embargo no encontraba la manera de escribirlas. Así que nos sentamos a la mesa de una cocina, abrimos una botella de vino y charlamos durante horas y días hasta que nació ‘Isobel’. Sjón es un escritor único, tomó la fuerte tradición  islandesa de la relación entre hombre y naturaleza y la hizo darse la mano con la literatura contemporánea. Pero, más importante que eso, logró unir en su obra inteligencia y corazón”.
La amistad entre ambos surgió a finales de los setenta y se cimentó durante esos comienzos de una escena que pronto se extendería hacia el resto de Europa. Así lo recuerda Sjón: “La repercusión más fuerte empezó en los ochenta con las primeras bandas dark post punk que surgieron en Islandia, en especial una llamada KUKL, que tuvo un éxito considerable y que fue la base de lo que luego serían los Sugarcubes, que de toda la movida fueron la banda con el sonido más alegre, si es que puede llamarse así su música. Ellos fueron los primeros que tuvieron éxito a nivel internacional y yo fui parte de ellos porque era fan de lo que hacían y a la vez éramos todos amigos. De hecho en el 86 los acompañé en una gira porque había escrito para ellos esta canción, ‘Lüftguitar’, que fue una especie de hit, un tema que tuvo un video en el que yo tocaba una guitarra invisible, algo que por supuesto haría cualquier surrealista que se precie de tal”.
Fue en 1994, ya afianzada en su carrera solista, cuando Björk le pidió a Sjón que escribiera para ella las letras de algunas canciones del que sería su segundo disco, Post: “Cuando a mediados de los noventa Björk me pidió que nos juntáramos para escribir las letras de ‘Isobel’ para mí fue una alegría, habíamos tenido conversaciones interminables acerca de arte y poesía durante nuestra adolescencia y armar esas canciones fue como retomar esos momentos y volver a entrar al laboratorio surrealista con los juegos y restricciones que nos imponíamos para crear... Fue como volver a finales de los setenta, jugando los mismos juegos a corazón abierto, solo que esta vez sonarían en todo el mundo”.
Si bien las letras de esas canciones fueron escritas en inglés, Sjón prefiere siempre escribir en su lengua materna: “Es una situación particular la del idioma islandés”, afirma. Y concluye: “Si bien es un lengua hablada por pocos, trescientos sesenta o setenta mil como mucho, lo que compensa eso es el hecho de que hemos estado viviendo en esta roca durante aproximadamente mil doscientos años, y esta lengua tiene una historia muy antigua de ser usada como lengua literaria, o escrita, con mucha poesía, textos que narraban situaciones que estaban sucediendo en el lugar o simplemente buenas historias. Eso significa que cada vez que me siento a escribir cuento con todo ese tesoro, y trabajar en una lengua con tanta historia literaria se siente como un privilegio. Nuestro país ha sido muy pobre durante mucho tiempo y no hay grandes catedrales o universidades antiguas ni tenemos una gran historia en artes plásticas o música clásica. Tenemos literatura, y la escritura ha sido la única actividad cultural sostenida aquí durante siglos: ese es el legado más grande que hemos recibido los escritores de este lugar”.

EL ZORRO ÁRTICO

Fábula de pulso preciosista basada libremente en historias folklóricas populares de Islandia, El Zorro Ártico ganó el prestigioso Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 2005, lo que le valió a Sjón su primer gran reconocimiento a nivel nacional y europeo. El libro está dividido en dos partes: la primera narra el viaje emprendido por el pastor Baldur Skuggason tras la caza de un zorro pardo, mientras que en la segunda parte conocemos la historia previa de los personajes que dieron lugar a esa caza a través de precisos detalles de la vida cotidiana de Islandia en el siglo XIX.

NAVEGANTES DEL TIEMPO

Inspirado por los diarios de viaje de su abuelo Matthías Þórðarson frá Móum, un comerciante pesquero y escritor aficionado, en Navegantes del tiempo Sjón cruza mitos griegos y folklore nórdico a través de una historia que narra el viaje del comerciante Valdimar Haraldsson en un barco mercante que se dirige al Mar Negro. Allí se encontrará con el héroe mítico Céneo –uno de los argonautas que acompañó a Jasón en su épica travesía– quien narra a sus compañeros de viaje una serie aventuras donde el humor y los mitos se combinan al ritmo de una prosa atrapante. 

MARAVILLAS DEL CREPÚSCULO

Basada libremente en la historia y los escritos de Jon Guðmundsson El Erudito, médico y escritor católico del siglo XVII que fuera exiliado y condenado a permanecer en una isla tras la revolución protestante en Islandia, Maravillas del Crepúsculo es una hipnótica narración en primera persona mezclada con recetas de cocina y textos por el estilo de la época, una novela en la que entre otras historias se narra el asesinato de un grupo de balleneros vascos que naufragó en los fiordos occidentales de la isla, una de las matanzas más grandes en la historia de Islandia.

EL CHICO QUE NUNCA EXISTIÓ

A finales de la Primera Guerra Mundial y en plena celebración de su independencia, Islandia sufrió una peste de gripe española que atacó a un tercio de la población y paralizó a la ciudad. Sjón se mete en esa Reikiavik de comienzos del siglo XX a través de la historia de un adolescente homosexual cinéfilo que vive con su abuela y se gana la vida en la calle, un homenaje a la comunidad LGBT islandesa que –sorpresivamente hasta para su autor– se convirtió en bestseller y arrasó con los premios literarios de su país.

CHUBUT > Trevelin

CHUBUT> Campos floridos en la cordillera

Colores para el alma

Veintisiete variedades de tulipanes pueblan poco más de tres hectáreas de una chacra de Trevelin, cerca de Esquel, vistiendo de todos los matices el pie de la cordillera. Octubre es la cita de su floración, que refuerza el destino turístico de la comarca: después de la rosa y el crisantemo, el tulipán es tercera flor más vendida del mundo.

 Dicen que de tanto color se llega a sentir música. Dicen que es un arco iris sobre la tierra y dicen que la alegría y la paz de contemplar un campo de flores renueva el alma. Por eso, cada octubre, la chacra de tulipanes Plantas del Sur, de Juan Carlos Ledesma –a 12 kilómetros de Trevelin, cerca de la cordillera chubutense– es el lugar donde la gente se reencuentra con su espíritu.
 Son veintisiete variedades de colores que forman hileras de hasta 400 metros extendiéndose hacia el horizonte. Negros, violetas, rosados, blancos, rojos, amarillos, lilas, jaspeados, dobles, simples: los hay de todas las formas y tonalidades. Son las flores de tulipán que se producen para comercializar los bulbos en esta chacra que, además, está cerquita del área natural Cascadas de Nant y Fall.

SOLO EN OCTUBRE Mate, caminata o simplemente mirar son parte del abanico naïf que ofrece el campo de tulipanes y parece mentira que solamente sea un mes, octubre, el momento especial para su contemplación. Este año además viene con una novedad: desde el centro de Trevelin se organizan salidas nocturnas, porque tanto para quienes viven aquí como para los visitantes el cielo diáfano y despejado, las estrellas y la cordillera nevada de noche conforman un ambiente tan especial como único y una invitación que subyuga a fotógrafos de todas partes. Y ahora, agendado.
Juan Carlos, que empezó con este métier en 1996,  cada octubre siente en las primeras flores la misma alegría que percibe la gente que lo visita. Es un arco iris que se destaca del horizonte con las montañas nevadas, que “aquí tienen ese color azulado con los picos nevados, el cielo turquesa. Te lo describo así porque es lo que veo en este momento”, le dice a TurismoI12 mientras le cuenta su sensación por teléfono.
La maravilla del paisaje florido es tal que al director de Turismo de Trevelin, Victor Yáñez, no le alcanzan las palabras, el tiempo, los brazos y los mensajes para decirle al mundo entero que se acerque porque el espectáculo floral dura un mes (aunque después durante noviembre se viene la floración de la peonías en un campo pequeño del INTA que se cubre con sus flores hasta la primera semana de diciembre). Pero no puede más. Quiere que todos vengan a descansar y solo vean belleza. Claro.
De las veintisiete variedades de tulipanes, Juan Carlos distingue unas enormes, de color amarillo, tan grande la flor como la de una rosa, que tienen perfume: “Son la variedad Montecarlo”, acota. Cuando uno camina por entre las hileras de tulipanes puede sentir el aroma a medida que se acerca a ese color. Por el contrario, las más pequeña es la Angélique, de color rosa suave con vetas blancas, y de doble pétalo. Es muy delicada, de allí su nombre.
Sin embargo, de todos estos colores imaginables son los tulipanes negros y los violetas los que atrapan los suspiros de los visitantes. Será por lo exótico, lo raro, lo distinto.

TAMBIÉN TODO EL AÑO Son cuatro integrantes de la familia Ledesma los que se dedican a la producción de bulbos, para lo cual es especial el clima templado de la región. Pero además fue necesario trabajar para que las dimensiones de los bulbos sean las que pide el mercado. Y eso supera en mucho al mes de octubre: el trabajo en el campo es todo el año, por la preparación de la tierra, porque se planta en mayo y abril y luego de la floración, cuando se cortan las “copitas” solamente y a fin del verano se cosechan los bulbos, que es la producción a la que se dedica la finca.
“Ahora tenemos una máquina que es como una cortadora de césped pero gigante, que corta las tulipas, los pétalos. Antes lo hacíamos a mano”, revela a TurismoI12 Juan Carlos y claro, hay diferencia teniendo en cuenta que producen 3,5 millones de bulbos, y lo mismo significa en flores.
Entonces quedan solamente los tallos, que según la especie pueden medir entre 20 y 70 centímetros. Luego desentierran los bulbos, de los cuales –como tardan tres años en alcanzar el tamaño ideal para su comercialización– un porcentaje queda en guarda hasta ser plantados para el año siguiente y volver a comenzar el ciclo. Lo que se vende, claro está, son los bulbos, que se comercializan en la zona en Buenos Aires. En algún momento llegaron hasta Holanda, pero no por ahora.
La máquina no es la única inversión que han realizado en el campo. También se pensó en compartir por más tiempo este paisaje y para eso se está terminando una cabaña top a solo 30 metros de las flores. Y con balcón a las cascadas Nant y Fall. Un lujo.
Mientras tanto Juan Carlos se sonríe cuando recuerda que desde un principio la gente pedía acercarse a los cuadros plantados. Antes de la erupción de cenizas del volcán Chaitén tenían seis hectáreas, pero ahora lograron mantener tres y se repite la atracción.
“Hay gente que llega y simplemente contempla el paisaje; otros caminan por el sendero, sacan fotos y hasta pintan cuadros. También hay personas que caminan junto a cada hilera, toda la tarde y de vez en cuando acarician las flores”.
“Una vez –recordó a TurismoI12– vino una chica temprano por la mañana. Descendió de un taxi y ni me miraba. Se quedó parada observando los tulipanes. Todo el día lo pasó así, observando, contemplando. Después del atardecer, cuando se retiró el último empleado, llegó el taxi a buscarla y me dijo: ‘No me quiero ir. Me quiero quedar acá con los tulipanes’. Estaba como tildada. Me sorprendió mucho”.
También hay fanáticos, dice el dueño del campo, que cuando el trabajo se lo permite se toma un respiro -una forma de decir- y sale con su moto o a hacer travesías de trekking, como hace pocos días, todavía con raquetas de nieve.

LA FLOR SÍMBOLO Los tulipanes se han convertido en un atractivo pero también en un símbolo de Trevelin, si se quiere. Para la Feria Internacional de Turismo (FIT2017), que se realiza a fin de octubre en La Rural de Palermo, en Buenos Aires, el propio secretario de Turismo de Trevelin, Víctor Yáñez, tiene previsto traer –como hizo el año pasado– unos cajoncitos primorosos repletos de tulipanes, el detalle que lo distinguió en plena selva de cemento y que regalaba alegría.
Hay una perla histórica en la vida de Juan Carlos y su familia. Son la quinta generación de galeses en suelo chubutense. Y piensa que quizás su entereza, determinación y empuje los heredó de sus bisabuelos. Porque fue Cadfan Hughes, su abuelo materno, uno de los galeses que arribó en el Mimosa en 1865 a las costas de Puerto Madryn: “Dicen que al ver la costa y mientras acomodaban los botes, él se arrojó al mar y llegó nadando. Uno de los primeros en tocar tierra”. Se ríe.
Todo el mundo relaciona a los tulipanes con Holanda, en los Países Bajos. Y claro que ellos lograron un boom económico tan resonante que pasó a la historia como la “tulipomanía”. Fue allá por 1593, cuando el botánico Carolus Clusius ingresó al territorio los tulipanes para estudiarlos y adornar los jardines del emperador Maximiliano. En una década se impusieron como una moda en jardines, ornamentación y parques. Se cuenta que varios años antes el embajador austríaco había visto una flor extraña en el turbante de un extranjero y a consultarle su nombre el hombre se confundió, pensando que se refería a la prenda, y le contestó “turbante”: de allí el nombre tulipán.
Con el tiempo, los precios en alza coparon el mercado y se generó especulación. Se vendían y compraban los derechos a un bulbo. Llegaron a costar 1000 florines las cuatro decenas de bulbos, cuando el salario anual en promedio de un artesano era de 200 florines; incluso algunos nunca veían el bulbo. De manera que cuando se registró una mala cosecha por factores climáticos, se rompió la cadena de cumplimientos, estalló la burbuja y en 1637 se registró una crisis económica considerada la primera de la época moderna. Este hecho se describe en el libro de Charles Mackay Delirios multitudinarios: la manía del tulipán y otros mercados enloquecidos. De todas formas, los Países Bajos concentran hoy el 87 por ciento del área cultivada de tulipanes a nivel mundial y la flor es un símbolo allí tanto como en Irán y Turquía, desde donde se llevó la planta a Europa.

ESTRELLA GLOBAL En el mercado mundial de flores, el tulipán es la tercera flor más venida luego de la rosa y el crisantemo, y guarda para algunos naturalistas, estudiosos y apasionados su simbología de acuerdo con el color de sus pétalos: como el rojo, excelencia en el amor; el blanco, la pureza; el amarillo relacionado con la alegría y el buen ánimo; y el rosado, con el afecto sincero y la amistad. Por su parte las variedades de diferentes tonalidades se asocian con la juventud.
En la chacra de Trevelin donde está Juan Carlos Ledesma es posible advertir quizás alguna otra especie bella, como narcisos y jacintos: hay que estar atentos y percibir su perfume. E incluso pispear bien, porque también puede descubrirse alguna hilera de “alium”, que se distingue por su flor en forma de un enorme pompón de color azul.
En cuanto al viajero que no hay logrado organizarse para octubre, o por otros motivos se pierda la floración de los tulipanes, que no desista de su itinerario: porque en noviembre en la misma zona comienzan a florecer las peonías, hermosas flores que tienen 2000 años de historia y son muy apreciadas en China y Japón; y hasta diciembre hay en la zona flores de todos los colores. En sus formas y matices, y en los campos que ellas cubren, muchos encuentran la manera de recuperar el alma y para la gran mayoría es la energía de las flores la que revitaliza a quienes pueden admirarlas, sentirlas y regalarlas.

Carson McCullers

Carson McCullers

Las razones del corazón

Los aniversarios siempre son una excusa aunque en este caso los números son tan redondos que impresionan: se cumplen cien años del nacimiento y cincuenta de la muerte de Carson McCullers. En apenas 48 años de vida, años llenos de dificultades y mala salud, se convirtió en una de las escritoras más influyentes de los Estados Unidos, no sólo del Sur que representaba y que contó como nadie. A propósito del centenario Seix Barral reeditó su obra narrativa completa, incluyendo la autobiografía Iluminación y fulgor nocturno. Niña prodigio, mujer apasionada, estrella literaria que conoció la fama en vida, Carson McCullers influenció a la narrativa latinoamericana (sus ecos son evidentes en Briante, en Conti, en Onetti), reveló con precisión cómo era vivir en el Sur segregado y sus personajes solitarios, perdedores y sexualmente ambiguos son increíblemente relevantes, refugio para diferentes de entonces y de ahora.

 Podríamos empezar diciendo, parafraseando, que todos los pueblos felices se parecen y sólo los infelices lo son cada uno a su manera. Con la salvedad de que, al menos en la literatura, casi no existen los pueblos felices, y que la infelicidad del pueblo innominado de El corazón es un cazador solitario es la misma que la de Columbus, Georgia hacia los años ‘30, el pueblo donde a pesar de todo, Carson McCullers, nacida en ese sitio en 1917, tuvo una infancia y una adolescencia razonablemente felices. Pero al crecer, la aguda percepción de chica superdotada para la música, el arte y la vida interior, y una enfermedad de fiebre reumática que la marcaría de por vida convirtiéndola en un cuerpo sufriente hasta su muerte cincuenta años después, en 1967, la erigieron también en una profeta de algunas causas que no le pertenecían por naturaleza, líder de unos sectores sociales tenaces, minoritarios y esquivos, que con el paso del tiempo la convertirían a la vez en referente estético, en estandarte narrativo: la joven rebelde y rara del profundo sur, dicho esto con todas sus implicaciones metafóricas. Sur entendido como un confín mental, suburbio del mundo, arrabal. Una joya extraña emergiendo de un territorio áspero, y más aun, cruel.
 Y dicho sea también en el comienzo: todo lo que atañe al pueblo, al carácter de una adolescente tan lúcida y observadora como una cámara fotográfica, tan dotada para el piano y las representaciones teatrales y las fantasías, a la tenacidad autodestructiva de los pobres y ausentes, a la soledad irreductible de lo que quieren cambiar el mundo pero en el fondo se creen superiores a aquellos a quienes deberían redimir, a la rareza como marca de identidad iniciática, todo, todo eso, está inscripto de una vez y para siempre en esa obra apaisada, lánguida y tórridamente veraniega (calor y humedad no faltan aquí) que es El corazón es un cazador solitario, escrita a los veintipocos años de la autora y publicada en 1940.
Novela que termina con un epílogo fechado diez días antes del comienzo de la segunda guerra mundial y que, por lo tanto, permite leerla retrospectivamente como una prefiguración de un mundo en destrucción, una profecía. Pero también como el testimonio del final de una era en la que a pesar de todo, el Hombre había podido trazarse un futuro, un módico Edén del que indefectiblemente será expulsado: la juventud, el pueblo, las ilusiones.
Es notable que a pesar de haber absorbido la amarga savia de los autores rusos, en especial de Dostoievski, su nave insignia, la precoz narradora que escribe la novela a la par que escribe una suerte de cuaderno de bitácora de la novela (texto que se publicó como El mudo, dirigido a los editores del concurso que no ganó, pero que finalmente la publicaron igual, en pleno reconocimiento de su talento), no hay nihilismo extremo en Carson McCullers. Hay una sabiduría y un equilibrio tan notables para una escritora primeriza (en la novela, valores encarnados en el dueño del café Nueva York, Biff Brannon, el típico hombre que con ojos entrecerrados observa la vida desde el mostrador, o detrás de la caja registradora) en la evaluación de los grandes sentimientos y emociones que componen la dupla Vida-Muerte, que resultan abrumadores.
Desde muy temprano, la divisa de Carson McCullers fue módica, y así lo hace saber en las líneas finales del libro, y en boca (o pensamiento) del hombre que mira y espera, Biff: “Porque en un fugaz resplandor captó un vislumbre del esfuerzo y del valor humanos. Del interminable y fluido paso de la humanidad a través del tiempo infinito. De aquellos que trabajan y de aquellos que –tan sólo una palabra– aman”. Esa misma divisa –“amor y trabajo”– la enarbolaría varias veces aplicada a su vida personal y literaria.
De trabajo y de amor entonces trata en gran medida El corazón es un cazador solitario. Y, por supuesto, de la soledad, la incomunicación y los intentos existenciales, a veces acertados, a veces vanos, por superarla.

Novela negra

Quizás uno de los aspectos de la novela que más impacta en la relectura es la forma doble en que es tratado el tema del conflicto racial. Obviamente ya no son tiempos de esclavitud, pero sí de fuerte segregacionismo. El bar de Biff, sin ir más lejos, es un bar de blancos. Y desde la mirada coral (una proliferación de puntos de vista, no de voces) que eligió la autora, hay por un lado un tratamiento subrepticio y velado de la diferencia racial que en otra napa de la trama estalla y se hace evidente. Y es todo resultado de la misma mirada de una chica blanca casi adolescente que no sobreactúa jamás, pero tampoco oculta ni pasa nada por alto. En su biografía dictada al borde de la muerte, Iluminación y fulgor nocturno, Carson recuerda a la criada Lucille y un episodio de racismo por parte de un chofer de taxi. Esta criada de la vida real inspira claramente a Portia, que trabaja en la casa de la familia Kelly, blancos de clase media en franco declive económico, pero notables en el pueblo porque tienen una casa donde alquilan habitaciones a huéspedes y forasteros. Ahí donde precisamente irá a recalar el célebre sordomudo John Singer, el que no habla ni oye pero comprende. Portia es el vínculo con los hombres y mujeres negros de la novela. “No veo mucho a mi padre, quizás una vez por semana, pero pienso mucho en él. Siento más pena por él que nadie. Supongo que ha leído más libros que cualquier hombre blanco de esta ciudad. Ha leído más libros y se ha preocupado acerca de más cosas. Está lleno de libros y de preocupaciones”.
De esta manera Portia presenta al doctor Copeland, un médico negro que ha querido controlar la natalidad de las familias negras y que se ve rodeado de bebés, niños y jóvenes que llevan su nombre, Benedict, en su honor; un ser iluminado, abrasado, quemado en la hoguera del inútil combate, quizás el personaje más querible de todos. “Mi pueblo fue traído de las grandes llanuras, y de las oscuras y verdes junglas –dijo en una ocasión al señor Singer–. En los largos y encadenados viajes a la costa morían a millares. Sólo los fuertes sobrevivían. Encadenados a los sucios barcos que les traían aquí, seguían muriendo. Sólo los negros duros eran capaces de vivir. Golpeados y encadenados y vendidos en la subasta, también perecían algunos de los más fuertes. Y finalmente a través de los años de amargura, los más fuertes de mi gente están todavía aquí. Sus hijos e hijas, sus nietos y bisnietos”.
 Y entre incomprensiones e injusticias y escenas que años después vibrarían en las pantallas de cine llamando a la compasión del mundo, Carson McCullers diseña la figura en el tapiz del conflicto racial enhebrado en el conflicto social, algo que tiene su punto culminante en la discusión hasta la madrugada del doctor Copeland con Jake Blount, un forastero que llega al pueblo, borracho, pendenciero y marxista; Copeland le puso Karl Marx a uno de sus hijos, pero mientras el doctor se embarra día a día con sus negros y quiere redimirlos y llevarlos en una marcha de a pie a Washington, Jake desprecia profundamente a los obreros, sean los blancos que trabajan en las hilanderías del pueblo o los negros que malviven como pueden y suelen terminar en la cárcel. El problema, para él, es “saber”; es el problema de la conciencia, cómo tenerla, cómo despertarla. Según la precisa indicación de la autora, Jake es un hombre nervioso y desquiciado, quizás un loco declarado. En tanto Copeland es un hombre amargado y desesperado, estricto pero compasivo. Como sea, hay un momento en que el conflicto blanco-negro amenaza devorarse la novela y es a través de lo que le sucede a la adolescente Mick Kelly, a su inolvidable hermanito Bubber y al propio Singer, tres blancos con temáticas concretas de blancos, cada uno en su esfera, que todo irá fluyendo hacia un final más equilibrado en el que los ríos confluyen en una mar tempestuosa y resignadamente calma a la vez.  

Una voz en una fuga

En el esquema de trabajo que Carson McCullers redacta y envía al editor Robert Linscott, encargado del concurso de la editorial Mifflin que finalmente la publicará, señala que El mudo (título que luego el editor cambiará por el conocido por todos) “es la historia de cinco personas aisladas, solitarias, en su búsqueda de la expresión y en su deseo de integrarse espiritualmente en algo más grande que ellos. Una de esas personas es John Singer, un sordomudo, y en torno a él gira todo el libro. Debido a su soledad, las otras cuatro personas ven en Singer cierta superioridad mística y, en cierto sentido, lo convierten en su ideal. A causa de su sordera, la relación de Singer con el mundo exterior es vaga e imprecisa. Sus amigos pueden atribuirle todas las cualidades que les gustaría que tuviese. Cada uno de esos personajes crea su manera de entender al sordomudo a partir de sus propios deseos. Singer sabe leer los labios y entiende lo que se le dice. En su eterno silencio hay algo cautivador. Sus cuatro amigos lo hacen depositario de sus sentimientos e ideas más personales”.
Para matizar con unas notas de irónica comicidad una tragedia bastante realista, Singer solo tiene ojos y oídos, si cabe, para otro sordomudo, el griego Antonapoulos, un deficiente mental que poco y nada registra, subrayando un amor absurdo que vuelve irrisoria, aunque no totalmente,  la pretendida comunicación entre almas gemelas que pretenden los interlocutores de Singer. Pero hay aquí esbozado un proyecto muy serio de iluminar sucesivamente las fases de lo subjetivo, lo social y lo trascendente en el ser humano, un modo de tomar la novela como una indagación completa sobre la existencia, el sentido de la vida, aunque haya zonas inefables, insondables.
Lo cierto es que este gran plan esbozado tempranamente por Carson mientras redactaba los primeros capítulos del libro, también arroja una forma de leerse a sí misma, una temprana auto observación, notable por donde se la mire, sobre todo cuando se comprueba en la novela la absoluta coherencia entre teoría y práctica. “Este libro está planeado de acuerdo con un diseño definido y equilibrado. La forma utiliza siempre el contrapunto. Como una voz en una fuga, cada uno de los personajes principales es una totalidad en sí mismo, pero su personalidad adquiere una nueva amplitud cuando se la contrasta y entreteje con los otros personajes del libro.” Y más adelante: “Este libro se completará en todas sus fases. No se dejará ningún cabo suelto y al final habrá un sentimiento de conclusión equilibrada. La idea fundamental es irónica, pero al lector no se le deja con una sensación de futilidad. La obra refleja el pasado pero también indica el futuro. Algunos de sus personajes están muy cerca de ser héroes y no son los únicos de su clase. Porque en la esencia de esas personas existe el sentimiento de que por muchas veces que sus esfuerzos se pierdan y sus ideales personales resulten falsos, llegará un día en que se unan y consigan lo que les pertenece por derecho”.  
Esta suerte de geometría del amor, vínculos y soledades, transcurre en un pueblo y un Sur que Carson McCullers también refleja en su  plan de trabajo, seguramente con la conciencia de que no sólo aludía a una caracterización social del territorio sino que ya se insinuaba un mapa literario, esa noción de comarca entre real y fantástica que implicaría al sur, a sus escritores y sus simbolismos.
“En el libro nunca se menciona a la ciudad por su nombre, aunque está situada en la parte más occidental de Georgia, en las orillas del río Chattahoochee y justo al otro lado de la frontera con Alabama. Tiene una población de unos cuarenta mil habitantes de los que una tercera parte, aproximadamente, son negros. Se trata de una comunidad típicamente fabril y casi toda su organización económica se centra en las fábricas textiles y en el comercio minorista. No se ha avanzado apenas en la defensa de los derechos de los trabajadores. Persisten condiciones de gran pobreza”.
Claro: es el sur de Erskine Caldwell, de Faulkner, de Flannery O’Connor,  menos ensoñado que el de Truman Capote o Fitzgerald, por supuesto, quienes enfocando en las damas sureñas, se acercaban más a Tennessee Williams. Pero Carson McCullers –no engañarse– también será urbana y cosmopolita y se hará de grandes amigos notables como John Huston e Isak Dinesen y pertenecerá por adopción a la élite de Nueva York, a Harper’s,  al teatro de Broadway.  Y llegará el momento en que ella misma será un notable personaje del norte con esos finos, añejos, nostálgicos, reflejos sureños.
El corazón es un cazador solitario es en gran medida un fenómeno extremo y redundantemente solitario, una rareza paradójicamente rara, ya que se trata de una novela social acabada y seria, una pieza de realismo con dosis exactas de excentricidad sin desbordes, con epifanías contenidas y trabajadas escena por escena con enorme sentido dramático, un monumento al rigor narrativo, una novela de iniciación despojada y cruda en la figura de la muchacha varonera  y brillante de Mick Kelly. Una novela que casi contiene todos los temas del mundo de su tiempo, del comunismo al fascismo, la debilidad de las democracias, la arbitrariedad de la religión, el racismo y la xenofobia, la pregunta por el sentido del arte en ese mundo. Entre nosotros, pocos años antes pero para la misma época y con registros diferentes, Roberto Arlt conjugaba las deformidades de un jorobadito con los soliloquios para un mundo desquiciado en Los siete locos, novela poblada de Jake Blounts y doctores Copeland y un Erdosain que, en su exceso de conciencia, casi resulta la inversión angustiada y verborrágica del impasible y mudo John Singer. Hay paralelos notables entre estos dos universos, que quizás hayan salido de dos canteras: la lectura de los rusos, y la dialéctica entre la periferia del pueblo/ barrio y la ciudad/ centro.
Quién sabe. Vivir aislado no significa, en el fondo, estar solo. Los mundos diferentes, al final, dialogan. Mick, antes de entrar a trabajar catorce horas por día en una tienda poniendo fin a su belleza y su frescura, soliloquiaba en su “cuarto interior” y se comunicaba con el mundo exterior. Creía que le hablaba a un mudo. Que el mudo la escuchaba. Estaba enamorada de Beethoven, de su hermano y de los Hombres. Los locos, sean cinco o siete, no están tan locos, ni tan solos. Algo de esperanza reverbera fuertemente al final de la novela a pesar de la llegada de la guerra, aunque sea como un resplandor que al sesgo del próximo invierno, terminará por apagarse.
Desde su profundo pero no hermético pueblo y en la primavera de su vida, Carson McCullers trazó las incandescentes razones del corazón en la infancia y la adolescencia. Y de la vida rica y primitiva de todos los pueblos del mundo.

La balada del café triste o la perfecta novela corta

Tócala otra vez

Contaba que la chispa de La balada del café triste se había encendido en unos segundos. Estaba en un bar y presenció cómo una mujer enorme miraba embelesada a su pareja, un enano. A partir de ahí llamó a la intuición, ese único superpoder que según Carson McCullers tienen que detentar los escritores, y fue armando el tejido de una novela corta, relato largo o novella tan perfecta que funciona como un reloj que detiene el tiempo sin estar roto.
¿Cómo pueden amarse esa grandota y ese hombrecito? Y lo más importante: ¿quién amaría más?, se preguntó en aquella cafetería. Así, mientras escribía, apareció su típico pueblo sureño y fabril –que “de por sí ya era melancólico”– escenario y personaje tentacular de La balada...; una heredera tozuda y solitaria, Miss Amelia; un ex esposo violento y despechado; Marvin Macy; un ser malicioso, diminuto y jorobado, el Primo Lymon; y finalmente pero no menos importante, un narrador (o narradora) tan omnisciente como testigo, que pasa del tono de guía turístico a disertante sobre la naturaleza humana y no pierde oportunidad en dar su opinión. “Exceptuando al Reverendo Willin, todos se parecen mucho, como ya hemos dicho; todos han pasado algún buen rato en su vida; todos han sufrido o han llorado por algo; casi todos son personas tratables si no están exasperados. Eran todos obreros de la hilatura y vivían en casas de dos o tres habitaciones por las que pagaban diez o doce dólares al mes. Y todos, aquella noche, habían cobrado, porque era un sábado. Así que de momento podéis considerarlos como un todo”.
El narrador de La balada del café triste, que funciona casi como un coro griego, es una de las rarezas más acertadas en esta obra donde todo está bien: la estructura con esa coda inexplicable que redobla el final, el tono, las descripciones cinematográficas (con una cámara que se acerca y se aleja según convenga), las digresiones como al pasar sobre la clase trabajadora, la cuestión de género, la orientación sexual y, fundamentalmente, sobre el amor, ese sentimiento que se muerde la cola. “En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se de cuenta de esto, con mayor o mejor claridad; en el fondo sabe que su amor es un amor solitario”, dice este narrador entrometido en uno de los pasajes más citados de este relato.
McCullers era altísima. Con Miss Amelia, la protagonista de La balada..., compartía la estatura, la androginia y cierta tendencia a los amores no correspondidos. Con Miss Amelia, mezcla del forzudo y la mujer barbuda de los circos, compartía también el gusto por el whisky y el no terminar de encajar del todo en su medioambiente: eran dos freaks, para usar un término afín al gótico sureño. Hasta ahí las similitudes entre una de las escritoras más extraordinarias del siglo XX y uno de los personajes más dolorosamente ¿femeninos? de la literatura estadounidense.
La escritora fue precoz en todo –desde su debut literario hasta su muerte, pasando por sus enfermedades y apasionamientos– y escribió La balada... en la década del 40, en la colonia de Yaddo, una comunidad artística alojada en Saratoga Springs (Nueva York) entre varías recaídas de salud. Por esa época ya era una celebridad y vivía gracias a una beca Guggenheim después de haberse separado de su marido Reeves McCullers, un alcohólico suicida con quien se volvería a casar un par de años más tarde. Pero cuando escribía La balada..., la escritora estaba en pleno romance platónico con la brillante Katherine Anne Porter, una leyenda en vida de la literatura estadounidense que le llevaba varios años. No es casual que se obsesionara con el amor como padecimiento. “Miss Amelia lo observaba todo, pero sus ojos volvían siempre a posarse en el jorobado (...) Parecía pensativa, ensimismada, y en su expresión había una mezcla de pena, asombro y vaga satisfacción. Sus labios no estaban tan apretados como de costumbre, parecía algo más pálida y le sudaban las manos grandes y vacías. No cabía duda: aquella noche tenía el aire lánguido de una enamorada”, dice en un momento esta novela corta que abre –y titula– un conjunto de relatos publicado en 1943. El libro se convirtió en éxito inmediato y La balada... en una de las obras más ejemplares de McCullers. Allí está todo: el pueblo sureño conservador, el aislamiento, la figura del forastero, un humorismo como en sordina, el sentido trágico de la vida, personajes un poco monstruosos pero tan humanos, un grotesco que desdibuja el realismo, algunos chispazos fantásticos tan sutiles como significativos. Y la crítica social, eso que le valió a la escritora desde amenazas del Ku Klux Klan hasta encendidas comparaciones con Faulkner. Pero aquí el foco en la violencia de clase o supremacía blanca –muy presente en el resto de su obra– es desplazado hacia la misoginia. El problema son los varones. Miss Amelia había logrado lo que ninguna: ser la dueña de un pueblo, no seguir los mandatos de su género, ganarse el miedo y respeto de sus vecinos, desdeñar a un ex marido. Vivía en una soledad y rudeza inmejorables hasta que llegó un hombre muy parecido a un duende que la hechizó. Floreció. Hizo florecer a su entorno. Bajó la guardia y se le reblandeció el corazón. Eso, para una autora que trabajó con profundidad en su literatura todos los pliegues de la ternura, siempre es sinónimo de perdición.

Iluminación y fulgor nocturno, la autobiografía que Carson McCullers dictó durante los meses previos a su muerte

El trabajo y el amor

Espera con ansiedad que le amputen la pierna que amenaza con salírsele todo el tiempo y así poder andar en silla de ruedas como sus admirados Sara Bernhardt o Cole Porter. El último derrame cerebral la dejó postrada. Eso no sería nada. Su mano derecha es un garrote y no ve de un ojo. Así que no puede escribir ni leer. Tampoco usar ese magnetófono último modelo que le regalaron sus amigos y que ahora quedó sobre el mueble del dormitorio como un objeto decorativo. Así es que se decide: llama a Ida, su ama de llaves y le pide que traiga papel y lápiz. Va a escribir sus memorias. Desde la cama en su casa en Nyack, con vista al río Hudson, y haciendo un esfuerzo sobrehumano para sacar la voz, Carson McCullers dicta la primera oración: “El trabajo y el amor han llenado por completo mi vida”.
Iluminación y fulgor nocturno es la autobiografía inacabada que Carson McCullers, con 50 años recién cumplidos, escribe entre abril y agosto de 1967, cuando sufre su último colapso cerebral que la deja en coma hasta su muerte  el 29 de septiembre de ese mismo año. Estas memorias –donde McCullers dice dialogar con las futuras generaciones aunque termina haciéndolo con ella misma en una especie de confesión pública– las irá dictando a quienes la visitan en esos meses: su primo Jordan, su ex analista Mary Mercer, secretarias voluntarias y a sueldo, amigos y hasta estudiantes de un colegio cercano. Carson avanzaba sin seguir un orden lógico, como en una asociación libre por los recovecos de su alma. Había días en que solo conseguía articular unas pocas frases tras varias horas de esfuerzo. “Cuan penosamente hablaba, juntando fragmentos  de palabras en su garganta, elevando esos sonidos chirriantes a canto de soprano, esforzándose por pulir los sonidos de su boca”, relató su amigo Earl Shorris en Harper´s Bazaar.

ILUMINACION

Así bautiza Carson a esos fogonazos de inspiración que la sacaban de los atolladeros de la escritura. “¿Cuál es el origen de una iluminación? En mi caso, llegan después de horas de búsqueda y de preparación anímica. Llegan como un relámpago, como un fenómeno religioso”. Como el día en que por fin ve claro a Singer, el protagonista de El corazón es un cazador solitario. “Entonces mientras caminaba de un extremo al otro de la alfombra de mi sala de estar, saltándome los cuadrados del dibujo, me di cuenta  de que era sordomudo, y que por eso los demás siempre hablaban de él, y él claro, nunca les contestaba”. También durante aquel almuerzo de Acción de Gracias en que había comprado un pavo demasiado pequeño para la cantidad de visitas que recibiría en la casa (“nunca fui dotada para las medidas de peso y la aritmética”) y de repente se escucharon los bomberos así que salieron a la calle a buscar el incendio. “No lo encontramos; pero el aire fresco tras la elaborada comida, me despejó la cabeza y súbitamente, con la voz entrecortada le dije a Gipsy ‘Frankie está enamorada de la novia de su hermano y quiere ser parte de la boda’”. ¿Qué? Gritó Gypsy, pues hasta ese momento yo nunca había mencionado mi pugna por resolver Frankie y la boda. Hasta entonces Frankie no era  más que una muchacha enamorada de su profesora de piano, un tema de lo más común; pero súbitamente, un resplandor alumbró mi alma y ahora el libro era de una claridad radiante”.
Aunque quizás la primera iluminación fue la que tuvo la pequeña Carson de 5 años aquella tarde en que su padre le regala un piano, se sienta y toca –sin haberlo hecho nunca antes– una versión creativa y con toques propios de ¨Yes, We Have No Bananas¨, (una canción popular de los años 20). Es así que los padres deciden enviarla a clases de piano. “Las clases no me gustaban, prefería componer mis propias melodías”, dice McCullers que nunca creyó en ninguna educación formal de ningún tipo. Solía faltar al colegio (“el aburrimiento de la escuela fue de las experiencias más horribles”), no asistió al acto de colación del secundario y avisó al director que al día siguiente su hermano pasaría a buscar el diploma. Las descripciones que McCullers hace de ella misma por esa época bien podrían atribuirse a su Frankie o a su Mick de El corazón es un cazador solitario: se encerraba por horas a leer a los rusos, deambulaba por el pueblo y se juntaba con amigos con quienes discutía sobre Marx y Engels. “Esas lecturas forjaron mi pensamiento sobre la justicia. A menudo durante la Depresión, viendo a los negros revolver los cubos de basura de casa y acercarse a pedir limosna, me había dado cuenta de que algo terrible y equivocado pasaba en el mundo”.
La familia Smith (verdadero apellido que Carson cambiará por el de su marido Reeves McCullers) estimuló el talento de su hija y nunca se desorientaron ante ese ser libre y dotado. McCullers cita a su padre (“Es la criatura más sincera que conozco”) luego de que a los dieciocho años ella anunciara que antes de casarse con Reeves tendría sexo con él para saber si funcionaba. “Cuando pienso en la paciencia y comprensión de mis padres no puedo dejar de maravillarme”.
Carson va a regresar a Columbus cada vez que necesite inspiración, o recuperar la salud, siempre tan lábil desde que a los 15 años se contraiga una fiebre reumática que resulta mal diagnosticada. “Añoré mi casa incluso siendo ya adulta. Mi familia siempre fue lo primero para mí, excepto mi trabajo. Añoraba especialmente a mis padres y vivía pegada como una lapa a mi familia. En la casa de Brooklyn Heights había una atmósfera familiar, era muy importante para mí”.
Quizás el pasaje de mayor ternura que hay en la autobiografía es aquel donde Carson habla de su abuela materna, dueña de esa pequeña casa en la que vivía toda la familia. “Mi primer gran amor fue mi abuela, a quien yo llamaba Mommy. Ella solía decirme: ‘Acerca la silla, tesoro, y sube al cajón arriba del escritorio’. Y allí encontraba yo algo rico”. Cuenta Carson el día que fueron a visitarla las damas de la Unión de Mujeres Cristianas Contra el Alcoholismo queriendo sumarla a la legión. Ante el espanto de esas mujeres, su abuela en un guiño de complicidad con su yerno (padre de Carson), dijo: “¿Es la hora de mi ponche, Lamar? Sería delicioso tomarlo ahora mismo. ¿Desea alguna de las señoras acompañarnos?”
Con la venta del anillo de brillantes y esmeraldas que deja en herencia Lula Caroline Carson Waters (“para mi nieta de ojos grises”) McCullers viaja en barco de Savannah a Nueva York. A los 18 años ve el mar por primera vez y cumple su sueño: “Yo anhelaba una sola cosa: irme de Columbus y dejar huella en el mundo”.

FULGOR

“Cuando el alma está decaída, uno no se atreve siquiera a esperar nada”. McCullers define los fulgores como el reverso de la iluminación. Y los que relata se arremolinan en torno a lo que fueron sus dos  espadas de Damocles: la degradación paulatina de su matrimonio y los episodios de enfermedad cada vez más frecuentes, cruentos y limitantes. “Cuando me hallaba en la cama completamente paralizada, empecé a pensar y pensar, y a verlo todo negro, y hubo muchos momentos en que tuve destellos propios de una pesadilla”. A menudo ambas pesadillas –enfermedad y matrimonio– se intrincan. Cuando McCullers cede a la insistencia de Reeves de volverse a casar (estaban divorciados desde 1941) y empezar de nuevo en Europa, sufre una recaída de la que nunca se recupera y que va terminar comprometiendo seriamente su proceso creativo en adelante. Para explicarlo, Carson cita a su madre: “Es todo tan raro. Antes de irse a París, Carson subía corriendo las escaleras, trabajaba en el ático y yo ya podía oír sus pasos arriba y bajar corriendo para almorzar. París quizás haya contribuido: supe que tomaban [con Reeves] vino tres veces al día”.
McCullers no hace mención explícita al rol que jugaba el alcohol en la pareja pero sí se explaya en el vínculo enfermizo que asegura, ocupó gran parte de su análisis con Mary Mercer. Es que a McCullers la cegaba lo bello. “La primera vez que vi a Reeves sufrí una conmoción, la conmoción de la belleza pura. Era el hombre más apuesto que había visto en mi vida. También hablaba de Marx y Engels, y supe que era un liberal, lo cual, a mi juicio, tenía importancia en aquella retrógrada comunidad sureña”. Lo mismo le ocurre con su otro gran amor, Annemarie Schwarzenbach, fotógrafa, periodista y adicta a la morfina. “Era físicamente espléndida”, dice McCullers y cita el encuentro de Mishkin con Natasia Filípovna en El idiota, cuando él experimenta “terror, piedad y amor”.
El fulgor está además, asociado a no poder escribir nunca más. “Ese miedo es uno de los horrores de la vida de un escritor”. Era cuando, a pesar de no creer en nada, McCullers se ponía a rezar presa del miedo y la desesperación. Asegura que algo de esa experiencia inspiró ese descomunal relato que es “¿Quién ha visto el viento?”, en el cual un escritor reconocido no logra escribir. Cuenta que Tennesse Williams le dijo: “¿Cómo te atreviste a escribir algo así? Es lo más aterrador que leí en mi vida”.
Con las palabras “Insertar las cartas de la guerra”, McCullers indicó que debían figurar en Iluminación y fulgor nocturno las sesenta cartas y algunos telegramas que intercambió con Reeves durante la guerra, entre 1943 y 1945. Estas cartas que forman parte de las memorias, además de constituir un intenso testimonio, funcionan como una reproducción en vivo de pequeños momentos atesorables, plenos de sentido en la vida de la escritora y bañados de la prosa sublime que la caracteriza: “Querido: Cae la tarde, es un ocaso muy bello y calmo. En el cielo hay un resplandor lechoso y el hielo del río está cubierto de nieve. Esta tarde he leído más Henry James; si no lo hubiera hecho, el día hubiera resultado muy insatisfactorio. Ayer permanecí despierta casi toda la noche y hoy he estado mortalmente cansada y no he podido trabajar”.
En la iluminación o en el fulgor, leer a McCullers se parece a llevar el corazón en una mano. Vienen deseos de amar, el mundo se vuelve brillante y lo que resultaba indiferente hasta hace un momento, cobra cuerpo y se impone. De pronto, el impulso es salir a gritar eso mismo que ella escribe sobre el final: “Hay que creer en la vida”.